Congreso de Laicos 2020 https://www.pueblodediosensalida.com Pueblo de Dios en salida Mon, 24 Feb 2020 13:02:04 +0000 es hourly 1 https://www.pueblodediosensalida.com/wp-content/uploads/2018/07/cropped-favicon-100x100.png Congreso de Laicos 2020 https://www.pueblodediosensalida.com 32 32 Sesión de apertura del Congreso https://www.pueblodediosensalida.com/celebracion-de-apertura-del-congreso-de-laicos-pueblo-de-dios-en-salida/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=celebracion-de-apertura-del-congreso-de-laicos-pueblo-de-dios-en-salida Mon, 24 Feb 2020 11:23:16 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=195910 Fotografías del Congreso: Flickr Vídeos disponibles del Congreso: Youtube Facebook.com/laicos2020 Twitter: @laicos2020 Instagram: @laicos2020 A las seis de la tarde ha comenzado la ceremonia de apertura del congreso de Laicos Pueblo de Dios en salida. La sesión ha estado presentada por la periodista María Ángeles Fernández que ha enmarcado la celebración del Congreso y con...]]>

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A las seis de la tarde ha comenzado la ceremonia de apertura del congreso de Laicos Pueblo de Dios en salida. La sesión ha estado presentada por la periodista María Ángeles Fernández que ha enmarcado la celebración del Congreso y con una oración compartida por todos los asistentes dirigida por Juan Fernández de la Cueva, director del Dto. de Pastoral Obrera. Además de compartir las peticiones por los frutos del Congreso se ha rezado en común la oración del Congreso de Laicos.

Tras la oración, el primero en intervenir ha sido el nuncio, Mons. Bernardito Auza, quien ha saludado a los congregados y ha leído el saludo que el Papa Francisco ha dirigido a los congresistas. En su mensaje el Papa recuerda a los santos patronos de Europa Cirilo y Metodio que anunciaron el Evangelio a los pueblo eslavos. “El fruto fue ver como muchos se adherían a la fe formando una comunidad”. “Esto nos enseña – como afirma el lema del Congreso – que somos Pueblo de Dios, invitados a vivir la fe, no de forma individual ni aislada, sino en la comunidad, como pueblo amado y querido por Dios”. Además, el Papa Francisco ha señalado que “el mandato misionero es siempre actual y vuelve a nosotros con la fuerza de siempre, para hacer resonar la voz siempre nueva del Evangelio en este mundo en el que vivimos, particularmente en esta vieja Europa, en la que la Buena Noticia se ve sofocada por tantas voces de muerte y desesperación”.

El Papa finalizaba sus palabras con el ánimo a cumplir a su misión: “Es la hora de ustedes, de hombres y mujeres comprometidos en el mundo de la cultura, de la política, de la industria … que con su modo de vivir sean capaces de llevar la novedad y la alegría del Evangelio allá donde estén”.

“No tengan miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente … esta es la Iglesia de Dios, que se arremanga para salir al encuentro del otro”.

Intervención del cardenal Blázquez

En nombre de la Conferencia Episcopal Española, ha intervenido su presidente, cardenal Ricardo Blázquez Pérez, quien ha expresado su afecto a todos los presentes y ha agradecido el trabajo  de la C.E. de Apostolado Seglar, movimientos, asociaciones, delegados diocesanos y todos los participantes en el acto.

El cardenal Blázquez ha recordado que, la invitación de la CEE es una expresión de «concordia eclesial y garantía de sinodalidad misionera». Además, ha destacado que, «el Congreso es una de las acciones más importantes proyectadas en el Plan Pastoral de la institución para los años 2016-2020».

«Cuando el Evangelio es acogido por una persona vence a la negatividad, al egoísmo y a la vanidad y alegra el corazón de todas las personas. ¡Me alegro de veros alegres en este congreso y del ambiente que se percibe. Es un congreso en que nos sentimos a gusto y muy contentos representando a todos los cristianos de nuestras iglesias y diócesis para acoger la invitación del señor a ir y transmitir el Evangelio».

Además, Blázquez ha resaltado que la metodología del Congreso se ha inspirado en los últimos sínodos de los obispos que han pasado de ser un acontecimiento puntual a un proceso con diversas etapas cuya cima es la asamblea sinodal.

El presidente de la CEE, ha concluido con un mensaje: » Hay que avanzar en muchas cuestiones y escuchándonos mutuamente, lograremos dar pasos para una sinodalidad en nuestra Iglesia. Esto marca un nuevo estilo en nuestras diócesis y dará muchos frutos».

Descargar aquí la ponencia al completo.

Intervención del cardenal Carlos Osoro

El cardenal Carlos Osoro ha dado la bienvenida a los asistentes al congreso y ha destacado la importancia de reforzar la dignidad de las personas:»Promovamos con fuerza la dignidad de las personas. Las diócesis de España tienen una oportunidad para, desde la diversidad, promover la vocación laical, sinodal y que ayude a crecer al Pueblo de Dios»

«Es bello pensar en una Iglesia que, como Jesús, quiere salir al encuentro, invitando a todos a ser parte fundamental del proyecto de Dios. Pensemos siempre en quienes más nos necesitan», ha afirmado.

Descarga aquí la ponencia al completo. 

Isaac Martín, laico y miembro de la Comisión Ejecutiva del congreso

Martín ha agradecido a los sacerdotes y obispos de toda España sus aportaciones en este Congreso, que según sus palabras, «han sido clave para llegar a buen puerto y generar un contenido sinodal y potente en la Iglesia». 

Además, ha resaltado el papel de los laicos en todo ese proceso: «tenemos la tarea de ser vasos comunicantes entre las personas y lo que representamos. Desde la libertad y la responsabilidad, hemos abierto nuevos caminos para un Pueblo de Dios en Salida», ha comentado. 

Asimismo, Martín ha destacado tres pilares básicos para llevar a cabo este proceso: ilusión, esperanza y convencimiento. “Hemos de salir ilusionados, esperanzados y convencidos”. Ilusionados con la misión que Dios nos ha confiado, esperanzados porque tenemos una papel fundamental en el mundo para acompañar a los hombres y mujeres en sus anhelos y necesidades».

Por último, ha destacado “Ha sido sobrecogedor apreciar la mano de Dios en este proceso”.

Descarga aquí la ponencia al completo.

Cardenal Kevin Farrell, prefecto del Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida.

Desde el Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida el cardenal Kevin Farrell, ha agradecido la invitación  de formar parte de este congreso: «Me alegro por la iniciativa de la CEE de organizar estos días de encuentro y de reflexión que no se quieren limitar, sino que quiere iniciar un proceso de sensibilización y de formación para ayudar a todos los fieles bautizados», ha afirmado.

Además, ha manifestado su deseo de que este Congreso abra un proceso que dé muchos frutos para España y para toda la Iglesia y ha recalcado que «la tarea de la iglesia en España es grande. Pero la energía empleada en esta misión para suscitar y despertar el espíritu misionero en la Iglesia es siempre bien empleado. No debemos olvidar nunca las últimas palabras terrenales de Jesús: “El Espíritu Santo estará con nosotros siempre”.

Sobre las 19:00 horas de la tarde ha tenido lugar la Ponencia inicial del Congreso de la mano de José Luis Restán, director editorial de la Cadena COPE.

La jornada del viernes 14 de febrero ha concluido con una Vigilia de oración.

 

]]> Ponencia inicial: «Vocación, Comunión y Misión» https://www.pueblodediosensalida.com/primera-ponencia-vocacion-comunion-y-mision/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=primera-ponencia-vocacion-comunion-y-mision Mon, 24 Feb 2020 11:21:20 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=194101  VOCACIÓN, COMUNIÓN Y MISIÓN Comunicador de la ponencia: José Luis Restán Vídeo:      Introducción: ¿por qué estamos aquí? a) El camino realizado b) Sinodalidad c) Discernimiento   Breve recorrido histórico sobre el laicado desde el Concilio Vaticano II hasta hoy 1.1 La Exhortación apostólica Christifideles laici (1988) 1.2 El laicado en el magisterio y...]]>

 VOCACIÓN, COMUNIÓN Y MISIÓN

Comunicador de la ponencia: José Luis Restán

Vídeo:

 

 

 Introducción: ¿por qué estamos aquí?

  1. a) El camino realizado
  2. b) Sinodalidad
  3. c) Discernimiento

 

  1. Breve recorrido histórico sobre el laicado desde el Concilio Vaticano II hasta hoy

1.1 La Exhortación apostólica Christifideles laici (1988)

1.2 El laicado en el magisterio y la preocupación pastoral de los obispos españoles

1.3 Un vistazo a la situación actual del laicado en nuestro país

 

  1. Aportaciones de las diócesis sobre el momento que vive el laicado en España

         2.1 Luces de este momento

2.2 Dificultades y límites

2.3 Retos y desafíos para un laicado en salida misionera

 

  1. Vocación laical, comunión y misión

3.1  Vocación laical

3.2  Desde la comunión y para la comunión

3.3 La participación de los laicos en la misión de la Iglesia.

 

  1. Itinerarios de trabajo para este Congreso

4.1 Primer anuncio

4.2 Acompañamiento

4.3 Procesos formativos

4.4 Presencia pública

 

  1. Los desafíos de un cambio de época

 

  1. En salida. Un proceso que mira al futuro

 

Introducción: ¿por qué estamos aquí?  

Bienvenidos todos a este momento de encuentro, de escucha recíproca, diálogo y discernimiento a la luz del Espíritu Santo, que es el Congreso de Laicos: “Pueblo de Dios en Salida”. No estamos aquí por casualidad ni por una ocurrencia gestada en un despacho, sino como fruto de un camino ya largo en el que todos los aquí presentes hemos participado activamente dentro de nuestras respectivas diócesis, movimientos y asociaciones. En realidad, se trata del camino de toda la Iglesia, dentro del cual el laicado ha ido tomando conciencia progresivamente de su vocación y misión.

 

  1. a) El camino realizado

Como sabéis, en el marco del Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española para los años 2016-2020, la Asamblea Plenaria de nuestros obispos, reunida en abril de 2018, decidió la convocatoria de este Congreso de Laicos y encomendó su organización a la CEAS. Desde entonces se ha desarrollado un verdadero camino sinodal en el que se han implicado todas las diócesis y numerosas asociaciones y movimientos. Esta Ponencia inicial se sitúa en la estela de ese camino emprendido con mucha esperanza y con mucho esfuerzo por todos nosotros y por las realidades eclesiales a las que pertenecemos. Y este momento inicial es propicio para expresarnos mutuamente gratitud por este encuentro de verdadera comunión, de verdadera disposición para volver a acoger la llamada del Señor que nos invita a salir al mundo, “a remar mar adentro”, para ofrecer a nuestros contemporáneos el tesoro de Cristo que responde a sus deseos y necesidades más profundos.

Podríamos decir que más que “congresistas” somos “enviados”, con toda la densidad que esta palabra tiene en la gran Tradición cristiana. El Instrumento de Trabajo que ha guiado nuestros pasos es fruto de este camino compartido, de esa gran conversación que ya ha comenzado hace meses y que en este Congreso tendrá un momento central, que luego debe proyectarse en el futuro. Dicho documento recuerda el objetivo de nuestro Congreso de esta manera: “Impulsar la conversión pastoral y misionera del laicado en el Pueblo de Dios, como signo e instrumento del anuncio del Evangelio de la esperanza y de la alegría, para acompañar a los hombres y mujeres en sus anhelos y necesidades, en su camino hacia una vida más plena” (IL 2).

Para alcanzar ese objetivo, nuestro Congreso quiere ser “una experiencia del Espíritu” (IL 5), desarrollada en un proceso sinodal, espiritual y de discernimiento (IL 6), a través de la escucha humilde y el diálogo sincero entre todos (IL 9-10).

Aquí aparecen dos palabras clave para nuestro Congreso en las que conviene detenernos: sinodalidad y discernimiento.

 

  1. b) Sinodalidad

En su Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania, del 29 de junio de 2019, el Papa entra de lleno a explicar qué significa la “sinodalidad” como nota característica de la Iglesia: “en sustancia –escribe Francisco– se trata de caminar bajo la guía del Espíritu Santo, es decir, caminar juntos y con toda la Iglesia bajo su luz, guía e irrupción para aprender a escuchar y discernir el horizonte siempre nuevo que nos quiere regalar. Porque la sinodalidad supone y requiere la irrupción del Espíritu Santo”.

Francisco nos anima a caminar juntos con paciencia, unción y con la humilde y sana convicción de que nunca podremos responder contemporáneamente a todas las preguntas y problemas. La Iglesia es y será siempre peregrina en la historia, portadora de un tesoro en vasijas de barro.  También advertía el Papa, y puede ser saludable recordarlo a la hora de comenzar este Congreso, que los interrogantes que nos planteemos, así como las respuestas que demos exigen “una larga fermentación de la vida y la colaboración de todo un pueblo por años”. Eso impulsa a poner en marcha procesos que nos construyan como Pueblo de Dios más que la búsqueda de resultados inmediatos que generen consecuencias rápidas y mediáticas pero efímeras por falta de maduración o porque no responden a la vocación a la que estamos llamados.

Es cierto que el Congreso que ahora comenzamos está especialmente centrado en la vocación y misión de los laicos, pero nos equivocaríamos si considerásemos esto aislado de su contexto eclesial, o sea, de las relaciones vivas entre laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, con nuestros obispos, que tejen la realidad del cuerpo eclesial. Cada uno con su perfil y carisma específico, que  reclama y necesita los de los otros miembros del Pueblo de Dios. Así lo hemos vivido en el proceso previo, en el que, en un ejercicio de corresponsabilidad, hemos trabajado conjuntamente obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos.

 

  1. c) Discernimiento

Francisco dedica un capítulo de la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate (166-175) a la cuestión del discernimiento, como también le dedica el último de la Exhortación Christus vivit. Y deja claro que no basta una buena capacidad de razonar o un sentido común, se trata de “un don que hay que pedir al Espíritu Santo… y al mismo tiempo nos esforzamos por desarrollarlo con la oración, la reflexión, la lectura y el buen consejo”.

Requiere partir de una disposición a escuchar: al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres y a sus esquemas. Esta escucha implica obediencia al Evangelio como último criterio, pero también al Magisterio que lo custodia, intentando encontrar en el tesoro de la Iglesia lo que sea más fecundo para el hoy de la salvación. No se trata de aplicar recetas o de repetir el pasado, ya que las mismas soluciones no son válidas en toda circunstancia y lo que era útil en un contexto puede no serlo en otro. Se trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno de nosotros y para nuestra misión, como les recordaba el Papa a los jóvenes (ChV 280)

Una condición esencial es educarnos en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros. Por último, el Papa advierte que no hay espacios que queden excluidos de este discernimiento. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aún en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Sobre todo,  tengamos en cuenta en nuestro trabajo de estos días que “el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos”. Este ejercicio de discernimiento lo hemos desarrollado durante estos meses en nuestra reflexión sobre el documento-cuestionario preparatorio de este Congreso de Laicos y también en el trabajo del Instrumentum Laboris que hemos llevado a cabo. De hecho este Congreso no pretende ser un espacio de ponencias estelares, sino un ejercicio de discernimiento según el método que nos propone el Papa: reconocer, interpretar y elegir.

 

  1. Breve recorrido histórico sobre el laicado, desde el Concilio Vaticano II hasta hoy

Para saber dónde estamos conviene tener presente de dónde venimos. El camino que hemos recorrido como Iglesia para llegar hasta aquí, nos ayuda a situarnos en el contexto actual.

El Concilio Vaticano II ha significado, sin duda, un hito decisivo en el camino de recuperación de la conciencia de la vocación y misión del laicado. No se trataba de inventar nada sino de profundizar en el Evangelio y en la propia constitución de la Iglesia para que volviera a brillar la identidad laical y se reconociera su lugar sustancial en el corazón de la misión. La Constitución Lumen Gentium, en su número 3, afirma que “todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo e instrumento vivo, a la vez, de la misión de la misma Iglesia «en la medida del don de Cristo» (Ef 4,7)”.

Y en el Decreto Ad Gentes se reconoce que “la Iglesia no está verdaderamente fundada, ni vive plenamente, ni es signo perfecto de Cristo entre las gentes, mientras no exista y trabaje con la Jerarquía un laicado propiamente dicho. Porque el Evangelio no puede penetrar profundamente en la mentalidad, en la vida y en el trabajo de un pueblo sin la presencia activa de los laicos. Por tanto, desde la fundación de la Iglesia hay que atender, sobre todo, a la constitución de un laicado cristiano maduro” (AG 21).

Las notas fundamentales del laicado que brotan de los documentos conciliares, especialmente de la Constitución Lumen gentium, número 31, son estas:

  • El bautismo como eje central de la vocación laical
  • La participación de los laicos en la triple función sacerdotal, profética y regia del Señor Jesús.
  • El llamamiento a los laicos, con todo el pueblo de Dios, para que participen en la misión, en la Iglesia y en el mundo
  • Con un acento peculiar propio: su carácter secular.

Estas notas, que convendrá tener muy presentes en nuestros grupos de reflexión de los Itinerarios, configuran una definición positiva del laicado, a diferencia de lo que sucedía hasta ese momento. Por el bautismo que hemos recibido, los laicos somos reconocidos miembros de pleno derecho de la Iglesia. Somos protagonistas de la misión salvífica de la Iglesia, no meros colaboradores de los pastores.

 

1.1 La Exhortación apostólica Christifideles laici (1988)

El Sínodo de los Obispos celebrado en 1987 sobre “La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, a los veinte años de la clausura del Concilio”, marca un nuevo momento de conciencia. La exhortación apostólica Christifideles Laici, de San Juan Pablo II, profundiza con una descripción positiva en la doctrina del Vaticano II al hablar de la plena pertenencia de los fieles laicos a Iglesia y a su misterio, y centrar el carácter peculiar de su vocación en “buscar el reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (cf. ChL 9).

En eso consiste la “índole secular” del laicado, subrayada en ChL 15: “el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial”.

Otra perspectiva importante de la Exhortación es la de que “ha llegado la hora de la nueva evangelización” (cf. ChL 34). En aquel Sínodo se abordaron también asuntos que siguen siendo de actualidad, como la participación de los laicos en los ministerios eclesiales, la realidad de los nuevos movimientos eclesiales, y el lugar de la mujer en la Iglesia.

 

1.2 El laicado en el magisterio y la preocupación pastoral de los obispos españoles

Ya en 1972 la Asamblea de la CEE publica el documento “Orientaciones Pastorales del Episcopado Español sobre Apostolado Seglar”, una primera declinación para la Iglesia que caminaba en España, del gran impulso conciliar.

En 1985 se publica la Instrucción “Testigos del Dios vivo”, que planteaba cómo llevar a cabo la misión en el nuevo contexto cultural que estaba surgiendo en España, donde la Iglesia iba perdiendo progresivamente influencia social y cultural y se hacía evidente  el fenómeno de la secularización. La última parte del texto señala la necesidad de una presencia activa de los católicos en el tejido de nuestra sociedad, algo que desarrollará un año después, en 1986, la Instrucción pastoral “Los católicos en la vida pública”, que propugna un sano equilibrio entre la participación de los laicos en tareas intra-eclesiales y su compromiso en la vida pública. Habla también de una doble presencia de los seglares en la vida pública: individual y asociada. Y se recuerda a los laicos, además, que es muy importante que ejerzan su profesión animados por los criterios morales del Evangelio y la imitación de Jesucristo.

Para concluir este recorrido sintético nos centramos en el documento base para el laicado en España hasta el día de hoy, “Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo” de 1991. Partiendo del binomio “comunión-misión”, subraya la centralidad de la comunión eclesial expresada como corresponsabilidad de los laicos en la vida y la misión de la Iglesia y reclama la presencia de los laicos en la vida pública (ya por entonces una necesidad urgente y una debilidad/carencia de nuestra Iglesia). Además, apuesta de manera destacada por la formación y por el apostolado asociado.

Tras esta breve mención al Magisterio de la Iglesia podríamos plantearnos esta pregunta: si los fundamentos están claros, ¿qué hace falta para que den forma de manera plena y efectiva a nuestra vida y misión en este momento?

 

1.3 Un vistazo a la situación actual del laicado en nuestro país

No pretendemos aquí ofrecer estadísticas, que por otra parte son difíciles de precisar en este campo, ni tampoco hacer una valoración pormenorizada. Es un hecho que, con todos sus límites y carencias, y seguramente con una disminución numérica que afecta a todas las realidades del cuerpo eclesial, existe hoy un laicado vivo y comprometido en tareas esenciales: Catequesis, Clase de religión, Cáritas, Liturgia, Consejos de economía, Formación para el matrimonio, y el amplio mundo de las Hermandades y Cofradías. Muchos son testigos del Evangelio en sus ambientes de trabajo, aunque hay que reconocer un déficit de presencia pública en terrenos como el trabajo, la cultura o la política. Se trata de una realidad viva con un gran potencial evangelizador, pero hemos de ver cómo acompañar, discernir y estimular para que ese potencial se haga realidad.

Según los datos que maneja la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, tenemos 89 Movimientos y Asociaciones, de ámbito nacional, aprobados por la Conferencia Episcopal Española y que suman un total de 400.000 laicos activos-militantes. Muchos de ellos viven su fe, se forman y acompañan en las vicisitudes de la vida, en alguna de las miles de Parroquias que configuran un formidable tejido comunitario que asegura la presencia estable de la Iglesia en nuestro territorio, desde los pueblos de la “España vaciada” hasta los barrios de nuestras grandes ciudades. Sin ocultar debilidades, que después apuntaremos, las parroquias son de hecho un verdadero hospital de campaña para las heridas de nuestro tiempo, lugares de testimonio cristiano, de acogida y vertebración comunitaria, de formación y de ejercicio de la caridad, y además tienen un potencial misionero que está por desarrollar en el contexto de nuestra sociedad crecientemente individualista y secularizada.

Es importante subrayar el momento de renovada vitalidad de la Acción Católica General (refundada en el año 2009), caracterizada por su vinculación peculiar con el Obispo diocesano, presente en la gran mayoría de las diócesis españolas. En cuanto a los Movimientos Especializados de Acción Católica, han llevado a cabo un proceso de reflexión y discernimiento que ha servido para relanzar su proyecto evangelizador. La Acción Católica está viviendo un impulso, no sólo en cuanto a sus estructuras, sino también en lo que se refiere al entusiasmo de sus miembros y a la respuesta al desafío de una presencia pública incidente del laicado.

También podemos identificar como uno de los frutos de la renovación del Concilio la floración de numerosos Movimientos y Asociaciones de Fieles, con variadas formas de vida comunitaria, de testimonio y de acción caritativa, cultural y misionera. Entre ellos hay una gran variedad de acentos educativos y también formas muy diferentes de presencia pública, por tanto no se trata de una realidad monolítica que se pueda describir con generalizaciones. Todos los Papas desde el Concilio han reconocido y saludado la riqueza que suponen estos carismas para la totalidad de la vida eclesial y han invitado a los pastores a acogerla, acompañarla e integrarla como parte de sus diócesis. Naturalmente, toda esta vida, que no surge de ninguna planificación sino de la fantasía del Espíritu, puede crear incomodidades, malentendidos y desajustes. Todo ello requiere por parte de los miembros de las asociaciones y movimientos disponibilidad para acoger la orientación de los pastores y para poner sus dones al servicio de la única misión de la Iglesia; y por parte de los obispos y de las estructuras diocesanas un esfuerzo de paternidad y acogida, a veces de lo imprevisto o de lo que no se comprende inmediatamente.

Una experiencia novedosa es la llamada Misión Compartida, que reúne a los laicos que colaboran estrechamente con las Congregaciones Religiosas y comparten su carisma, su espíritu y su misión.  Por último señalamos como un signo de todo este camino que las diócesis cuentan en su organigrama pastoral con Delegaciones Diocesanas de Apostolado Seglar y Foros de Laicos, espacios que constituyen un auténtico motor de la pastoral diocesana que también deseamos impulsar a través de este proceso que hemos iniciado.

 

  1. Aportaciones recogidas en el Instrumentum Laboris sobre el momento que vive el laicado en España

Conviene recordar en este momento algunos retos y desafíos que hemos contemplado en el proceso de preparación del Congreso, ya que, en cierto modo, constituyen el marco del que parte nuestra reflexión.

 

2.1 Las luces de este momento

Ha crecido la conciencia de nuestra identidad eclesial y de la vocación y misión a la que estamos llamados los fieles laicos. A eso está contribuyendo la llamada del Papa Francisco para que seamos auténtica Iglesia en salida y el hecho de que estamos asumiendo sin complejos nuestra condición de minoría que vive en un contexto social de increencia.

Esta circunstancia ayuda a que nuestra búsqueda personal del encuentro con Cristo sea más sincera y auténtica y a reconocer la importancia de la comunidad como espacio para vivir la fe. En este sentido se valora muy positivamente el apostolado asociado y la riqueza de carismas que han surgido en nuestra Iglesia.

Se valora muy positivamente que, como Iglesia, reconozcamos los pecados de algunos de sus miembros en lugar de ocultarlos y nos comprometamos a sanar las heridas por ellos provocadas. También se indica como fenómeno muy positivo la mayor corresponsabilidad entre sacerdotes y laicos. Esto se relaciona también con un estilo más sinodal que va creciendo.

También aumenta la conciencia de que el servicio a los más pobres y vulnerables es una dimensión esencial de la misión y de que nuestras comunidades deben salir al encuentro y acoger a las personas migrantes, personas separadas y divorciadas, personas que sienten atracción por el mismo sexo, enfermos, personas que viven en soledad. Se menciona con gratitud y reconocimiento a instituciones como Caritas y Manos Unidas, que  aumentan la credibilidad de nuestra fe frente a quienes se muestran indiferentes ante ella. Se advierte la necesidad de una formación más plena, auténtica y propia de la vocación laical, en la que la Doctrina Social de la Iglesia ocupa un lugar central.

Es importante el reconocimiento general de que nos encontramos en un contexto cultural muy plural y el hecho de que muchas franjas sociales están profundamente alejadas de la fe. Ante esta circunstancia está ampliamente asimilado entre los laicos que la fe se propone, no se impone. La verdad que hemos encontrado sólo puede ser reconocida y acogida a través de la libertad de las personas, una libertad de la que somos amantes y custodios. El Congreso también debe servir para buscar las formas más adecuadas de evangelización teniendo en cuenta este contexto.

Desde las diócesis se destaca que estamos incorporando entre nuestras prioridades como Iglesia algunos de los grandes retos sociales del momento: entre ellos se citan la necesidad de cuidar nuestro Planeta como casa común y obra de Dios y el lugar de la mujer en la Iglesia. En relación con esta cuestión, aunque se piensa que falta mucho camino por recorrer, se considera muy positivo el mayor protagonismo que están adquiriendo las mujeres en coherencia con su dignidad de bautizadas. Finalmente, se valora la presencia activa de los jóvenes en la Iglesia como un motivo de alegría y de esperanza.

 

2.2 Dificultades y límites    

Con todo, se estima que aún se habla poco de la vocación laical en nuestra Iglesia, en la que todavía tiene un peso relevante el “clericalismo”. Se detecta una visión de la relación sacerdote-laico basada en la oposición y en el paternalismo que dificulta el crecimiento de los fieles laicos y afecta negativamente a nuestro papel en la Iglesia y en el mundo. Se insiste en la necesidad de cuidar mejor todas las vocaciones y profundizar en su interrelación.

Se apunta el efecto de la secularización y del relativismo, que también provocan confusión en relación con las verdades de nuestra fe, y una ruptura entre fe y vida que conduce a la erosión de nuestra identidad.

Preocupa la pérdida de la centralidad de la Eucaristía y la falta de vivencia adecuada de los sacramentos. Falta una educación en la Liturgia y eso se refleja en la superficialidad en las expresiones celebrativas de nuestra fe.

Nuestras comunidades son en ocasiones cerradas y poco acogedoras. No se presta la debida atención a la incorporación plena de los jóvenes y se observa  escasa coordinación entre Parroquias de un mismo territorio y falta de integración de los Movimientos y Asociaciones en la realidad parroquial.

Las familias cristianas viven con frecuencia solas y eso se refleja en su dificultad para ejercer su misión esencial de transmitir la fe. La formación en la fe no constituye una prioridad para buena parte de nuestros laicos, y menos aún la formación en Doctrina Social de la Iglesia. Se añade que faltan líderes cristianos de referencia y una mejor comprensión de las implicaciones socio-políticas de la fe.

Los cambios vertiginosos y la profunda y acelerada descristianización plantean dificultades concretas: hay una resistencia al cambio derivada de nuestra instalación en viejos esquemas, y por otra parte existe miedo a los nuevos retos. Se detecta falta de oración y de discernimiento acerca de lo que Dios nos pide a cada uno de nosotros y a nuestras comunidades en este momento de la Historia.

 

2.3 Retos y desafíos para un laicado en salida misionera 

A la luz de toda esta realidad reconocida y valorada, el Instrumento de Trabajo, que recoge un amplio y profundo diálogo llevado a cabo en las diócesis, plantea con realismo la necesidad de responder a la pregunta sobre qué caminos recorrer en los próximos años para que alumbre un laicado sólido en la fe y dispuesto a la misión. ¿Qué actitudes convertir? ¿Qué procesos activar? ¿Qué proyectos proponer? Estas preguntas deberán ser respondidas durante el Congreso, en el contexto de los cuatro itinerarios que se han planteado.

Como punto de partida aquí recogemos algunas pistas esbozadas en ese mismo documento.

En primer lugar la centralidad de la conversión personal. La oración personal y comunitaria ante el Señor, la celebración de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y el ejercicio de la caridad constituyen una premisa indispensable para vivir una espiritualidad laical que abarque todos los ámbitos de nuestra existencia.

Una preocupación ampliamente compartida durante la preparación del Congreso es fortalecer el sentido de comunidad, de pertenencia, de identidad eclesial. El seguimiento de Jesús sólo es realizable plenamente desde la comunidad, con todos sus elementos esenciales.

Otro punto de atención se refiere a lo que algunos habéis denominado una santidad misionera, reflejando una insistencia del papa Francisco. La santidad y la misión son dos raíles por donde transita la vida cristiana: de hecho, sin santidad no hay evangelización.

Otra insistencia compartida ha sido la de que los fieles laicos estamos llamados a vivir la corresponsabilidad real dentro de la Iglesia. Es importante despertar esta conciencia, tanto en los laicos como en los sacerdotes, y también entender adecuadamente el significado y alcance de la corresponsabilidad expresada a través de la participación en las diversas estructuras eclesiales, donde la aportación de los laicos puede ser decisiva por su especial competencia. Se observa que el clericalismo también tiene sus manifestaciones en este sentido, y deben ser paulatinamente corregidas.

Se apunta también la posibilidad de discernir nuevas formas de participación: ministerios laicales, estructuras orientadas a la presencia social, órganos de fomento de la presencia transformadora de la realidad en la vida pública acompañados desde el seno de la comunidad. En cualquier caso, se subraya que los espacios de participación deben ser lugar de encuentro y comunión, ya que en ellos también nos jugamos nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia.

Vivir plenamente nuestra vocación laical exige estar en el mundo siendo sal y luz. El mundo de la cultura, la política, el trabajo, la economía, pero también el ambiente “ordinario” de la ciudad común en la que vivimos  –comunidades de vecinos, AMPAS, asociaciones civiles– requiere una presencia cristiana incidente, que reconozca la autonomía de lo temporal y el pluralismo social pero que no renuncie a testimoniar las implicaciones sociales del Evangelio: el valor de la vida, la dignidad de la persona, la justicia social, la libertad en todas sus dimensiones, el cuidado de la Creación…

Un punto de especial atención se refiere a la familia: la Iglesia es un bien para la familia y la familia es un bien para la Iglesia. La vocación laical tiene en la familia un lugar privilegiado de presencia en el mundo, y por otra parte la familia, como Iglesia doméstica, es uno de los rostros eclesiales más fecundos en nuestro tiempo. La Iglesia samaritana busca acompañar a las familias, también a las que viven en dificultades o han fracasado. En definitiva, el Evangelio de la familia, a la luz del magisterio de las Iglesia recogido en la exhortación postsinodal Amoris Laetitia, es un importante compromiso eclesial.

En numerosas respuestas se habla de ofrecer una renovada formación. La potenciación del apostolado asociado es una vía eficaz para impulsarla. Una Iglesia sinodal requiere procesos de formación comunitarios y orientados a la misión.

 

  1. Vocación laical, comunión y misión

Durante una de sus recientes catequesis dedicadas a comentar los Hechos de los Apóstoles, el Papa Francisco quiso subrayar que “de entre los numerosos colaboradores de San Pablo, Áquila y Priscila sobresalen como modelos de una vida conyugal comprometida al servicio de toda la comunidad cristiana y nos recuerdan que, gracias a la fe y al compromiso en la evangelización de muchos laicos como ellos, el cristianismo echó raíces y ha llegado hasta nosotros”.

No es casualidad que Francisco se extendiera ese mismo día sobre el tejido que componen las familias cristianas en medio de la ciudad que hoy llamaríamos “secular”. Así, recordó que aquel matrimonio (Aquila y Priscila) abrió también su casa a la comunidad  convirtiéndola en una “domus ecclesiae”, un lugar de escucha de la Palabra de Dios y de la celebración de la Eucaristía. Y, dando un salto en la historia, el Papa añadió que también hoy  existen estas casas, estas familias que se convierten en un templo para la Eucaristía. Es verdad que se refería de manera explícita a los lugares donde tiene lugar la persecución, pero bien podríamos extender la perspectiva y decir (sin forzar demasiado la intención del Papa) que, en nuestras sociedades secularizadas, esas casas de familias cristianas componen un tejido de comunión eclesial, de testimonio de fe, de caridad y de acogida; en definitiva, de presencia cotidiana de la fe en medio de la ciudad.

Sin la vida cotidiana de los laicos cristianos en los diversos ambientes, investida por la gracia del Bautismo, alimentada por la Eucaristía y acompañada por la gran comunión eclesial, no habría posibilidad de llevar el anuncio de Cristo y la vida nueva que suscita a los hombres y mujeres de cada época, especialmente los de la nuestra. Por eso estamos hoy aquí. Me parece que uno de los principales reclamos esta tarde debe ser a tomar conciencia de nuestra vocación, comunión y misión.

 

3.1 Vocación laical

Hemos de estar dispuestos a renovar, como pide Francisco en la carta Evangelii gaudium, “nuestro encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarnos encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (EG 3). No repetiremos suficientemente (sobre todo no la comprendemos nunca suficientemente a fondo) la frase de Benedicto XVI que más veces ha retomado Francisco en su pontificado: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Urge pues que la Iglesia entera, y cada uno de nosotros dentro de ella, volvamos al ardor y a la seducción del Primer Amor, ese que hizo cambiar el rumbo de nuestras vidas.

Esta vocación de la que hablamos implica intrínsecamente una pertenencia. “Sin el pueblo de Dios, no se puede entender a Jesús”, escribe también Francisco en EG. Es absurdo “amar a Cristo sin la Iglesia, sentir a Cristo pero no a la Iglesia, seguir a Cristo al margen de la Iglesia…  cada vez que Cristo llama a una persona, la trae a la Iglesia”.

Sin la conversión personal, cualquier cambio en la organización de las tareas eclesiales sería un puro maquillaje sin incidencia real en la vida de las personas, de las comunidades, ni en la evangelización de la sociedad. El Papa Francisco advierte en su exhortación Evangelii Gaudium una pérdida del fervor y del compromiso apostólico de una mayoría de católicos. Un síntoma de esto es la pérdida de centralidad de la Eucaristía, fuente y expresión culminante de toda vida auténticamente cristiana. Pero lamentar las estadísticas decrecientes sería un enfoque superficial de la cuestión. Resulta totalmente pertinente, en el contexto de este Congreso, recordar la invitación del Papa a hacer examen de las actitudes que hoy nos impiden afrontar con mayor audacia y generosidad la misión: individualismo, mundanidad espiritual, religiosidad superficial; tendencia al activismo o, en sentido opuesto, a la evasión espiritualista.

 

3.2 Desde la comunión y para la comunión

A partir del Concilio ha ido creciendo la conciencia acerca de la dimensión comunitaria de la fe, de su “forma eclesial”. La comunión es el pilar que sustenta el sujeto de la evangelización, ya que es la Iglesia entera quien es enviada por el Señor. Además, la comunión no se encuentra solo en el inicio, como condición de posibilidad, sino en el fin mismo de la misión, pues este no es otro que la comunión con Cristo y con los hermanos, cuya perfección esperamos al final de nuestra peregrinación terrena. La “comunión de los santos” es, en definitiva, expresada y alimentada en la Eucaristía, sacramento de la unidad.

En EG el papa ha señalado que el Espíritu Santo enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas. Son dones para renovar y edificar la Iglesia. Y ha recordado que un signo claro de la autenticidad de un carisma es su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Recuerda que en la medida en que un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo (EG 130).

Por otra parte, como se ha puesto de manifiesto durante el proceso preparatorio del Congreso, es necesario reconocer la debilidad de la dimensión comunitaria. La vida cristiana no puede entenderse sin su enraizamiento comunitario,  pero la realidad es que muchos cristianos sinceros y comprometidos están viviendo su fe como “nómadas sin raíces” (EG 29). Por eso es importante aportar las energías necesarias para la construcción de la comunidad cristiana.

Un aspecto de este reto es superar la enfermedad eclesial del clericalismo. Sigue extendida la falsa idea de que los laicos son cristianos de segunda, confundiendo la promoción del laicado con su implicación en tareas intraeclesiales y de organización de la pastoral. Esta tendencia puede empañar algunas reivindicaciones, en sí mismas legítimas, de mayor integración en la pastoral ordinaria y hace muy difícil la conjunción armónica de todos los esfuerzos.

Es necesario transformar las comunidades cristianas en un sentido más decididamente misionero, que deje atrás el modelo de pastoral de mantenimiento basado en la prestación de “servicios religiosos”. Una comunidad anquilosada y cerrada no puede afrontar el testimonio y la propuesta atrayente de la fe en este cambio de época.

 

3.3 La participación de los laicos en la misión de la Iglesia.

¿De dónde nace, en qué consiste la misión? Francisco dice claramente que la fuente del impulso misionero es una persona que vive de la memoria agradecida de Cristo y que quiere compartir con todos la alegría que procede del Evangelio. Sería absurdo que intentásemos conservar sólo para nosotros esa alegría, como si fuese propiedad nuestra o la hubiésemos conquistado con nuestro esfuerzo. O que intentásemos preservarla de las inclemencias de la historia, de las circunstancias que habremos de atravesar: al revés, es una alegría que necesita medirse con los hechos, verificar su solidez en la cruda realidad de la vida, porque no depende de circunstancias favorables sino del encuentro con el Señor presente que responde a la exigencia y el deseo de nuestro corazón. De lo contrario incurriríamos en la tentación siempre denunciada por Francisco de la “auto-referencialidad”. Pero si hemos encontrado el amor de Cristo que nos devuelve el sentido de nuestra vida, ¿cómo podríamos contener el deseo de comunicarlo a otros? (EG 8)

También en este aspecto nuclear se detectan debilidades, que a su vez son manifestación de las ya señaladas en los apartados anteriores. La vocación laical no es verdaderamente conocida por una buena parte de los fieles. Esto denota una deficiente formación y un desconocimiento, en especial, de las implicaciones sociales, culturales y políticas de la fe. En medio de la situación de intemperie cultural, en vez de testigos, la sociedad encuentra a menudo cristianos acomplejados. La segunda debilidad se refiere a nuestra mirada sobre los hombres y mujeres de esta época. Se olvida a menudo que quienes viven sumidos en la indiferencia religiosa no son gente extraña o enemiga. En cada persona late la búsqueda del bien y de la verdad que solo Dios puede colmar, y es a esa búsqueda a la que debe responder nuestro anuncio lleno de simpatía. La misión no consiste en la oferta de actividades, en un afán proselitista, falto de la auténtica atracción propia de la belleza de la fe. En definitiva, todo esto se resume en una incidencia muy débil del Evangelio en la vida cultural, social y política de nuestro país.

En este Congreso queremos también acoger el sueño que ha expresado tantas veces Francisco de “una opción misionera capaz de transformarlo todo, de modo que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial se conviertan en el cauce adecuado para la evangelización del mundo actual”. (EG 27)  Ahora corresponde al trabajo de todos nosotros, a través de los itinerarios propuestos, discernir cuáles son esas transformaciones necesarias para que nuestra Iglesia responda al desafío misionero de esta hora.

 

  1. Itinerarios de trabajo para el Congreso

La elección de cuatro grandes temas o itinerarios para este Congreso nace también de esta mirada compartida en el proceso sinodal que nos ha traído hasta aquí. Por eso en esta Ponencia inicial conviene decir una palabra sobre ellos, ya que no sólo van a estructurar el trabajo de la jornada de mañana sino que expresan las líneas prioritarias en las que deberíamos seguir profundizando en nuestras comunidades a lo largo del proceso que este Congreso pretende impulsar y dinamizar.

 

4.1 Primer anuncio 

La evangelización es la razón de ser de la Iglesia No puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor. Con este Itinerario dedicado al PRIMER ANUNCIO buscamos subrayar que la propuesta cristiana (en su contenido esencial y en sus consecuencias e implicaciones) sigue siendo hoy imprescindible para la liberación de las personas y para la humanización de la sociedad. En realidad el Primer Anuncio siempre está en la raíz de la misión de la Iglesia, pero esto es aún más evidente en nuestro contexto de secularización y pluralismo, caracterizado por el desconocimiento y la indiferencia hacia la persona de Jesús. Esta circunstancia histórica plantea la necesidad de hacernos presentes,  personal y comunitariamente en los espacios públicos, acompañando a las personas  en sus anhelos y necesidades y anunciándoles el contenido esencial de ese Anuncio (Kerigma) con el lenguaje más adecuado a su circunstancia y condición.

 

4.2 Acompañamiento

El acompañamiento es expresión del ser comunitario de la Iglesia. Sabemos que la cultura del individualismo también nos toca a los cristianos, que somos hijos de esta época. Por eso es más necesario redescubrir esta dimensión que no es opcional. Todos hemos de ser acompañados en el camino de la fe y todos somos llamados a acompañar a nuestros hermanos. A través de la compañía de los hermanos Cristo se nos revela, nos llama, nos interpela, nos corrige y nos consuela. Con el itinerario dedicado al ACOMPAÑAMIENTO deseamos insistir en que no es posible un verdadero crecimiento en la fe sin la compañía de muchos testigos, en un proceso en el que se conjugue la fidelidad a la Verdad y la claridad doctrinal con la realidad que viven las personas, con una actitud pastoral de misericordia y acogida. El acompañamiento requiere comunidades de acogida, cercanas y con un trato personal que nos ayuden a integrar las diferentes dimensiones de nuestra vida en el seguimiento de Jesús. El acompañamiento ha de ser visto, ante todo, como una vocación personal que debe ser desarrollada allí donde estemos.

 

4.3 Procesos formativos

La formación es un elemento imprescindible para la vivencia de la fe y es también un cimiento necesario para el testimonio y el compromiso público. Al mismo tiempo, constituye una de las urgencias de la Iglesia sinodal y misionera. Hablamos de una formación permanente (abarca todas las edades y todos los estados) e integral, orientada a cuidar la vocación y capacitar para la misión. Con el itinerario FORMACIÓN buscamos animar procesos adecuados que tengan en cuenta la fundamentación de nuestra fe, sus implicaciones sociales y la situación cultural del  mundo en el que somos llamados a desarrollar la misión, de modo que estemos en las mejores condiciones para dar razones de nuestra esperanza a los hombres y mujeres de esta época.

 

4.4 Presencia en la vida pública

Todo bautizado, cualquiera que sea su vocación, vive la misión desde la eclesialidad y la secularidad. El fiel cristiano laico concreta de manera propia estas dos dimensiones. En este sentido, la presencia en la vida pública adquiere gran importancia en la vivencia de la vocación laical. Con el itinerario PRESENCIA EN LA VIDA PÚBLICA deseamos recuperar la conciencia de la dimensión social de nuestra fe y promover que nuestras comunidades sean auténtica Iglesia en salida, que existe para evangelizar, y de esta manera contribuye a la liberación de todas las esclavitudes y a promover la dignidad de toda persona. La “cultura del encuentro” y el testimonio ofrecido con humildad y libertad constituyen la clave de esta presencia que tiene que encontrar nuevas formas en este cambio de época.

Aunque cada uno de estos cuatro grandes temas tiene su propia fisonomía y exigencias concretas, que serán abordadas en los respectivos grupos de trabajo, conviene no perder de vista su interdependencia. No se trata de compartimentos estancos sino de dimensiones que se reclaman y alumbran unas a otras.

 

  1. Los desafíos de un cambio época

Como tantas veces ha dicho el Papa Francisco, “no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época”. Sin entrar en profundidades que no corresponden a este Congreso, podemos reconocer que ha llegado a su culminación un proceso cultural de fondo que arranca en la revolución del 68 cuestionando la gran herencia de la tradición cristiana, pero también de la tradición ilustrada.

La evidencia sobre algunos grandes valores compartidos, conseguida a lo largo de siglos de presencia y educación cristiana, se ha disuelto para un amplísimo sector de nuestros conciudadanos. Y no por una especial cerrazón ni maldad; tampoco exclusivamente por culpa de una ingeniería social llevada a cabo desde el poder, que desde luego existe. Esos grandes valores (desde el matrimonio a la acogida de los inmigrantes) fueron desvelados, sostenidos y profundizados gracias a la fe en Jesucristo que el pueblo sencillo vivía. Sólo de ahí pudo nacer, con mucho tira y afloja, una cultura cristiana. En la medida en que esa fe ha decaído y Cristo ya no es alguien real para muchos, es inevitable que dicha cultura se debilite e incluso, en algunos casos, pueda llegar a extinguirse.

Esta conciencia es decisiva a la hora de acercarnos a nuestros vecinos y compañeros, a la gente con la que nos encontramos en calles y plazas, sin prepotencia y sin avasallar. Nuestra fortuna es haber acogido la gracia de la fe pero, como hombres y mujeres de esta época, compartimos las incertidumbres y debilidades derivadas de un proceso cultural complejo, en el que la escasez de un testimonio cristiano relevante también ha sido un factor del que no podemos prescindir.

En una entrevista al Corriere della Sera, el psicoanalista Umberto Galimberti reconocía que la angustia más frecuente hoy es la producida por el nihilismo. Y explicaba que cuando empezó a trabajar, en 1979, la mayoría de los problemas “tenían un trasfondo emocional, sentimental y sexual, mientras que ahora tienen que ver con el vacío de sentido”. Por eso el deseo de sentido, la sed de felicidad, no sólo no se ha extinguido, en cierto modo se han exacerbado tras el fracaso de las ideologías y del materialismo rampante. Leyendo las columnas de muchos periódicos (no precisamente de inspiración católica) podemos confirmar hasta qué punto es cierta la afirmación de san Agustín: que estamos inquietos hasta que encontramos a Dios.

Recientemente el Secretario de la CEE, Luis Argüello, decía que “la verdad sigue siendo un latido posible del corazón humano”, y que escuchar ese latido es una tarea primordial e inexcusable para la Iglesia hoy. Cuando hablamos de evangelizar en este cambio de época no podemos prescindir de esa tarea que a veces nos parece incómoda, fatigosa o, en todo caso, una premisa que solventar para pasar a lo realmente importante. Comunicar la fe es mostrar la correspondencia de Cristo con la búsqueda (la angustia) del corazón del hombre. Monseñor Argüello añadió que lo fundamental en este momento es recuperar la relación entre gracia y libertad, e insistió en que “la forma de ofrecer al Señor tiene que venir coloreada por el predominio de la gracia en nuestra vida”. Un mundo que cree no esperar ya nada del cristianismo, puede descubrir con sorpresa que existe una respuesta a su búsqueda. Como diría Camus, es algo que se descubre por gracia, como les sucedía a los que se topaban con Jesús. La Iglesia tiene que ser el lugar que permita el encuentro entre esa gracia, imprevista y anhelada, y la inquieta libertad de nuestros contemporáneos.

 

  1. En salida. Un proceso que mira al futuro

Llega el momento de concluir este pórtico de nuestro Congreso y proseguir el trabajo. Este momento y todo el proceso que le dará continuidad deberá estar marcado por la alegría. “La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera… Es una alegría que tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar, siempre más allá. (EG 21).

Es esta alegría la que nos hace libres de medir el resultado de la misión, porque sabemos que el fruto depende de Él y que nuestra paga consiste en haber sido llamados a colaborar en su obra de salvación. Esta alegría nos coloca siempre ante lo que de verdad importa. Recordemos cuando Jesús corrige a sus discípulos que vuelven encantados porque hasta los demonios se les sometían en Su nombre, y el Señor les reprende: estad alegres, más bien, porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

Es el momento de recordar con fuerza el lema de este Congreso de Laicos: “Pueblo de Dios en salida”. Pues bien, una “Iglesia en salida” no se logrará por decreto-ley sino por la sobreabundancia de la alegría del Evangelio. Sólo esta plenitud de vida permite afrontar los desafíos, las hostilidades del ambiente, el cansancio, las incomprensiones e incluso las persecuciones.

Es el momento de recoger el apasionado llamamiento del Papa: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo… Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida.

Recordemos estas palabras y hagámoslas realidad en nuestra vida: “Ojala el mundo actual (que busca a veces con angustia, a veces con esperanza) pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (EG 10). Con esa esperanza firme proseguimos el camino. ¡Buen trabajo!

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Eucaristía, 4 itinerarios y 80 grupos de reflexión https://www.pueblodediosensalida.com/la-segunda-jornada-comienza-con-la-eucaristia/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=la-segunda-jornada-comienza-con-la-eucaristia Mon, 24 Feb 2020 11:20:45 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=211671 La jornada del sábado 15 de febrero, ha comenzado por la Eucaristía. Ha estado presidida por el secretario general de la CEE, Mons. Luis Argüello, y ha estado concelebrada por los obispos y sacerdotes llegados de toda España que participan en el Congreso. Mons. Argüello ha afirmado en la homilía que «el Señor nos propone...]]>

La jornada del sábado 15 de febrero, ha comenzado por la Eucaristía. Ha estado presidida por el secretario general de la CEE, Mons. Luis Argüello, y ha estado concelebrada por los obispos y sacerdotes llegados de toda España que participan en el Congreso.

Mons. Argüello ha afirmado en la homilía que «el Señor nos propone vivir en comunión, salir en misión, descentrarnos de nosotros mismos. Esto solo es posible si somos sostenidos por la Gracia del Señor».  Además, ha señalado al Evangelio como eje central de todo: «el Evangelio nos muestra uno de los latidos del corazón de Cristo: la conmoción de sus entrañas al salir a los caminos y ver que los hombres y las mujeres están abatidos, como ovejas sin pastor».

Mons. Argüello ha recordado las tentaciones del clericalismo y la autorreferencialidad: «el Señor nos propone vivir en comunión y salir en misión con alegría pero también con conmoción de entrañas por lo que pasa a nuestro alrededor».

Por último, el secretario general de la CEE, ha concluido la Homilía diciendo: «aquí traemos las heridas del mundo para verlas con Cristo, para que el pan y el vino nos lance a patear las calles, como ayer nos invitaba el papa Francisco».

 

Comienzan los itinerarios

Tras la celebración de la Eucaristía, los 2.000 congresistas han comenzado el “recorrido” de cada uno de los cuatro itinerarios. La primera parada han sido las charlas para presentarlos. Para ello, los participantes se han dividido en cuatro grupos de 500 personas cada uno.

Los que han elegido el itinerario 1, Primer Anuncio, han escuchado la charla impartida por Xavier Morlans, profesor de la Facultad de Teología de Cataluña, en Barcelona.

Con el término “primer anuncio”, ha señalado que “se quiere designar una realización especifica de la sacramentalidad o eficacia de la Palabra de Dios, es decir, un núcleo fundamental de la Palabra de Dios que tiene una doble función ya que es a la vez “Generador” del primer encuentro con Jesucristo y “Realimentador” de la vida con y en Cristo. De hecho este es el significado original de la palabra “Evangelio” y de la palabra “kerigma”. Proponemos alternar el término “primer anuncio” con el término “Anuncio” o “Anuncio cristiano”.

Covadonga Orejas, del Equipo Ruaj, ha sido la encargada de introducir el itinerario 2, “Acompañamiento”.

“La mediación de Acompañamiento -ha explicado- es indispensable hoy para crecer, vivir y convivir en inclusión y como gran familia presidida por ese Dios – Presencia misteriosa que siempre acompaña (cf. Lc 24). No podemos tomarlo como una moda, ni llamar a todo acompañamiento. El Acompañamiento existe desde siempre. En la situación actual, lo redescubrimos con mayor fuerza y necesidad”.

El itinerario, “Procesos formativos”, ha sido presentado por Gabino Uríbarri Bilbao, de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) y de la Comisión Teológica Internacional (Roma).

El punto de partida de la exposición ha sido: “la fe es un tesoro que genera alegría”. “Hemos sido agraciados y estamos alegres. Se nos ha concedido gustar «la alegría del evangelio» (papa Francisco, Evangelii gaudium). La alegría es la palabra fetiche para la misión en el magisterio del papa Francisco”.

De la presentación del itinerario 4, “Vida pública”, se ha encargado Agustín Domingo Moratalla, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Valencia.

Partiendo de su propia vivencia como profesor, educador, padre de familia, esposo y laico con experiencia de gestión pública y política; ha querido aprovechar para recordar que los laicos militantes y “confesadamente” católicos viven su condición en contextos marcados por una secularización compleja y una soledad “algo” dramática.

 Turno de las experiencias

 La segunda parada de los congresistas, sobre las 10.45 horas, ha sido para conocer las experiencias y los testimonios en torno a las 40 líneas temáticas del Congreso. Los participantes se han dividido en grupos más pequeños, de 50 personas por cada línea.

Los que hacen el primer itinerario han podido elegir para las experiencias entre estos diez temas: el primer anuncio en el diálogo con personas del entorno cotidiano; propuestas específicas de primer anuncio desde ámbitos eclesiales; el primer anuncio en el contexto de la preparación pre-sacramental; el despertar religioso en las familias; el primer anuncio a jóvenes; primer anuncio en los centros educativos; el primer anuncio con motivo de las prácticas y vivencias de religiosidad popular; el primer anuncio en la atención a personas en situaciones límites; la experiencia del primer anuncio en países de misión y transmitir el Kerygma mediante el arte y nuevas disciplinas.

Para el segundo itinerario se han presentado experiencias sobre los siguientes temas: el acompañamiento en procesos de iniciación cristiana; en la familia; desde los centros educativos; a jóvenes; en situaciones de sufrimiento y soledad; en situaciones de precariedad y vulnerabilidad; de personas con diversidad funcional; en el discernimiento vocacional; en diálogo con la increencia y el acompañamiento de los acompañantes.

Del tercer itinerario los participantes han podido elegir entre los siguiente temas: una formación para toda la vida: itinerarios desde la infancia hasta la adultez; formación sistemática de equipos de fe-vida en los movimientos apostólicos: el Método de Encuesta, la Revisión de Vida y el Proyecto Personal de Vida Cristiana; formación de formadores; la formación en el corazón de la vida; el itinerario de Formación Cristiana para Adultos como herramienta de formación integral y permanente; la formación en Doctrina Social de la Iglesia; formación para la oración; en el seno de la familia; de los profesionales y tiempo libre y formación.

En cuanto al itinerario cuatro los participantes que hayan elegido este camino, han conocido experiencias relativas a la presencia en la vida pública: el compromiso en la política y en el mundo asociativo; en el mundo del trabajo y en los sindicatos; con la familia y en la vida; con las personas en situaciones de pobreza; con las personas migrantes; con el cuidado del planeta; en la educación y ante la economía y el consumo; además de cómo crear pensamiento transformador de la realidad y hacia una presencia transformadora en medios de comunicación y redes sociales.

Este recorrido ha terminado con los grupos de reflexión. Los congresistas se han vuelto a dividir para formar 80 grupos de 25 personas en cada uno. En estos grupos,  debatieron en torno a las tres preguntas clave para llegar a conclusiones prácticas después del Congreso: ¿Qué actitudes hemos de convertir? ¿Qué procesos hemos de activar? ¿Qué proyectos podemos proponer?

Un Congreso amenizado con música

 Y en las paradas de este recorrido, la música. Entre charlas, experiencias y testimonios, y la reflexión por grupos han tocado diferentes músicos católicos contemporáneos. Las actuaciones han estado coordinadas por Jesús Cabello, David Santafé y Unai Quirós.

Por la tarde, otro itinerario

 Las sesiones de la mañana y la tarde se organizan del mismo modo, para que cada congresista pueda seguir los dos itinerarios que ha elegido previamente. De las 16.00 a las 20.00 horas harán el recorrido.

La jornada se cerrará con música. A las 21.30 horas comenzará un concierto con las actuaciones de Grilex, Hakuna, Olga Martínez, Gaby Soñer, Chito Morales (Brotes de Olivo y Fermín Negre (IXCIS), Bombaii, Amanecer, María Vasán, Sara y Mingos, Toño Casado, Unai Quirós, Jesús Cabello y Mabelé, cuya canción “Misión” se ha convertido en el himno del congreso de Laicos.

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Ponencia final y eucaristía de clausura https://www.pueblodediosensalida.com/hoy-en-laicos2020-ponencia-final-y-eucaristia-de-clausura/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=hoy-en-laicos2020-ponencia-final-y-eucaristia-de-clausura Mon, 24 Feb 2020 11:19:33 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=238058 Fotografías del Congreso: Flickr Vídeos disponibles del Congreso: Youtube Facebook.com/laicos2020 Twitter: @laicos2020 Instagram: @laicos2020 La tercera y última jornada del Congreso de Laicos “Pueblo de Dios en Salida” ha estado centrada en la presentación del libro: Magisterio de la Iglesia sobre apostolado seglar. Del Vaticano II hasta nuestros días, a cargo de Luis Manuel Romero,...]]>

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La tercera y última jornada del Congreso de Laicos “Pueblo de Dios en Salida” ha estado centrada en la presentación del libro: Magisterio de la Iglesia sobre apostolado seglar. Del Vaticano II hasta nuestros días, a cargo de Luis Manuel Romero, director de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar.

A continuación, se ha desarrollado la exposición de las conclusiones en la ponencia final que ha corrido a cargo de Antoni Vadell, obispo auxiliar de Barcelona y Ana Medina, periodista de TRECE. La elaborada a partir de las inquietudes recogidas en las aportaciones al documento de trabajo previo de las diócesis, asociaciones y movimientos; y el texto que se ha   realizado sobre el trabajo realizado, en el que se ha dado respuesta a las tres preguntas que se plantearon al inicio del Congreso: ¿Qué actitudes hemos de convertir? ¿Qué procesos hemos de activar? ¿Qué proyectos podemos proponer?

Los moderadores y los secretarios de cada grupo de trabajo han planteado de manera sintetizada esas propuestas. Las mismas fueron recibidas por miembros del equipo de contenidos que, junto al equipo de la ponencia final y los responsables de cada uno de los itinerarios, las sintetizaron y las han plasmado en esta ponencia final. A partir de esta ponencia comienza la tercera fase. Es el objetivo fundamental de lo que se quiere construir: el post-congreso.

El Congreso de Laicos 2020 ha concluido con una Eucaristía presidida por el cardenal Blázquez, arzobispo de Valladolid y presidente de la CEE, retransmitida por TRECE TV. En su Homilía,

La acción de gracias de la misa la ha pronunciado Pilar Rodríguez-Carretero Luna, miembro de la Comisión Organizativa del Congreso.  Por su parte, el cardenal Blázquez ha realizado la oración de envío con la que ha concluido el encuentro.

Vídeo:

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Itinerario 1: El primer anuncio https://www.pueblodediosensalida.com/itinerario-1/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=itinerario-1 Mon, 24 Feb 2020 11:18:27 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=212451 https://youtu.be/cP9BaTnJIXQ Itinerario 1: El primer anuncio Xavier Morlans, de la Facultad de Teología de Cataluña/ Hospital de Campaña Sta Ana, Barcelona La reintroducción del primer anuncio en la pastoral ordinaria de la Iglesia católica. Redescubrimientos y conversiones.  Con el término “primer anuncio” se quiere designar una realización  especifica de la sacramentalidad o eficacia de la...]]>

Itinerario 1: El primer anuncio

Xavier Morlans, de la Facultad de Teología de Cataluña/ Hospital de Campaña Sta Ana, Barcelona

La reintroducción del primer anuncio en la pastoral ordinaria de la Iglesia católica. Redescubrimientos y conversiones. 

Con el término “primer anuncio” se quiere designar una realización  especifica de la sacramentalidad o eficacia de la Palabra de Dios, es decir, un núcleo fundamental de la Palabra de Dios que tiene una doble función: “Generador” del primer encuentro con Jesucristo y  “Realimentador” de la vida con y en Cristo.

  1. Primer redescubrimiento: el cristianismo como religión revelada

1.1.  El cristianismo como religión revelada y transmitida por hechos y palabras

1.2.  La relación sacramental de Dios y con Dios

1.3.  La sacramentalidad de la Palabra

1.4. La relación entre la sacramentalidad de la Palabra de Dios y los   sacramentos

1.5. Núcleo fundamental de la Palabra

1.5.1. El origen y la existencia de este núcleo

1.5.2. Los nombres de este núcleo

  1. Evangelio
  2. Kerigma
  3. Primer anuncio
  4. El Anuncio

 

  1. Segundo redescubrimiento. Identidad y funciones del primer anuncio

2.1. Lo específico del primer anuncio en relación a otras formas del hablar cristiano como son la catequesis o la teología

  1. Carácter pro-vocativo
  2. Una llamada que pone ante el Resucitado en presente aquí y ahora
  3. El primer anuncio como contenido, acontecimiento y forma
  4. La dimensión social del primer anuncio

  2.2. Las cuatro funciones del primer anuncio

  1. Puerta de entrada para acceder a la experiencia cristiana
  2. Fundamento permanentemente activador de toda la vida cristiana,
  3. Criterio para discernir y establecer la jerarquía de las verdades dogmáticas, catequéticas y morales
  4. Forma de vivir y proponer la vida cristiana

 

  1. Conversiones requeridas para la reintroducción del primer anuncio en la pastoral ordinaria católica
    • Conversión intelectual: no toda acción es consecuencia de un pensamiento
    • Conversión teologal: el primer anuncio tiene su máxima realización y eficacia en el sacramento pero a la vez tiene una realización germinalmente eficaz fuera de la liturgia en la vida cotidiana
    • Conversión pastoral: superar la afirmación “se evangeliza más con hechos que con palabras” y substituirla por “se empieza a evangelizar con hechos y cuando llega el momento con la Palabra”

 

  1. Redescubrimiento del laicado como principal protagonista del primer anuncio en los ambientes cotidianos.

            4.1. El laico como sacerdote, profeta y pastor

            4.2. El primer anuncio como parte del ejercicio del profetismo laical

            4.3. La mayor red de evangelizadora en el día a día: el laicado

 

  1. Visión global: El primer anuncio en relación a la pastoral más urgente en este momento en las parroquias, movimientos, comunidades y asociaciones
    • Primer anuncio e itinerarios de iniciación como propuesta permanente a los cristianos habituales
    • Testimonio y primer anuncio hacia lejanos y alejados. Diez modalidades de primer anuncio

            5.3. Oferta de itinerarios de iniciación cristiana a los que regresan o se acercan

     

Afirmación central

Con el término “primer anuncio” se quiere designar una realización  especifica de la sacramentalidad o eficacia de la Palabra de Dios, es decir, un núcleo fundamental de la Palabra de Dios que tiene una doble función ya que  es a la vez:

a) “Generador” del primer encuentro con Jesucristo y

b) “Realimentador” de la vida con y en Cristo.

De hecho este es el significado original de la palabra “Evangelio” y de la palabra “kerigma”. Proponemos alternar el término “primer anuncio” con el término “Anuncio” o “Anuncio cristiano”.

  1. Primer redescubrimiento: El cristianismo como religión revelada

 1.1 El cristianismo como religión revelada transmitida por hechos y palabras

En lo relativo al primer anuncio se manifiesta la esencia del cristianismo como religión revelada que transmite la intervención del amor salvador de Dios, desde su momento fundacional hasta el día de hoy, a través de hechos y palabras.[1] El cristianismo, en contra de lo que muchos cristianos puedan creer, no es primordialmente una visión de la realidad aunque sin duda la comportará; el cristianismo no es el esfuerzo ético por ser mejores, aunque dará pie a ello; el cristianismo no consiste en la práctica de unos rituales para ganarse el favor de Dios. El cristianismo es fundamentalmente la cooperación existencial con la intervención salvadora de Dios en la historia de la humanidad que se realiza normalmente a través del testimonio, la Palabra y los signos sacramentales confiados a un pueblo, el Pueblo santo de Dios, la Iglesia. [2]

1.2. La relación sacramental de Dios y con Dios

En la pedagogía y el plan salvador de Dios su  iniciativa llega a las personas a través de mediaciones humanas que son fundamentalmente palabras y acciones. En contra de la moda actual, no existe en la revelación bíblica una experiencia directa, inmediata de Dios. Dios siempre se comunica por medio de signos, acciones o palabras que el profeta recibe y que debe trasladar al pueblo. Esta forma de actuar de Dios se llamará con el lenguaje técnico de la teología: sacramental. Un sacramento es una realidad visible o audible que hace presente el amor y la salvación de Dios. Sacramental quiere decir que produce lo que significa. [3]

El primer y gran sacramento de la comunicación de Dios y con Dios es Jesucristo, Hijo de Dios en su singular humanidad. Pero para adaptarse a la condición humana, Jesucristo se comunica a la humanidad a través de un segundo gran sacramento o mediación histórica y visible que es su Pueblo santo, la Iglesia (LG 1 y  48). Este Pueblo santo siguiendo el mandato de Cristo y la inspiración del Espíritu Santo ha desplegado los siete sacramentos o signos visibles que comunican – aunque no exclusivamente – el amor salvador de Dios.

Existen además los llamados sacramentales, signos que participan de la eficacia sacramental como son las bendiciones de personas, lugares  u objetos. Todo en la manera de relacionarnos con Cristo es sacramental en el sentido de que esta urdido de palabras, signos o acciones que nos hacen llegar su llamada, su amor y que posibilitan nuestra respuesta y nuestro vivir con Él al servicio de los demás. Así usando un sentido analógico hablamos del “sacramento” del hermano o del “sacramento” del pobre porque como dijo Jesús lo que hacemos a uno de ellos se lo hacemos a Él (Mt 25, 40).

1.3. La sacramentalidad de la Palabra

En esta pedagogía y en este plan salvador de Dios existe una sacramentalidad o eficacia propia de la Palabra de Dios de la cual habló el papa Benedicto XVI en su Exhortación apostólica Verbum domini (2010) n. 56, refiriéndose sobre todo a la primera parte de la celebración Eucarística es decir a la Liturgia de la Palabra apenas redescubierta con el Concilio Vaticano II (1962-1965).[4]

Cristo está siempre presente a su Iglesia; sobre todo en la acción litúrgica. (…) Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. (SC 7) [5]

Y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16). [6]

Benedicto XVI establece una comparación entre la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados, y la presencia de Cristo al proclamar su palabra. Esta presencia eficaz de Jesucristo en la proclamación de su Palabra y de alguna manera en la resonancia de ella que debe ser la homilía [7] es una forma del Anuncio renovado que toda persona cristiana debe oír para despertar y activar su comunicación vital con Cristo, que llegará a plenitud en la comunión con su Cuerpo y su Sangre.[8]

 

1.4. La relación entre la sacramentalidad de la Palabra de Dios y los sacramentos

Así pues, siguiendo a los principales teólogos del siglo XX, podemos decir que la Palabra de Dios engendra y despierta la fe y el sacramento la lleva a plenitud. [9] Así mismo lo corrobora el papa Francisco:

Ya hemos superado aquella vieja contraposición entre Palabra y sacramento. La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima eficacia. (EG 174) [10]

Así en una visión global del proceso de la evangelización podemos afirmar este camino de progresión: El testimonio de vida – la presencia pública del cristiano con la práctica del amor y la solidaridad – hace creíble la fe, el anuncio de lo esencial de la Palabra engendra la fe, el itinerario catequético – con acompañamiento personal y formación – la hace crecer, y los sacramentos la llevan a plenitud y alimentan el compromiso de nuevos cristianos en la renovación de la humanidad y en el anuncio a otros.[11]

Por tanto, en todo lo relativo al inicio generador y al principio alimentador de la fe como seguimiento existencial de Cristo tendrá un papel clave la Palabra que llama, que convoca, que  interpela a la libertad de cada persona al seguimiento real e integral de Jesucristo.

1.5. El núcleo fundamental de la Palabra con características y funciones propias: “Evangelio” en su sentido original (Buena noticia),  “Kerigma” (pregón) o “primer anuncio”

 

1.5.1. El origen y la existencia de este núcleo

El núcleo fundamental de la Palabra de Dios viene de la misma predicación de Jesucristo centrada en la llamada a convertirse como sinónimo de aceptar la Buena noticia del Reino de Dios (Mc 1, 15). Con el anuncio del Reino (malkuta en arameo) en Jesús se realizaba ya el acontecimiento de la llegada de la acción misericordiosa de Dios que venía a cumplir lo anunciado por los profetas: la intervención de Dios a favor de todo pueblo empezando por los últimos, los pobres, los más desvalidos. Los milagros que hará Jesús son signos de que el Reino  o reinado de Dios misericordioso efectivamente está llegando.[12] Después de la muerte y resurrección de Jesucristo el núcleo fundamental de la Palabra pasará  ser precisamente el anuncio de que en esta muerte y resurrección, y en la donación del Espíritu Santo como gran don del Resucitado se ha cumplido ya,  aunque todavía no del todo, la venida del poder salvador de Dios en la historia de la humanidad. [13]

Sobre el fundamento de la Palabra de Dios ha escrito reiteradamente el papa Francisco en Evangelii Gaudium (2013).

El anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. (EG 35)

Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. (EG 165)

Este anuncio se puede proclamar de muchas y diversas maneras (EG 129) como hace Francisco a lo largo de Evangelii Gaudium, pero siempre hará referencia explícita a un núcleo fundamental:

Su  centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado. (EG  11)

Siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad. (EG 128)

Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte. (EG. 164)

En una palabra, el Evangelio tiene un corazón (EG 34 y 36) que debe ser propuesto al corazón de todas las personas.[14]

1.5.2. Los nombres de este núcleo

A lo largo de la historia del cristianismo este núcleo fundamental de la Palabra de Dios ha recibido diferentes nombres.

  1. Evangelio

Cuando Pablo dice en su carta a los cristianos de Roma:

Pues no me avergüenzo del evangelio, que es fuerza (dínamis) de Dios para que se salve todo el que cree, tanto si es judío como si no lo es. Porque en él (el evangelio)  se manifiesta la fuerza salvadora (dikaiosine: justícia) de Dios a través de una fe en continuo crecimiento [15],

se está refiriendo a este núcleo fundamental : el amor de Dios manifestado y ofrecido en la muerte y la resurrección de Cristo que tiene la capacidad de ser eficaz en la situación de cada oyente.  La transmisión oral de este nucleó básico (acompañada del mejor testimonio de vida y de los oportunos signos del Espíritu)  hace posible el inicio y el mantenimiento vivo de la relación interpersonal y comunitaria con Jesucristo resucitado. El problema es que la palabra Evangelio, de tanto usarla a través de los siglos,  ha muerto de éxito, y hoy día ya no se asocia con ese concentrado oral que tiene la eficacia de propiciar o renovar la relación existencial con Cristo, sino que es sinónimo de uno o de varios libros que cuentan de forma catequética y con diversos matices teológicos la vida de Jesús.

 

  1. Kerigma

Existía al principio del cristianismo otra palabra equivalente a Evangelio, que se conserva sobre todo en los tres Evangelios sinópticos y en las cartas de Pablo: la palabra Kerigma que en griego significa pregón o proclamación, dando por sobreentendido que se refiere al anuncio gozoso del amor de Dios manifestado en Cristo muerto y resucitado. A diferencia del término Evangelio, el término Kerigma ha tenido una historia menos exitosa. Después de un largo olvido durante siglos, experimentó diversos intentos de recuperación para un uso moderno del término, durante la primera mitad del siglo XX, pero no hubo consenso entre los autores y quedó como una palabra problemática cuyo uso actual requeriría según algunos un estudio más exhaustivo de sus diversas modalidades en el Nuevo Testamento.[16] Como resultado,  por lo menos hasta ahora, la palabra Kerigma no ha gozado de una recepción natural y activa en la mayoría de círculos académicos católicos.[17] Karl Rahner propuso un nuevo uso de la palabra Kerigma más allá del debate sobre las diversas formas que hubiese podido tener en la época neotestamentaria.[18] La propuesta de Rahner encaja muy bien con el uso que hace de kerigma Francisco en Evangelii Gaudium  y en todo su magisterio.[19]

 

  1. Primer anuncio

Con esta expresión se quiere recuperar en el lenguaje pastoral de los últimos cincuenta años el contenido y la fuerza de los dos términos anteriores Evangelio en su sentido originario y kerigma. No hay espacio aquí para trazar la historia de la palabra, pero si para aclarar que es un término que se ha ido abriendo paso desde que San Pablo VI lo usó en Evangelii Nuntiandi (1975)[20] hasta eclosionar con mucha fuerza en Evangelii Gaudium del papa Francisco (2013). Es un hecho totalmente comprobable que Francisco en dicho documento usa indistintamente, y como plenamente sinónimos los términos Evangelio, Kerigma y primer anuncio así como otros sinónimos: anuncio, anuncio cristiano, anuncio principal, núcleo fundamental o esencial del Evangelio, corazón del Evangelio o simplemente la Palabra o el mensaje cristiano.

La expresión primer anuncio tiene dos ventajas: no es un término griego que haya que traducir – como ocurre con Evangelio o kerigma – y deja muy claro que la experiencia cristiana no nace ni por generación espontánea ni por iluminación ni por simple contacto físico con otro cristiano, sino que requiere la propuesta oral – precedida y acompañada siempre del mejor testimonio de vida y en un contexto dialogal –  de alguien que nos invita a iniciar una relación personal con Cristo como camino, verdad y vida.  Pero junto a estas cualidades la expresión primer anuncio tiene, reconozcámoslo abiertamente, un inconveniente: el adjetivo ordinal “primer” induce a sobreentender que es sólo un anuncio para los que todavía no creen y que sólo debe ser escuchado una vez al principio de la experiencia creyente. De esta ambigüedad de la expresión da plena cuenta Francisco.

 

Hemos redescubierto que también en la catequesis tiene un rol fundamental el primer anuncio o « kerygma », que debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. (…) Cuando a este primer anuncio se le llama « primero », eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos. (EG 164) [21]

 

  1. El Anuncio

En mi opinión, tal como ya hace Francisco en algunos pasajes de EG, creo  que se podría alternar los términos primer anuncio o corazón o núcleo fundamental del Evangelio con el término Anuncio a secas, o el Anuncio cristiano, mejor con mayúscula para indicar su especificidad, así como hablamos de la Eucaristía, o de la Catequesis de los Apóstoles o del Credo o Dogma.

 

  1. Segundo redescubrimiento:

La identidad específica y las cuatro funciones del primer anuncio

2.1. Lo específico del primer anuncio en relación a otras formas del hablar cristiano como son la catequesis o la teología

  1. Carácter pro-vocativo

Lo propio del primer anuncio y lo que le diferencia claramente de otras formas orales o discursos cristianos es su condición inequívoca de llamada, su carácter respetuosamente interpelativo o pro-vocativo en el sentido etimológico de la palabra: invitación a responder. Y la grandeza sorprendente y original del primer anuncio es que como tal es portador y facilitador de aquello mismo que anuncia: el encuentro inicial o renovado con Jesucristo resucitado como salvador real de cada persona en su contexto existencial y social y concreto.[22] En efecto hay un consenso de los más destacados  exegetas y teólogos en afirmar una presencia germinal de Jesucristo resucitado que ofrece su salvación en el acto mismo de ser proclamado el kerigma o primer anuncio. [23]

A diferencia de la catequesis o del discurso teológico, el primer anuncio no consiste en una explicación o argumentación, aunque él contenga germinalmente el contenido (logos) y la fuerza (dinamis) de lo que la catequesis y la teología desarrollarán en sus respectivos ámbitos y niveles .[24] El primer anuncio es una propuesta breve y concentrada, ofrecida  al hilo de la vida y en un contexto de amistad y de diálogo.[25] En los términos propios de la filosofía del lenguaje – pero elevado a la máxima potencia – el primer anuncio es una palabra performativa (del inglés performance, actuación), es decir, una palabra que invita a realizar lo que dice: “Cristo vive, déjate encontrar por Él, déjate salvar por Él”. [26]

  1. Una llamada que pone ante el Resucitado en tiempo presente, aquí y ahora

Es justo preguntarse en un necesario ejercicio de reflexión teológica ¿Por qué lo que propicia un inicial y un renovado encuentro con Cristo vivo es una breve invitación verbal y no una argumentación articulada? La respuesta está en la línea del primer punto expuesto. Se trata de la lógica de la revelación, de la forma como Dios ha elegido comunicarse personalmente a la humanidad y de hacerlo de forma humana – con acciones y palabras – de manera que su primer contacto llega en forma de llamada, de vocación,  de invitación a caminar con Él y no en forma de explicación. Esto además concuerda muy bien con el hecho en que cada vez coinciden más pensadores, creyentes y no creyentes: el rasgo más distintivo de la condición humana es la capacidad de confiar antes que la capacidad de analizar. [27] El primer anuncio es una invitación a dar un paso de confianza en Jesucristo Señor y a entrar en la dinámica de su Reino.

En clave teológica el primer anuncio como llamada tiene la capacidad de poner a la persona y a la comunidad en presencia del Resucitado en presente de indicativo, aquí y ahora, no sólo en una actitud de imitar a Jesús como un ejemplo pasado o exterior, sino dejando que el Espíritu Santo cree un vínculo afectivo-cognitivo con Él, que dé la posibilidad de un auténtico seguimiento actual en tensión hacia el futuro, esperando activamente su venida final. [28] De manera que “vivir cristianamente significa corealizar la vida de Cristo, realizarla juntamente con él” (Guardini). [29]

Este carácter de respuesta actualizada a la llamada siempre nueva de Dios es lo que hace del cristianismo antes que una aplicación directa e inmediata de  principios doctrinales o de reglas morales, un discernimiento constante de la voluntad de Dios. Para ello los principios y las pautas sirven como grandes orientaciones y puntos de referencia, pero nunca pueden suplir la decisión prudencial última. [30]

  1. El primer anuncio como contenido, acontecimiento y forma

El primer anuncio es inseparablemente un contenido, un acontecimiento  y una forma. Como contenido puede ser expresado con fórmulas muy diversas (EG 129), que de una manera u otra son una invitación a responder a la llamada de Dios que se ofrece en el mismo anuncio: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte” (EG 164) y – añadimos – espera tu respuesta.

Como acontecimiento (acto o acción)  tal como ya se ha descrito, consiste en proponer dicho contenido a alguien, en el contexto de una relación de amistad y como respuesta desbordante a sus expectativas existenciales detectadas y explicitadas en un diálogo franco.[31] También como acontecimiento el primer anuncio es la propuesta renovada a la comunidad reunida que necesita ponerse en presencia de su Señor.

Como forma, dicho acontecimiento de comunicación se caracteriza por una intención – llevar el corazón del Evangelio al corazón del interlocutor-,[32] cuya realización comporta una determinada intensidad [33] y se materializa en una invitación expresa hacia la cual va finalizado todo el anuncio: entrar en contacto personal con Jesucristo vivo y con el compromiso en  el Reino que Él comporta .

  1. La dimensión social del primer anuncio

Precisamente la dimensión social del primer anuncio es algo que conviene aclarar para despejar tota crítica de supuesto intimismo y individualismo a la práctica del anuncio. Francisco es muy claro y contundente en este aspecto.

El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad. (EG 177)

Todo el capítulo cuarto de Evangelii Gaudium está dedicado a la dimensión social de la evangelización y los números del 177 al 185 a las repercusiones comunitarias y sociales del kerygma.

Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás. (EG 178).

Así lo ha repetido Francisco con gran coherencia en otros documentos y ocasiones como en el proemio de Veritatis Gaudium sobre las orientaciones que deben regir los estudios en las facultades e institutos de teología. [34]

2.2. Las cuatro funciones del primer anuncio

  1. Puerta de entrada más normal para acceder a la experiencia cristiana

En este primer sentido, el primer anuncio es la acción comunicativa por la que una persona  cristiana, precedida y acompañada del mejor testimonio de vida, en un contexto dialogal y partiendo siempre de la situación existencial y de las expectativas de su interlocutor, le habla con amor y humildad de Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador de la humanidad, y le invita a establecer una primera o una renovada relación personal con Él. Por tanto, en primer lugar, el primer anuncio es el factor decisivo para engendrar la primera fe en Jesucristo por parte de un no creyente o para avivarla en un creyente tibio o que se había alejado.

  1. Fundamento permanentemente activador de toda la vida cristiana, podríamos decir el “leitmotiv” de la fe como vida en/con Cristo

El primer anuncio es el anuncio principal o fundante que cada cristiano en particular y la comunidad eclesial en su conjunto debe volver a oír una y otra vez para estar en actitud de respuesta activa a Jesucristo Resucitado en presente de indicativo. [35] En este segundo sentido, el primer anuncio o kerigma como anuncio fundamental  del Evangelio debe ser proclamado no sólo a los que todavía no creen sino a los creyentes y a la comunidad reunida. Tal como afirman los teólogos Rahner y Lehmann en su artículo de referencia: “El kerigma debe ser anunciado una y otra vez para que se realice la presencia de Dios[36].

Tomando una metáfora del mundo musical podríamos hablar del Anuncio como del leitmotiv de la vida cristiana. El primer anuncio sería algo equivalente al tema central, o motivo conductor (leitmotiv) que permite identificar una obra musical, y que al oírlo por primera vez capta la atención del oyente, de manera que este desea volver a oírlo para volver a experimentar el placer y la emoción que le despertó aquella primera audición. Y desarrollando la metáfora musical podríamos decir que en el caso del primer anuncio cristiano este contiene en su brevedad y concisión todos los temas que serán susceptibles de ser desarrollados hasta conformar una gran sinfonía como es el Credo o articulación del Dogma. El primer anuncio es como si una canción sencilla y breve como Noche de Paz contuviese en sí misma, en embrión, todos los temas que desarrollados darían como resultado una sinfonía equivalente a la Novena de Beethoven.

Este carácter de anuncio renovado permanente se verifica de modo especial en la Eucaristía dominical que es la realización más eficaz del kerigma donde palabra y sacramento llegan a su plenitud. En concreto la homilía es el momento donde se plasma el carácter kerigmático de la Palabra en tanto que Palabra propuesta a  la comunidad para propiciar su renovada adhesión al Resucitado. No es de extrañar que veinticinco números centrales de Evangelii Gaudium estén dedicados la homilía, de la cual Francisco afirma cosas tales como:

Cabe recordar ahora que « la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza». Hay una valoración especial de la homilía que proviene de su contexto eucarístico, que supera a toda catequesis por ser el momento más alto del diálogo entre Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental. (EG 137) [37]

  1. c) Criterio para discernir y establecer la jerarquía de las verdades dogmáticas, catequéticas y morales

El primer anuncio como contenido nuclear de la buena noticia cristiana – “la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (EG 36) – constituye el criterio a partir del cual establecer la jerarquía de verdades en la exposición de la fe cristiana. “Esto vale tanto para los dogmas de la fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral “,  afirma el mismo papa Francisco en EG 36; así como para “comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis” (EG 165) “y de todo intento de renovación eclesial “(EG 165). Esta tercera función daría mucho de sí pero aquí solo podemos dejarla indicada. [38]

  1. Forma de vivir y proponer la vida cristiana

Con la expresión de  cualidad de primer anuncio o de carácter kerigmático nos podemos referir también al talante, pathos o feeling con que se vive y se comunica la fe cristiana. Se trata de una pasión, o un entusiasmo asertivo, irradiador y contagioso siempre respetando y, a la vez, apelando a la libertad del interlocutor. Es lo que el papa Francisco describe como “evangelización con espíritu” en EG 259-267. Audacia (parresía), alegría, fervor, convencimiento,… son otras tantas expresiones usadas en el contexto de dichos números de EG.

  1. Conversiones requeridas para la reintroducción del primer anuncio en la pastoral ordinaria católica

En la Iglesia católica estamos redescubriendo el primer anuncio como un eslabón olvidado del proceso global de la evangelización y aún más como motivo conductor de toda la vida cristiana. No debe escandalizarnos ni extrañarnos la afirmación de que un elemento importante de la evangelización fuera olvidado. Ocurrió también en el pasado con otros elementos importantes de la fe cristiana como, por ejemplo, la centralidad de la resurrección de Jesucristo, o la Vigilia Pascual (clara consecuencia de lo anterior) o el papel de los laicos en la Iglesia y en el mundo.

3.1. Conversión intelectual: no toda acción es necesariamente consecuencia de un pensamiento

En la comprensión y en la práctica del primer anuncio se da un caso especial de una de las cuestiones filosóficas que más ha marcado la historia del pensamiento occidental: la relación entre teoría y práctica o entre idea y realidad. En efecto, cuando Francisco afirma “La realidad es más importante que la idea” (EG 231-233) está recapitulando un largo debate que ha recorrido todo el siglo XX en el intento de superar la hegemonía del idealismo alemán que ponía en el yo pensante el inicio  y la piedra de toque de todo proceso de conocimiento y de operación sobre la realidad. Los mejores esfuerzos de los filósofos del siglo XX han ido dirigidos a superar el predominio de la idea sobre la realidad. [39]

Dados estos precedentes no nos debe extrañar que un serio obstáculo en el redescubrimiento del papel insubstituible del primer anuncio radica en la forma de pensar intelectualista según la cual toda acción es siempre necesariamente consecuencia de un pensamiento y, por tanto, el inicio y la maduración de la vida cristiana dependerían de la claridad de unas ideas previas. Esta actitud intelectualista no entiende que una acción comunicativa puntual como el primer anuncio, pueda ser  tan decisiva y determinante para el inicio de la vida de fe y para su continuidad y crecimiento.

En efecto, según esta forma de pensar, fuertemente marcada por la ilustración y la modernidad, se empieza a ser cristiano por un proceso de toma de conciencia a partir de una información y de una formación básicamente intelectual – ya sea el catecismo como contenido doctrinal, ya sea una formación teológica o bíblica científica, ya sea una reflexión crítica sobre la realidad personal y social – que se va proponiendo al iniciado hasta que éste deviene un cristiano adulto y comprometido. Aunque se tenga en cuenta también la necesaria vivencia de la comunidad, de la Palabra, de la liturgia, de la oración, y de la práctica del amor, de hecho en esta forma mental el nervio del asunto viene dado por el pensamiento.

Sin menospreciar de ninguna manera la importancia del elemento intelectual en la iniciación y crecimiento de la vida cristiana, una debida atención a la pedagogía de Dios en la revelación y una valoración realista de la experiencia pastoral de los últimos cincuenta años nos lleva a una comprensión más integral del acontecimiento que propicia la entrada en la fe cristiana y su crecimiento posterior. El papa Benedicto XVI lo ha afirmado certeramente en la que tal vez sea su frase más citada:

No se empieza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea,  sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte  a la vida, y con ello la dirección decisiva (Benedicto XVI, Dios es amor (2005), n. 1) [40].

Según esta afirmación de Benedicto XVI, lo que motiva el inicio de la fe, en rigor, no es un pensamiento sino un acontecimiento, una acción, un hecho: un encuentro con una Persona, Jesucristo. Y una de las formas más habituales de que suceda ese encuentro es que una persona cristiana  presente a Jesucristo como Persona viva que tiene Vida abundante para dar al interlocutor en cuestión. Los pensamientos y las ideas sobre la relevancia o sobre la credibilidad del cristianismo en rigor preparan o consolidan o interactúan en el acto de fe pero no lo provocan. El motivo del acto de fe es la atracción interior del Espíritu Santo que se sirve sobre todo del testimonio y de la Palabra viva.[41]

El hecho del “encuentro” personal con Cristo, la interacción viva entre personas, entre libertades, y la palabra personal – siempre precedida y acompañada del mejor testimonio de vida –  como mediación del encuentro, puede ser recogido con el pensamiento a posteriori pero no puede ser nunca exhaustivamente aprehendido ni reproducido exclusivamente mediante pensamientos o ideas.[42]

Aplicando la visión intelectualista a la recepción del primer anuncio por parte del interlocutor, podría parecer que éste recibe el primer anuncio porque tiene unos pensamientos previos que le llevan a él, pero ante la presentación de Jesucristo como Alguien que está vivo y con el que se puede establecer una relación personal, se crea un ámbito nuevo ofreciendo un nuevo horizonte y con ello nuevos contenidos de conciencia, nuevos pensamientos y un nuevo modo de vivir, que son consecuencia de la acción de recibir el primer anuncio.

Por eso no se puede afirmar que el primer anuncio sea para el que lo recibe una acción, consecuencia de un pensamiento, sino que por lo contrario el primer anuncio es una acción que da pie a pensamientos nuevos. Para decirlo con un símil sencillo: nadie se ha emborrachado analizando la fórmula química del vino. El análisis de la fórmula del vino es el equivalente a toda publicación, material o aproximación cultural al hecho del cristianismo o a la credibilidad de la fe; beber una copa de buen vino es el equivalente de establecer una relación personal con Jesucristo como Persona viva como consecuencia de una invitación efectuada por alguien cercano y próximo a Él y al interlocutor que recibe la invitación,

Éste carácter no deducible a priori,  único e irrepetible del primer anuncio produce malestar e incomodidad a la forma de pensar intelectualista, que a veces escuda su incomprensión tachando de emocionalismo a las prácticas de primer anuncio. Hay que distinguir dos planos que, si bien están íntimamente relacionados, son de hecho distintos y el uno no puede suplir al otro: a) la exposición de las razones para creer (apologética o teología fundamental como discurso intelectual) y b) la invitación concreta a creer y a renovar la fe como adhesión existencial a Jesucristo resucitado (primer anuncio como acción evangelizadora concreta).

El Espíritu Santo sin duda se puede servir de muchas mediaciones previas para  ir preparando los corazones, [43] pero lo decisivo, lo que propicia el encuentro es el hecho de recibir una invitación explícita que, aunque tiene en la conversación personal su forma paradigmática, también puede llegar al interlocutor vehiculada en una publicación o por un medio audiovisual o por las redes sociales siempre que se exprese la invitación directa a la voluntad del oyente o del espectador, eso sí, siempre  con respeto y con la debida contextualización.

Una derivada de este mismo prejuicio intelectualista es la tendencia a enfatizar la fe como proceso de toma de conciencia, como opción opuesta a los métodos de primer anuncio que ponen mayor énfasis en propiciar el acontecimiento del encuentro con Cristo. Podemos lograr una síntesis entre ambas posiciones afirmando que sin proceso no hay maduración de la fe ciertamente,  pero sin acontecimiento fundante (conversión)  no puede haber proceso.

 

3.2. Conversión teologal: el primer anuncio tiene su máxima realización y eficacia en el sacramento pero a la vez tiene una realización germinalmente eficaz fuera de la liturgia en la vida cotidiana

Este anuncio fundamental tiene su más alta realización y eficacia  cuando se dirige a la persona y a la comunidad en la celebración del sacramento; [44]  pero también tiene una primera realización y una eficacia germinal con anterioridad a su expresión estrictamente litúrgica, es decir en los ámbitos de la vida cotidiana. [45] Esta doble faceta del Anuncio provoca dificultades para su recuperación actual, porque por una parte puede ser reivindicado como exclusivo del momento litúrgico y por otra puede ser devaluado reduciéndolo al valor de nuestra capacidad de mantener una conversación atractiva olvidando que hay un núcleo fundamental del Anuncio que es el que tiene la capacidad de tocar el corazón. Que haya una palabra que fuera del contexto estrictamente litúrgico tenga una eficacia germinal sacramental es algo que cuesta de entender y por tanto practicar tanto a unos como a otros.

 

3.3. Conversión pastoral: deberíamos superar la afirmación “se evangeliza más con hechos que con palabras” y substituirla por esta otra “se empieza a evangelizar con hechos y cuando llega el momento con la Palabra”

Hay una autentica amnesia por lo que se refiere al cristianismo como vida que se comunica y se comparte también con la palabra. En la larga y compleja historia del pensamiento occidental, ya citada, en torno a la relación entre teoría y práctica – o entre palabra y acción – la palabra ha sufrido una lenta pero demoledora devaluación hasta quedar reducida a un mero sonido fonético. De ahí que se comprendan expresiones como “se evangeliza más con hechos que con palabras”. Pero una renovada toma de conciencia del cristianismo como religión revelada y un renovado retorno al primado de la Palabra de Dios como el que propiciaba el cardenal Carlo Maria Martini, de Milán, debería llevarnos a una verdadera conversión en lo que afecta al momento verbal de la evangelización. Por ello sería más ajustado apostillar: “no hables de lo que no vives, pero no puedes dejar de hablar de lo que vives”. O como afirma Francisco:

La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. (EG 264)

La práctica del primer anuncio experimenta también diversos tipos de resistencias en los católicos habituales. A unos les huele a proselitismo o a algo políticamente incorrecto en una sociedad postmoderna donde no es bien visto intentar influir en las convicciones de otra persona, cuando en realidad todo el mundo intenta convencer a los demás para que consumamos sus productos o nos apuntemos a sus sesiones de meditación.

 

  1. Redescubrimiento del laicado como principal protagonista del primer anuncio en los ambientes cotidianos.

 

4.1. El laico como sacerdote, profeta y pastor

Una de las mayores novedades del Concilio Vaticano II (1962-1965) fue el redescubrimiento del papel del laicado, como formando parte integrante de pleno derecho de la Iglesia, Pueblo santo de Dios  y participando a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo.[46] Se reconocía abiertamente que “el apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia”.[47] Y a continuación se especificaba: “Los laicos, sin embargo, están llamados particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos”. [48]

De ahí la visión de que los laicos están preferentemente empeñados en las tareas comúnmente llamadas de índole secular: la experiencia del amor matrimonial; la procreación y el mantenimiento y educación de los hijos;[49] la transformación de la naturaleza a través de la investigación, el dominio técnico y el trabajo humano en sus múltiples facetas; y la transformación de la historia por medio de las variadas formas de asociacionismo y compromiso cultural social y político.[50] Es en ese contexto secular donde los  laicos y laicas ejercen pues a su manera la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, dando pie a una autentica mística del seguimiento de Cristo en el mundo.

 

4.2. El primer anuncio como parte del ejercicio del profetismo laical

 Aunque el Concilio Vaticano II no dejó de explicitar el deber y el derecho del laicado a anunciar el Evangelio también de palabra,[51] en la recepción del concilio predominó la imagen del laicado como trasformador de la realidad con su compromiso operativo y con su ejemplo de vida, y no se puso tanto énfasis en el papel del laicado como comunicador del Anuncio cristiano. Debemos al papa Francisco una fuerte llamada a redescubrir este aspecto del profetismo laical.

En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos » y « misioneros », sino que somos siempre « discípulos misioneros » (EG 120) [52].

 

4.3. La mayor red de evangelizadora en el día a día: el laicado

Tal como le gusta repetir al P. Raniero Cantalamesa, los sacerdotes, religiosas  y religiosos en el mundo son decenas de millares, pero los laicos y laicas son centenas de millones. En efecto, se abre una perspectiva evangelizadora inmensa sólo de imaginar a estos millones de laicos y laicas, acompañados del mejor testimonio de vida y siempre en un contexto de dialogo y amistad, ejerciendo como agentes directos del primer anuncio en sus lugares de vida, trabajo y ocio.

 

  1. Visión global : El primer anuncio en relación a la pastoral más urgente en este momento en las parroquias, movimientos, comunidades y asociaciones

Acabamos nuestra exposición con una rápida y esquemática visión global del primer anuncio en relación a los retos más urgentes de la pastoral ordinaria de la Iglesia católica.

 

  • Primer anuncio e itinerarios de iniciación como propuesta permanente a los cristianos habituales

Tomando conciencia del envejecimiento notable de nuestras comunidades eclesiales, y el alto índice de secularización que impregna toda la sociedad y que no deja de hacer mella en los propios católicos, y a la vista de la atracción que ejercen las propuestas de tipo panteísta, gnóstico, new age, o simplemente de “religión a la carta”,  no se puede dar por sentado que los católicos habituales de misa dominical vivan un cristianismo cristocéntrico, enraizado en la Palabra y alimentado adecuadamente en los sacramentos. Por ello se hace necesario proponer periódicamente el primer anuncio y los itinerarios de iniciación cristiana de adultos –integralmente o en parte –  a todos (véase contenido en 5.3.). Sólo discípulos renovados en su amor a Cristo podrán ser misioneros en esta sociedad fría y materialista. [53]

 

  • Testimonio y primer anuncio hacia lejanos y alejados. Diez modalidades de primer anuncio

Como Pueblo de Dios, Iglesia, en salida, es necesario realizar un esfuerzo de imaginación y creatividad para poder ofrecer junto al mejor testimonio de amor, solidaridad y caridad efectiva, propuestas específicas de primer anuncio dirigidas a lo lejanos y a los alejados. Nos limitamos aquí a enunciar diez modalidades de primer anuncio.[54]

  1. El primer anuncio en el diálogo con personas del entorno cotidiano.
  2. Propuestas específicas de primer anuncio desde ámbitos eclesiales
  3. El primer anuncio en el contexto de la preparación pre-sacramental.
  4. El despertar religioso en las familias.
  5. El primer anuncio a jóvenes.
  6. El primer anuncio en los centros educativos.
  7. El primer anuncio con motivo de las prácticas y vivencias de religiosidad popular.
  8. El primer anuncio en la atención a personas en situaciones límite.
  9. La experiencia del primer anuncio en países de misión.
  10. Transmitir el Kerygma mediante el arte y las nuevas disciplinas.

 

  • Acogida de los que regresan y de los nuevos en itinerarios de iniciación cristiana.

Obviamente hay que poder ofrecer a los lejanos o alejados con los que se haya conectado a través de las propuestas de primer anuncio o de las actividades de nuestro ámbito eclesial propio,  unos itinerarios de iniciación cristiana de adultos que incluirán como elementos constitutivos:

  1. Iniciación a la oración a partir de la Palabra
  2. Iniciación a la vida de grupo o pequeña comunidad
  3. Acompañamiento personalizado (idóneo para verificar la consolidación de la adhesión a Jesucristo y la vida cristiana como corealización del Reino con Cristo, el cambio de sentimientos y actitudes, y la conversión moral)
  4. Formación catequética sistemática
  5. Iniciación a los sacramentos y a la vivencia de la Iglesia como Pueblo de Dios
  6. Iniciación a la salida misionera: compromiso social y evangelizador

 

Necesitamos urgentemente activar estos elementos regeneradores de lo más genuino de la fe cristiana para propiciar nuevas y renovadas generaciones de un laicado que, con las diversas formas de apostolado organizado, llegue con garra evangelizadora a los ambientes cotidianos y ayude a la tan necesaria transformación de la sociedad en la dirección del Reino de Dios.

[1] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática sobre la divina revelación, Dei Verbum (DV), 2.

[2] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática sobre la Iglesia. Lumen Gentium (LG), 1 y 48.

[3] Cf. J.M. GONZÁLEZ RUIZ, Evangelio en C. FLORISTAN- J.J., TAMAYO (Coord.), Conceptos fundamentales de pastoral, Madrid: Cristiandad 1983, p. 337.

[4] Cf. S. PIÉ-NINOT,  La “sacramentalidad de la Escritura” (VD 56) como “palabra viva y eficaz” (Heb. 4,12) en Teología Fundamental, Madrid BAC2016, pp. 143- 145. A tenor de VD 7 el primer sentido analógico de la expresión “Palabra de Dios”  es “la persona de Jesucristo, Hijo eterno del Padre, hecho hombre”. La Escritura es Palabra de Dios  en un segundo sentido analógico junto a la Tradición. Esta distinción es la que permite afirmar que en la proclamación del primer  anuncio se hace presente Cristo como Palabra viva sin necesidad de que se lea textualmente un fragmento de la Escritura (véase más adelante 2.1.a. Carácter provocativo (del primer anuncio ).

[5] El subrayado es nuestro.

[6] El subrayado es nuestro.

[7] La homilía tiene un carácter cuasi sacramental. FRANCISCO, Evangelii Gaudium 142.

[8] Véase más adelante en el apartado  2.2.b (El primer anuncio como) Fundamento permanentemente activador de toda la vida cristiana.

[9]  “La palabra engendra la fe, el sacramento la lleva a plenitud.” (L. SCHEFFCZYK, Von der Heilsmacht des Wortes, Munich 1966. Citado en L.A. SCHÖKEL – A.M. ARTOLA, La palabra de Dios en la historia de los hombres, Bilbao: Mensajero 1991, p. 591.

[10] “(El Kerigma) tiene su más intensa realización esencial en la palabra de la fe, que se dirige al individuo en el sacramento, como manifestación de la salvación de Dios, que se da cuando se realiza su aparición, su “signo”.” (K. RAHNER-H. VORGRIMLER, Kerygma en Diccionario teológico, Barcelona: Herder 1966, col. 378). El mejor artículo de referencia sobre el tema es K. RAHNER – K. LEHMANN, Kerigma y Dogma en  Mysterium Salutis I, Manual de Teología como historia de la salvación (1965), Madrid: Cristiandad 21974, 686-704.

[11] Cf. SAN PABLO VI, Evangelii Nuntiandi 24; SAN JOAN PAU II, Redemptoris Missio, 41-50; CONGREGACION PARA EL CLERO, Directorio general para la catequesis (1997) 46- 49.

[12] Cf. J.M. GONZALEZ RUIZ, Kerigma en C. FLORISTAN- J.J., TAMAYO (Coord.), Conceptos fundamentales de pastoral, Madrid: Cristiandad 1983, p. 543.

[13]  Cf. Los primeros discursos de Pedro y Pablo. Hch 2, 14-26; 3, 12-26, 4, 8-12; 5, 29, 32; 10, 34-41; 13, 16-41.

[14] “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona” (Misericordiae Vultus, Bula de convocación del jubileo extraordinario de la misericordia, 2015, n. 12). Subrayados nuestros.

[15] (Rm 1, 1-17). Todas las citas son de la Biblia de la Casa de la Biblia, Madrid 41997. Los subrayados y paréntesis son nuestros. ”Yo no vine a bautizar sino a evangelizar…”

[16] Por poner un ejemplo: En el Evangelio de Juan no aparecen nunca ni la palabra evangelio, ni la palabra kerigma. No obstante, qué duda cabe que el IV Evangelio tiene sus maneras propias de enunciar el evangelio o kerigma como en el famoso pasaje de Jn 3,16 : “ Tanto amó Dios al mundo que entregó a  su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Por tanto nos encontramos con que en el Nuevo Testamento hay diversas maneras de formular el Kerigma o corazón del Evangelio y diversas maneras de nombrarlo. Ello da pie a cierto confusionismo si no se estudia la cuestión con rigor.

[17] Exceptuando, entre algunas otras, la escuela teológica  argentina. Cf. Víctor Manuel FERNÁNDEZ, Pistas de Francisco para la catequesis, en Simposio de catequética. Interpelaciones a nuestra catequesis a la luz de Francisco, Buenos Aires: PPC Cono Sur 2018, 79-82.

[18] Cf. K. RAHNER-H. VORGRIMLER, Kerygma en Diccionario teológico, Barcelona: Herder 1966, col. 377-378.

[19] Muy completo sobre historia del uso del término kerigma ver también. : M. TIBALDI, Kerigma e atto di fede nella teologia di Hans Urs von Balthasar, Roma: PUG 2005.

[20] EN 45, 51-53; Cf. M. A. GIL, Pensamiento contemporáneo de la Iglesia sobre el Primer anuncio en Actualidad Catequética  213-14 (2007) 51- 68.

[21] Los subrayados son nuestros excepto “kerygma”  y “principal”  que ya aparecen subrayados en el texto original.

[22] (El Kerygma como Palabra de Dios y de Cristo mismo) “De manera eficaz hace presente lo pronunciado en la situación del interpelado”. (K. RAHNER-H. VORGRIMLER, Kerygma en Diccionario teológico, Barcelona: Herder 1966, col. 377-378).

[23] “El kerigma lleva en sí mismo una gracia que, si es acogida libremente por el interlocutor, le cambia interiormente y le permite encontrar su propia realización en Dios“(H. U. von BALTHASAR, Il missaggio di salvezza e il presente, Humanitas 11 (1961) 883). “Dios mismo es quien fundamenta el kerigma, y es este mismo kerigma el que fundamenta la existencia del creyente” (H. SCHLIER, Kerigma e Sophia, a Il tempo de la Chiesa, Bologna 1968, 330-372). “El kerigma es el único Señor, que ha realizado su obra como Jesús de Nazaret, vive en los suyos como Espíritu, y vendrá como Señor de la gloria. Precisamente de estas tres maneras, Cristo está vivo y (ocultamente) presente en el kerigma” (E. SIMONS, Kerigma en Sacramentum Mundi IV(1973), Barcelona: Herder 2 1977 col. 195. Subrayados nuestros).  “Por lo tanto la tarea de la Iglesia consiste en realizar la traditio evangelii, el anuncio y la transmisión del evangelio que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16) y que en última instancia, se identifica con Jesucristo (cf. 1Co 1,24)” (Sínodo de los Obispos 2012, Instrumentum Laboris, 2012, n. 26. El segundo subrayado es nuestro). “El Evangelio es Evangelio de Jesucristo: no solamente tiene como con­tenido Jesucristo. Mucho más, este último es, a través del Espíritu santo, también el promotor y el sujeto primario de su anuncio, de su trasmisión. El objetivo de la transmisión de la fe es la realización de este encuentro con Jesucristo, en el Espíritu, para llegar a vivir la experiencia del Padre suyo y nuestro” (Sínodo de los Obispos 2012, Lineamenta 2011, n. 11. Los subrayados  son nuestro).  “Cristo es el « Evangelio eterno » (Ap 14,6), y es « el mismo ayer y hoy y para siempre » (Hb13, 8), pero su riqueza y su hermosura son inagotables.” (FRANCISCO, Evangelii Gaudium  11) .

[24] “El kerygma es algo más y algo distinto de los artículos del dogma de la Iglesia, que se adecuan meramente a la cosa; en los cuales la Iglesia no proclama el Kerygma, sino que, ejercitando su “magisterio extraordinario”, se limita a señalar las fronteras entre la verdad y el error. El kerygma es también algo más que la reflexión humana sobre estos artículos (teología)”. (K. RAHNER-H. VORGRIMLER, Kerygma en Diccionario teológico, Barcelona: Herder 1966, col. 378).

[25] Cf. Juan Carlos CARVAJAL BLANCO, Pedagogía del primer anuncio. El Evangelio ante el reto de la increencia, Madrid: PPC 211.

[26] Cf. FRANCISCO, Christus vivit, Exhortación apostólica postsinodal (2019), 124-129.

[27] R. SALA,  L’umano possibile. Esplorazioni in uscita dalla modernità, Roma: LAS 2012.

[28] “El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con  él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera.” (EG 266).  Cf EG 275-289: La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu.

[29] R. GUARDINI, en Obras de Romano Guardini III, Jesucristo, Madrid: Cristiandad 1981, p. 79. También: “ Tan pronto como el Cristianismo deja de aparecer como autoevidente y se muestra de nuevo en lo que es, un objeto de contradicción, vuelve a ponerse de manifiesto el concepto escriturístico de existencia, es decir, que el hombre ha sido arrastrado a una coactividad con Dios. (…) Porque estamos acostumbrados a pensar en la Fe como en un cuerpo de doctrina sistematizado, algo como la sistematización de los conocimientos o la ciencia natural, o como visiones del ser de Dios y del cosmos.  Pero en un principio se conceptuaba la Fe como una instrucción en la actividad de Dios y una llamada a entenderla y tomar parte en ella. Mientras Jesús vivió sobre la tierra, esta actitud se concretizó en el ideal de seguirle.  Entonces Fe significaba andar con Jesús, hacer con Él lo que Él hacía, y preparar así el camino del reino de Dios.  Pero esta idea primitiva de seguir a Jesús se descartó cuando desapareció su presencia corporal, «el seguirle» pasó a ser «imitación» en el transcurso del tiempo. Jesús vino a ser el modelo de perfección al que debían intentar acomodarse.  Una vez más la noción de actividad histórica se traspasó al terreno de las ideas.  Para los primeros cristianos, el «seguimiento» significaba la expectación de la venida del Señor, aceptando el destino que les confería su calidad de cristianos y participando en la acción del Espíritu Santo. (…) Fe significa vivir inmerso en esta actividad divina y comprender a su vez los acontecimientos de la historia y el destino particular de cada uno.  (R. GUARDINI La Revelación como historia, a A.R. Caponigri (ed.), Pensadores católicos contemporáneos II, Barcelona-México: Grijalbo 1964, p. 261. Los subrayados son nuestros).

[30] De ahí la importancia del discernimiento en el magisterio de Francisco. Cfr. Amoris Laetitia (2016) Capítulo VIII: Acompañar, discernir e integrar la fragilidad.

[31] “Se  trata, pues, del acontecer de lo pronunciado en la situación del oyente; acontecer históricamente perceptible en el decir y en el oir”. (K. RAHNER-H. VORGRIMLER, Kerygma en Diccionario teológico, Barcelona: Herder 1966, col. 378).

[32] “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona”  (FRANCISCO, Misericordiae VultusBula de convocación del jubileo extraordinario de la misericordia, 2015, n. 12. Subrayado nuestro).

[33] Se trata de un determinado coraje o atrevimiento que en el lenguaje del Nuevo Testamento recibe el nombre de parresía (EG 259) y que Francisco también cualifica como  pasión  (EG  266).

[34] Justamente cuando acaba de enunciar que el Kerigma debe ser el  primer criterio en la orientación de los estudios teológicos añade: “Desde esta concentración vital y gozosa del rostro de Dios, que ha sido revelado como Padre rico de misericordia en Jesucristo (cf. Ef 2,4) (Misericordiae Vultus) desciende la experiencia liberadora y responsable que consiste en la «mística de vivir juntos” (EG 87 y 272) como Iglesia, que se hace levadura de aquella fraternidad universal «que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno» (EG 92). De ahí que el imperativo de escuchar en el corazón y de hacer resonar en la mente el grito de los pobres y de la tierra (Laudato Sí 49) concretice la «dimensión social de la evangelización» (EG cap, 4), como parte integral de la misión de la Iglesia; porque «Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres»(CONSEJO PONTIFICIO JUSTICIA Y PAZ, Compendio  de la Doctrina Social de la Iglesia, 52; cf. EG 178). Es cierto que «la belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha»(EG 195) .Esta opción debe impregnar la presentación y la profundización de la verdad cristiana.”  (FRANCISCO, Veritatis Gaudium, 4, a). Cf. También “Jesús…se dirige directamente a los marginados, a los “de fuera”, para llevarles directamente, la buena noticia del reino de Dios.” (J.M. GONZÁLEZ RUIZ, Evangelio Kerigma en C. FLORISTAN- J.J., TAMAYO (Coord.), Conceptos fundamentales de pastoral, Madrid: Cristiandad 1983, p. 547.

[35] “No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en pos de una formación supuestamente más « sólida ». Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. “ (EG 165)

[36] RAHNER- LEHMANN, Kerigma y Dogma en Mysterium Salutis I, Madrid: Cristiandad 21974. p. 691. Ver el texto de  EG 164-165 en el apartado 2.

[37] Los subrayados son nuestros.

[38] “En este horizonte amplio e inédito que se abre ante nosotros, ¿cuáles deben ser los criterios fundamentales con vistas a una renovación y a un relanzamiento de la aportación de los estudios eclesiásticos a una Iglesia en salida misionera? Podemos enunciar aquí al menos cuatro, siguiendo la enseñanza del Vaticano II y la experiencia que la Iglesia ha adquirido en estos decenios de aprendizaje, escuchando al Espíritu Santo y las necesidades más profundas y los interrogantes más agudos de la familia humana. a) En primer lugar, el criterio prioritario y permanente es la contemplación y la introducción espiritual, intelectual y existencial en el corazón del kerygma, es decir, la siempre nueva y fascinante buena noticia del Evangelio de Jesús (EG 11; 34ss.;164-165) «que se va haciendo carne cada vez más y mejor» (EG 165) en la vida de la Iglesia y de la humanidad. Este es el misterio de la salvación del que la Iglesia es en Cristo signo e instrumento en medio de los hombres (LG 1): «Un misterio que hunde sus raíces en la Trinidad, pero tiene su concreción histórica en un pueblo peregrino y evangelizador, lo cual siempre trasciende toda necesaria expresión institucional […] que tiene su fundamento último en la libre y gratuita iniciativa de Dios» (EG 11). (FRANCISCO, Veritatis Gaudium Sobre las Universidades y las Facultades eclesiásticas  (2018) n. 4. “(El kerigma) es norma, fundamento originario para el dogma y la teologia” (K. RAHNER-H. VORGRIMLER, Kerygma en Diccionario teológico, Barcelona: Herder 1966, col. 378).

[39] Así, por poner algún ejemplo, Blondel (la acción como una unidad originaria anterior a la dicotomía entre teoría y práctica),  Hedidegger (el hombre es acontecimiento antes que pensamiento), Zubiri (el enraizamiento en la realidad es anterior al logos), Zambrano (la razón poética),…

[40] Los subrayados son nuestros. Texto citado en EG 7.

[41] Cf. S. PIÉ-NINOT, El don de la fe: la iniciativa e iluminación de Dios en el acto de creer, en Teología fundamental, Madrid: BAC 2016.

[42] Cf. Los escritos de P. Henrici sobre la metafísica del hecho o acontecimiento (cf. X. MORLANS, ¿Singularidad de Jesucristo?, en X. Morlans (ed.) Revelación y religiones, Barcelona: Herder 2016, 330-332.

[43] “El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria.” (EG 279)

[44] “(El Kerigma) tiene su más intensa realización esencial en la palabra de la fe, que se dirige al individuo en el sacramento, como manifestación de la salvación de Dios, que se da cuando se realiza su aparición, su “signo”.” (K. RAHNER-H. VORGRIMLER, Kerygma en Diccionario teológico, Barcelona: Herder 1966, col. 378).

[45] La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima eficacia. (EG 174). El subrayado es nuestro. Se reconoce, pues, una eficacia de la Palabra anterior a la máxima eficacia que se alcanzará en el sacramento. Véase también: “La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas.” (EG 22) (Subrayados nuestros)

[46] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática sobre la Iglesia. Lumen Gentium, 31.

[47] LG 33.

[48] LG 33.

[49] CONCILIO VATICANO SEGUNDO, Decreto sobre el apostolado de los seglares, Apostolicam Actuositatem (AA) 11 y 30

[50] LG 31, EN 70.

[51] “Porque todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y con el testimonio de la palabra el hombre  nuevo de que se revistieron por el bautismo” (CONCILIO VATICANO SEGUNDO, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia. Ad Gentes (AG) 11).

[52] Cf. Todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio EG 111-134. “Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación y también es la que realiza un misionero cuando visita un hogar. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino.” (EG 127) Los subrayados son nuestros.

[53] Sobre discípulos misioneros EG 119-121.

[54] Para un desarrollo de la mayoría de estas modalidades cf. X. MORLANS, El primer anuncio. El eslabón pedido, Madrid: PPC 2009, pp. 131-177

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Itinerario 2: Acompañamiento https://www.pueblodediosensalida.com/itinerario-2/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=itinerario-2 Mon, 24 Feb 2020 11:17:54 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=212628 Vivir en modo acompañamiento Itinerario 2: Acompañamiento  Covadonga  Orejas. Equipo Ruaj  Introducción “En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita de la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro, cuantas veces...]]>

Vivir en modo acompañamiento

Itinerario 2: Acompañamiento 

Covadonga  Orejas. Equipo Ruaj

 Introducción

“En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita de la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro, cuantas veces sea necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos – sacerdotes, religiosos y laicos- en este “arte del acompañamiento”, para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de la projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana”. (EG, 169)

Todo lo que ofrecemos es fruto del estudio y reflexión compartida en nuestro Equipo Ruaj[1], a partir del estudio y la práctica del acompañamiento mismo, acompañando y siendo acompañados durante más de tres décadas, en múltiples contextos.

La mediación de Acompañamiento es indispensable hoy para crecer, vivir y convivir en inclusión y como gran familia presidida por ese Dios – Presencia misteriosa que siempre acompaña (cf. Lc 24). No podemos tomarlo como una moda, ni llamar a todo acompañamiento. El Acompañamiento existe desde siempre. En la situación actual, lo redescubrimos con mayor fuerza y necesidad.

Estos son los mensajes clave de nuestra exposición:

  • La posibilidad de acompañar es para todos/as, no está reservada a unos pocos/as privilegiados. La posibilidad de acompañar está en el ADN de nuestro ser personas.
  • El acompañamiento. hoy en día es mediación privilegiada de evangelización. Ante la crisis de mediaciones y estructuras en nuestra Iglesia, la mediación del encuentro es indispensable para conocer a Jesús y vivir la vida contando con Dios.
  • Acompañar es ejercicio de inclusión, como no puede ser de otra manera entre aquellos que se saben hijos en el Hijo y hermanos/as en la gran familia humana.

 El por qué y para qué del Acompañamiento

  • Porque la buena relación es indispensable para crecer, vivir y convivir en inclusión y como gran familia presidida por Dios- Presencia misteriosa que siempre acompaña (Mt 28, 20)

“Ser en relación” es elemento configurador de lo humano. “Somos desde los otros”. Y es, precisamente, desde la relación con los otros, desde donde aprendemos o no, a reconocer, y reconfigurar los límites propios y ajenos. Los otros son indispensables en este proceso.

El respeto a la dignidad humana y la inclusión piden vivir y convivir siendo buena compañía los unos para los otros.  En nuestros contextos crecen cada vez más –con descaro o sutileza- las actitudes excluyentes.

 

  • Porque cuando contamos con el Espíritu todo puede redimensionarse en la vida (Rom 8,14-17). El posibilita una nueva manera de mirar, pensar, actuar.

El Acompañamiento es Espiritual cuando reconocemos al Espíritu como verdadero Acompañante.  Desarrollar ese espacio es crecer hasta la plenitud (cf: Ef 4, 14-16). La presencia del Espíritu en nosotros/as va configurando:

Un nuevo modo de mirar. Cuando confesamos que el Espíritu habita cada corazón y en el corazón de la realidad, todo se nos aparece con más respeto.

Un nuevo modo de pensar. Unos a otros podemos reconocernos como “compañeros/as” equiparables (aunque diferentes) por la común dignidad que nos vincula en la Familia humana y en la Familia de fe.

Una nueva manera de actuar. Cuando vivimos en modo acompañamiento, salimos al encuentro y nos “descalzamos” con actitud de respeto ante la tierra sagrada de los otros/as al compartir lo que late de alegrías y sufrimientos en el cotidiano vivir.

  • Porque “en el ámbito del servicio a la misión evangelizadora los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros” (EG. 173)

Ejercer de hijos/as en el Hijo y hermanos/as entre nosotros/as es el distintivo de una fe confesante que se compromete con la vida, abiertos a la comunicación con todos los hombres y mujeres de la gran familia universal profesen la religión que profesen. Todo esto lo vivimos en el mutuo acompañamiento cuando salimos al encuentro y nos dejamos encontrar, ofreciéndonos el testimonio de nuestras búsquedas, alegrías y dificultades.

 

 ¿Para qué el acompañamiento espiritual hoy?

“Aunque suene obvio, el acompañamiento espiritual debe llevar más y más a Dios, en quien podemos alcanzar la verdadera libertad. Algunos se creen más libres cuando caminan al margen de Dios, sin advertir que se quedan existencialmente huérfanos, desamparados, sin un hogar donde retornar siempre. Dejan de ser peregrinos y se convierten en errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte. El acompañamiento sería contraproducente si se convirtiera en una especia de terapia que fomente este encierro de las personas en su inmanencia y deje de ser una peregrinación con Cristo hacia el Padre” (EG, 170)

Esta finalidad se concreta en otras que resultan profundamente útiles y necesarias en los ámbitos concretos en los que cada uno nos movemos. Resaltamos tres objetivos del acompañamiento espiritual.

  • Para llegar al crecimiento (1Tes 5,23)

La carta a Tesalonicenses recoge todo lo que nos configura como humanos. En ella, se nos invita a vivir como corresponde a auténticos creyentes en todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo.

Paolo Freire nos recordaba, hace años, el impulso a crecer del que estamos dotados los humanos. La práctica asidua del acompañamiento es una mediación inigualable para detectar hacia donde se orienta esa energía nuestra, cuáles son los derroteros que tomamos ante las diversas situaciones de la vida.

Acompañar en el crecimiento significa, entre otras cosas, que las personas desarrollen en lo posible, cuanto se les ha dado, que tomen decisiones lúcidas acordes con la vocación de cada uno y que las vivan con constancia y continua actitud de superación, aún en medio de las dificultades que la vida presenta.

  • Para anunciar a Jesús como Juan Bautista (Jn1)

 “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre (y a toda mujer). Vino a los suyos. A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les da poder para ser hijos de Dios” (1,9. 11a-12).

En la contemplación de este mensaje aprende Juan el arte de acompañar, lo que se le pide es dar a conocer a Jesús, Palabra revelada del Padre que, en su encarnación y acercamiento nos comunica su amor apasionado. Este objetivo está en la entraña del acompañamiento.

  • Para alentar la V/vida (Jn 10,10)

La vocación de Jesús fue ésta. “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor (…) Hoy se ha cumplido el pasaje de la escritura que acabáis de escuchar” (Lc 4, 18-21).

Alentar la vida se concreta en el esfuerzo sostenido por mediar con otros para gestionar sus necesidades todas, y afrontar las dificultades y crisis que se presentan en la vida.

  1. Qué es y qué no es el Acompañar

Comenzamos por clarificar lo que no es acompañamiento y algunas reflexiones previas

Acompañamiento no es sinónimo de confesión, ni terapia psicológica; no es una relación de “colegas” o un diálogo de amistad. Tampoco una relación entre alguien que sabe (desde arriba) y alguien que no sabe (desde abajo). El acompañamiento espiritual tiene su propia identidad.

La valoración del acompañamiento la asociamos a la necesidad actual de recuperar la dimensión perdida de la profundidad. La mediación nos ayuda a reavivar las raíces de la existencia, personalizar la vida y la fe.

El acompañamiento no se reduce al diálogo personal. En el acompañamiento espiritual en la vida cotidiana tratamos de: mostrar y descubrir a Dios presente en cada persona y en toda situación (la teología y la espiritualidad nos ayudan a ello), ayudar a crecer (las ciencias humanas nos iluminan en la tarea), tener siempre en cuenta las culturas y los contextos (entender esto es una clave indispensable), lo realizamos en comunidad y desde la comunidad con el Espíritu, verdadero acompañamiento (porque en la pastoral de acompañamiento nos complementamos unos con otros).

La pastoral de acompañamiento es un verdadero ministerio en la Iglesia. No basta sólo con la legitimación teórica, aunque sea muy importante, en la práctica hace falta que se vaya haciendo viable con una formación cada vez más rigurosa, de manera tal que la incorporación de laicos (religiosos y seglares, varones y mujeres) en el ministerio del acompañamiento visibilice de forma real el reconocimiento de este ministerio, y contribuya a una influencia efectiva en el seno mismo de la Iglesia.

  • La ineludible referencia al Acompañamiento en la Tradición cristiana y la propuesta de la Iglesia en los comienzos del siglo XXI.

El acompañamiento espiritual es uno de los tesoros más preciados de nuestra Tradición cristiana. Aparece con el Monaquismo de Oriente y de Occidente. San Benito, San Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús… Tantos fundadores de instituciones y comunidades, marcados de una u otra manera por la inquietud del acompañamiento., hasta nuestros días.

En la segunda mitad del siglo XX, la dirección espiritual se fue deteriorando y llegó a vivirse como una obligación no comprendida ni asumida.  Fue el Concilio Vaticano II quien nos animó a reavivar su práctica y discernir los signos de los tiempos. Hoy, parece que va prendiendo esto que hoy llamamos acompañamiento espiritual.

¿Es posible imaginar conversaciones espirituales al margen de la vida, al margen del seguimiento de Jesús? ¿Cómo salir al encuentro desde nuestras comunidades eclesiales, desde las parroquias y movimientos, cómo hacernos Iglesia en salida, tal y como nos pide hoy el Papa Francisco? ¿Cómo darle a nuestro caminar el ritmo de la projimidad? Ahí están los retos para acompañar hoy:

 

  • La entraña del Acompañamiento Espiritual

En nuestro equipo Ruaj definimos el acompañamiento como ‘encuentros de mediación entre compañeros/as para acoger la Vida, acompañando la vida.

Acoger la Vida, como la finalidad última del acompañamiento en la vida cotidiana: Descubrir la manifestación de Dios, buscar a Dios hasta encontrarlo. «Porque he venido para que tengan vida, y vida en abundancia» (Jn 10,10).

Acompañando la vida. Porque es en la vida toda, en los diversos contextos, en las distintas culturas, en cada situación, ahí es donde Dios se revela.

Acompañar la vida configura un estilo de vivir. Encontramos la entraña del acompañamiento espiritual en el Acoger la Vida, teniendo en cuenta que en el acompañamiento siempre somos tres. El Espíritu es el verdadero acompañante. Acompañamos atendiendo a todo lo que acontece en la vida, todo lo que nos configura como humanos: cuerpo, mente y espíritu, y haciéndolo con discernimiento, teniendo en cuenta la dinámica de proceso.

  1. Qué hacer para Acompañar Espiritualmente en la vida cotidiana
  • Ser Mediadores y Testigos

Mediar para ponerlos en contacto con Él y, luego, aprender a retirarse, ocupar el lugar que nos corresponde, ni más ni menos. En esta comunicación -de tú a tú- con Aquel que es Luz y es vida, se nos abren los ojos, crecemos en consciencia, detectamos el arder del corazón. El encuentro con Él nos constituye en testigos capaces de anunciar.

Con la mediación contribuimos a hacer posible la toma de conciencia de cómo va realizándose la acción de Dios en el acompañado. Porque el acompañamiento es una dinámica procesual e integral no se hace en un solo encuentro, se realiza a lo largo de un camino, desde el punto donde el acompañado está.

  • Generar vínculos fraternos

La vinculación es la experiencia de hacerse compañero/a con el otro en todo el itinerario, pero de forma específica en los momentos en que se hace más duro por causas diversas. No podemos confundir la vinculación con la relación afectiva dependiente.

Vinculación significa establecimiento de límites, relación clara y diferenciada en la que ninguna de las dos partes -acompañante y acompañado- viven con la expectativa de que el otro va a cubrir necesidades suyas encubiertas. La vinculación normal y sana no propicia la lógica de la manipulación, incluso inconsciente.

Vincularse es comprometerse. La vinculación ayuda a forjar la voluntad, fortalece la autonomía, enseña la interdependencia, descubre la mística de acompañamos unos a otros, como un rasgo propio de los discípulos de Jesús.

  • Clarificar y Discernir

«La experiencia de decirnos a nosotros mismos, conocernos y nombrarnos, exige la dinámica del encuentro y la presencia de un interlocutor-mediador que no ‘nos configura a su medida’, sino que nos ‘presta su presencia y su palabra’ para llegar a pronunciar la verdad interior que nos hace libres y nos conecta con nuestro centro vital «.

Clarificar tiene mucho que ver con el «ayudar a nacer», poner palabra y dejar que la palabra -con minúscula y mayúscula- sea pronunciada y escuchada. Al clarificar se ensambla de forma armónica la objetividad con la subjetividad. Nuestra verdad más honda aflora con serenidad reconciliada; cada vez serán menos las interferencias para abrimos a la verdad de Dios que se expresa en Jesús y su Evangelio.

Discernir tiene mucho que ver con clarificar, pero va mucho más allá. Se asocia con la función sapiencial, es tarea abiertamente espiritual y teologal. La función de discernir se nutre de la sabiduría suplicada, de mirar y escuchar a Jesús para empaparse de su forma de hacer y decir. Se aprende con la formación y la experiencia. Solo la experiencia nos hace expertos por pura gracia, expertos desde la experiencia, con y por experiencia.

Así se forja un acompañante. Así se va aprendiendo a vivir con cierta sabiduría. Porque no es tópico sino verdad honda que cada persona es un misterio y su historia única.

  1. Aplicaciones a los itinerarios:

Cuando pensamos en las diez líneas concretas que se han configurado en el Congreso en relación al acompañamiento, la pregunta que nos hacemos es qué tener en cuenta en cada situación. Hemos hecho una agrupación sabiendo que las concreciones se harán en los trabajos en grupo de cada línea del itinerario.

  • Acompañar no abandonar es la clave ante las situaciones de sufrimiento, soledad, precariedad y vulnerabilidad, diversidad funcional, en relación a las líneas 5, 6, 7.

Esta es la clave fundamental, que siempre hemos de tener en cuenta y, sin embargo, nos parece muy necesario subrayarlo para estas situaciones. Cuando la vida nos pone ante la precariedad, soledad, sufrimiento, esa realidad nos espanta. Como si se hiciera verdad aquello del cuarto cántico del siervo “No hay en él parecer ni hermosura que atraiga las miradas”, no solamente nos espanta, sino que nos estremece, repele, altera nuestras emociones y sentimientos, y desde ahí muchas veces, nos descontrolamos.

La clave para acompañar y no abandonar en estas situaciones es hacer con otros, tender la mano y contar con, no hacer por. Esto pide convertir nuestras actitudes. Nos pide despojo, aprender una gestión de emociones que no se improvisa, una mirada capaz de atravesar las dificultades, la precariedad, la soledad. Requiere descubrir las en la otra persona sus capacidades y su dignidad; activar proyectos que permiten un acompañamiento directo dando la mano, ofreciendo objetivos para la vida. Y nos pide, además, un acompañamiento indirecto: actuar en los contextos, concientizar, poner en marcha medios para ese trabajo.

  • Apoyar y alentar el crecimiento, clave fundamental para el acompañamiento a las familias, a los jóvenes y en la escuela, en relación a las líneas 2, 3, 4.

 Hacen falta en estos contextos, actitudes que se conviertan en buenas prácticas. No actitudes éticas ni morales, llenas de “deberías de”, deseos, sino actitudes que se transmiten en prácticas, como acercarse con empatía, validar, apoyar a los otros estando a su lado, caminando con ellos, sin invadir, maltratar ni abusar; respetando profundamente los límites, apoyando la configuración de los mismos, tomando absolutamente en serio, la libertad. Para ello, hace falta crear espacios seguros y poner en marcha procesos.

Hace falta favorecer procesos en los que aquellos a quienes acompañamos en el crecimiento, encuentren en nuestra mediación, lo que hemos llamado pan, palabra y proyecto. El pan como respuesta a sus necesidades básicas; la palabra como capacidad de simbolizar, enseñar a pensar y tomar decisiones; y, por último, el proyecto, que es la oferta de sentido, de propuestas para desplegarse.

 La clave del proceso es estar ahí en las encrucijadas, en el momento de las elecciones, y proponer la superación y el crecimiento para la alteridad con ofertas solidarias y de voluntariado, por ejemplo.

 

  • Ser sal y luz clave en relación a las líneas 1.8.9 Acompañamiento en la iniciación cristiana, discernimiento vocacional e increencia.

Cuando nos planteamos qué concreciones tiene el acompañamiento para estas líneas, recordamos la cita de Mateo, 13-16, ser sal y luz, que tanta fuerza tiene para todos: laicos seglares y laicos religiosos.

Como dice Martin Velasco[2] en su artículo, el texto del evangelio no dice “debéis ser, tenéis que” ser sal y luz, sino que nos dice “sois sal y luz”. Sabemos que, por la fuerza de la llamada, por la atracción de Jesucristo, por la presencia del espíritu, es esa convicción la que nos da el poder ser mediadores y testigos, porque somos sal, porque somos, se nos ha configurado, como luz.

Cómo hacer para no perder el sabor y no poner la luz debajo del celemín. La respuesta es muy clara y así nos dice Francisco: los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros. Vivir en clave de misión es la propuesta: dar testimonio para no contribuir a la indiferencia, ser luz para todos, teniendo en cuenta el sentido de universalidad y, por lo tanto, sin olvidar el sentido evangélico de la inclusión.

Se nos invita a ofrecer el acompañamiento personal y comunitario; formar comunidades cristianas que acogen y acompañan, que tienen como prioridad atender a los últimos, y que practican entre ellos el ser buenas compañías unos a otros. Y esto, se activa por contagio. Se nota porque tenemos alegría, convicción, serenidad, aun en medio de las situaciones estresantes en que nos podemos ver envueltos.

Acompañamos con el espíritu en comunidad y viviendo como comunidades conscientes, de que somos minorías, pero que también somos sal y luz, alentando en la creatividad y significatividad.

 

  • Formarse en el arte, ciencia y pedagogía del A.E. L 10 Acompañamiento de los acompañantes.

La formación para el acompañamiento, requiere muchas horas de ensayo, como dice Fromm en el Arte de Amar. Es verdaderamente un arte. El Acompañamiento es ciencia, don de ciencia, porque supone adentrarse en los misterios de Dios, adentrarse en el conocimiento de Dios. Y es pedagogía también. Este tipo de formación no se improvisa.

Desaprender y resignificar: repensar el Acompañamiento mismo, en los contextos en los que hoy, requiere revisar lo que supone vivirlo en cada ámbito, en relación a cada línea de las que hemos marcado en el Congreso. Así se comprende que El Acompañamiento no es solo entrevista, sino un modo de ser en relación.

Significa estudio, reflexión, oración y hacer experiencia. Esos procesos de aprendizaje incluyen la supervisión o formación permanente. Y todo ello, desde una perspectiva integral, que tiene en cuenta lo antropológico, la totalidad que nos constituye; que hace referencia a la teología espiritual, teología fundamental, a la Palabra revelada, las ciencias humanas y, por lo tanto, tiene muy en cuenta la comprensión de los contextos y culturas. Nuestro enfoque requiere repensar siempre y cada vez, el modo de acompañar con discernimiento.

  1. Conclusión:

La recuperación del acompañamiento espiritual es indispensable hoy no solamente para los creyentes que buscamos vivir la vida a la luz de la fe, sino también para el conjunto de la Iglesia y de nuestro mundo. Recuperar el acompañamiento es recuperar, en parte, la entraña de vivir, de ser cristiano. Se compendia en el amor a Dios y al prójimo, o dicho con nuestras palabras en ejercer de hijos y de hermanos en todas las relaciones de cada día.  De ahí lo que sostenemos desde el principio que el Acompañamiento es un modo de evangelización privilegiado hoy. “Los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros” EG173.

            [1] Gran parte del contenido de este texto está recogido ya en las publicaciones ofrecidas desde el Equipo Ruaj por Lola Arrieta y Marisa Moresco, como base de la reflexión aplicada para nuestra aportación al Congreso. [2] Juan Martin Velasco “Ser sal y luz” (2012) Sal Terrae 100, 295-308.
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Itinerario 3: La formación de los laicos para ser Iglesia en salida

Gabino Uríbarri Bilbao, SJ. Universidad Pontificia Comillas (Madrid). Comisión Teológica Internacional (Roma)

1.Presupuesto: la fe es un tesoro que transmitir

Comencemos por la Escritura, con unas palabras de Nuestro Señor Jesucristo, que nos sitúen:

«El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel» (Mt 13,44).

La fe es un tesoro que genera alegría. Este es nuestro punto de partida. Hemos sido agraciados y estamos alegres. Se nos ha concedido gustar «la alegría del evangelio» (papa Francisco, Evangelii gaudium). La alegría es la palabra fetiche para la misión en el magisterio del papa Francisco[1].

La dinámica inherente a la alegría del tesoro de la fe es su transmisión. No solamente porque es un mandato expreso del Señor (ej. Mt 28,19-20), sino porque es lo que surge espontáneamente de un corazón bueno.

Desde el Concilio Vaticano II ha quedado nítidamente claro que la misión eclesial compete a todos los cristianos. El bautismo capacita e impulsa a todos a ser misioneros: «La vocación cristiana es, por su propia naturaleza, vocación también al apostolado» (AA 2; cf. además LG 10-12; 33-35; AA completo).

2. Requisito para ser iglesia en salida: Confianza en la propia Fe

Sin estar realmente convencidos de la bondad de la propia fe no la podremos transmitir. Mi impresión personal es que en este punto no siempre estamos bien en la media de la Iglesia española. En eso se apoyan los anuncios. Si una cadena de supermercados me soluciona mucho la vida, lo digo con toda claridad y lo argumento. Sin embargo, tendemos a relegar la fe al ámbito de la vida privada. La entendemos como un asunto muy personal, privado, íntimo, en el que no osamos inmiscuirnos, a no ser que se nos pregunte.

2.1.Tres interpelaciones

Vamos a confrontarnos con tres testimonios que nos interpelan para una conversión misionera:

  1. El teólogo protestante W. Pannenberg (1928-2014) dice así en el prefacio para la edición española de su obra Teología Sistemática:

«El cristianismo de los Padres se sabía en alianza con la verdadera razón frente a una cultura en decadencia. Esta era la situación de la Antigüedad tardía. Pero, ¿no es también la de nuestra época?»[2].

Con «los Padres» se refiere a los grandes teólogos de los primeros siglos del cristianismo. Los cristianos de los primeros siglos pensaban que la fe cristiana iba pareja con la razón. Es decir, pensaban que en la fe se daba la verdad. Una persona cabal se daría cuenta de ello. Si no, era posible argumentar racionalmente para convencerla.

Como resultado extraigo una primera conclusión: una fe que no se considere la mejor aliada de la verdad y la razón difícilmente atrae. Si es aliada de la verdad y de la razón no hay motivo alguno para no mostrarlo de un modo público.

  1. El teólogo católico E. Biser (1918-2014) afirma que el problema principal para el futuro de la fe es una «herejía emocional», que describe en estos términos.

«Y es que la fe no corre peligro con una interpretación equivocada del dogma ni con un comportamiento moral deficiente, sino que, ateniéndonos a la experiencia general, el peligro mayor deriva sobre todo del derrotismo religioso, que no otorga a esa fe energía alguna capaz de configurar la vida y el futuro, a la vez que lo desconcierta en forma de crisis de confianza. Cuando lo que debería encontrarse en la fe es un impulso inagotable al coraje, un motivo de seguridad y alegría y, en buena medida, también un estímulo a la autocomunicación dialógica y operativa es una paralización la que afecta a los corazones de los hombres, mientras que un triste velo gris parece caer sobre la realidad de toda su vida»[3].

El tono gris, no atrae ni impele a salir a anunciar. Una fe, en la que no se confía y que no se la cree interesante y capaz de plenificar la vida de todos, no atrae. Si acaso llega a ofrecerse a otros, se propone ya derrotada de antemano. Una vivencia desalentada, mortecina y resignada ni atrae ni impele a la misión.

  1. Veamos ahora lo que dice un estudioso de la antigüedad agnóstico, profesor de clásicos en Oxford. En su obra Paganos y cristianos en una época de angustia[4], E. R. Dodds (1893-1979) se pregunta ¿qué hizo atractivo al cristianismo en la antigüedad desde el punto de vista psicológico? ¿Qué ofrecía el cristianismo que no ofreciera la tradición clásica, en muchos puntos convergente con las posturas cristianas? He aquí sus dos afirmaciones principales:

«Lo que asombraba a todos los primeros observadores paganos —Luciano y Galeno, Celso y Marco Aurelio— era la confianza total que ponían los cristianos en unas afirmaciones no probadas, su disposición a dar la vida por algo que nadie podía demostrar»[5].

«El cristianismo, por otra parte, se presenta como una fe que merece la pena vivir porque es también una fe por la que merece la pena morir»[6].

Lo que más llama la atención de los paganos es la fe que los cristianos tienen en su propia fe, hasta el punto de ser capaces de morir por ella. Una fe vergonzante y acobardada no atrae. Una fe sin parresía no atrae. La parresía es la valentía, la franqueza y el ímpetu para proclamar algo públicamente, sin tapujos[7]. Junto con esto, también destaca el sentido comunitario[8].

2.2.Conclusión

Dicho de modo negativo, si los cristianos vivimos convencidos de que nuestra fe no es la verdad; la vivimos descorazonadamente, prediciendo su declive, en clave de derrota; y si no estamos dispuestos a darlo todo por lo que la fe promete, nuestro anuncio no será atractivo. Positivamente: la convicción alegre de que en la fe se nos ha dado la verdad para todos, que a todos interesa y hace bien genera energías y condiciones favorables para la transmisión de la fe. Aquí vale más lo que se percibe por ósmosis que las propias palabras; el perfume que se respira cuenta más que la verbalización[9].

3.Nuestro Contexto: trampas y posibilidades para ser iglesia en salida

Para situar nuestro tema parto de una clave y, a continuación, resalto dos aspectos de nuestro contexto, de gran relevancia para la transmisión de la fe[10].

3.1.La clave: «Emitir» o no «emitir», esa es la cuestión

Nuestra fe nos pide emitir. Y esto incluye el lenguaje verbal, por supuesto, pero también el corporal, los lugares donde se va, el ritmo de vida, el modo de gasto, de ser familia, mi comportamiento en el ámbito profesional, etc. En general, pienso que nos da miedo emitir, porque nos da miedo que no interesemos a nadie y quedemos en ridículo. O pensamos que nuestra apariencia, la fe, no es atractiva, no es para hoy, no tiene gancho, no es interesante, etc. Sin emitir es muy difícil evangelizar.

3.2.Sed de espiritualidad

Vivimos en una sociedad en la que se da una sed bastante extendida de bienestar, frente a la amenaza permanente de la frustración, de la depresión, de la ansiedad. El individuo en la sociedad líquida posmoderna (Z. Bauman) vive sobrecargado y sobre exigido (U. Beck). La proliferación de ansiolíticos y terapias de todo tipo (couching, mindfulness, wellness, fisioterapia, terapias psicológicas) no es sino un síntoma revelador. Queremos ser felices, sentirnos bien con nosotros mismos. Pero la vida con frecuencia nos lo pone cuesta arriba.

Si nosotros tenemos un tesoro que genera alegría, aquí se nos abren posibilidades de darlo a conocer, a no ser que a nosotros la fe cristiana no nos suponga ningún beneficio, ningún tipo de salvación. Pero si vivimos la fe cristiana desde la alegría de haber encontrado un tesoro, de haber sido tocados por la gracia, entonces podemos compartir lo que a nosotros nos ayuda, tanto personalmente como comunitariamente. En momentos de soledad, de crisis, de enfermedad, de dificultades; pero también para ser felizmente familia (Amoris laetitia), para vivir un día a día ordinario pleno (Gaudete et exsultate), para hacer un mundo sostenible para todos, empezando por los pobres (Laudato Si’).

3.3.¿Anunciar o respetar?

En España vivimos en una sociedad cada vez más pluralista, en todos los terrenos, especialmente en el ámbito de las cosmovisiones y la religión. La única manera de vivir en paz en una sociedad pluralista radica en el cultivo de la tolerancia. Sin embargo, no pocos han extraído de la tolerancia, que busca ser un modo civilizado de organizar la convivencia, como conclusión el relativismo, que tiene que ver con la verdad y los valores. Respetarnos mutuamente y ser tolerantes con quienes piensan distinto, no significa necesariamente que todas las posturas automáticamente sean equidistantes de la verdad y de lo bueno; o que el bien y la verdad no existan. Cuando se internaliza el pensamiento del relativismo, el anuncio, la misión cristiana, pierde todo sostén.

Hay tres aspectos que correlacionan absolutamente: la convicción de haber sido agraciados con la verdad: la verdad acerca de Dios, del hombre y del mundo; la convicción de que dicha verdad es universal, porque es la verdad auténtica y real; la necesidad de transmitir esta verdad a todos.

Simplificando: el relativismo socava las posibilidades de ser Iglesia en salida, Iglesia misionera. En ese caso, lo único posible sería compartir con otros amablemente, con el máximo gracejo posible, el bienestar emocional particular que a los cristianos nos proporciona la fe. Sin embargo, si hemos sido agraciados por medio de la revelación de Dios en Jesucristo con la verdad acerca de Dios, del hombre y del mundo[11], entonces la misión se impone como una exigencia inherente a la propia fe.

4.Tesis: Ser iglesia en salida requiere formación

La tesis que defiendo es muy sencilla: ser Iglesia en salida requiere formación. Ciertamente se necesita la experiencia personal de la misericordia del Señor, que genera alegría; se necesita la consolación, que impele a anunciar; se necesita la unción del Espíritu y sus dones, que dirigen el discernimiento y marcan el tono, las formas, las osadías y el modo de aprovechar las coyunturas propicias para el anuncio o crearlas. Sin embargo, además de la oración, del coraje, del compromiso eco-social, del testimonio personal de coherencia de vida, también necesitamos formación. Lo argumento en tres pasos.

4.1.«Yo soy una misión» (EG 273)

El primer paso consiste en una doble articulación. Primero, todos y cada uno de los cristianos somos una misión, somos misioneros en cuanto que cristianos bautizados. Claudicar de la misión es lo mismo que claudicar de la fe: cercenarla en un aspecto absolutamente sustancial. En este sentido dice el papa Francisco en Evangelii gaudium hablando a todos los cristianos: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (EG 273)[12].

Segundo, todos y cada uno hemos recibido la unción del Espíritu y, con la unción, unos dones particulares para el enriquecimiento y fortalecimiento de la Iglesia, y para aportar nuestro grano de arena en su misión. Dice así el texto preferido del Concilio Vaticano II del papa Francisco[13]:

«Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Cor 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: “A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (1 Cor 12,7)» (LG 12).

Todos los cristianos somos ungidos por el Espíritu Santo. El Espíritu nos ha dado a cada uno algo especial, único. Se impone la obligación de descubrir ese don y ponerlo a fructificar para ser Iglesia en salida. La Iglesia en salida es la Iglesia pletórica de cristianos ungidos por el Espíritu que descubren que son una misión y la ponen humilde y diligentemente en práctica.

Descubrir la misión que yo soy exige escucha, discernimiento, pero también formación para desplegar esa misión, en la catequesis, en la vida pública, en la familia, como dirigente de mi comunidad, con los jóvenes, en el campo sanitario, en la cooperación internacional, en la dirección espiritual, etc.

4.2.Necesidad de formación

Según el auto examen que refleja el Instrumentum laboris del Congreso, que recoge aportaciones enviadas por 2.485 grupos, en los que han participado 37.000 personas, los laicos reconocen que necesitan mejorar la formación. Dice así su texto más claro:

«Por último, pero no por ello menos importante, descubrimos debilidad en lo que hace referencia a la formación. Experimentamos en este contexto la necesidad de una formación más plena, más auténtica y propia de la vocación laical, en la que la Doctrina Social de la Iglesia ocupe un lugar central junto con la profundización en la Palabra de Dios»[14].

  1. Sin un cultivo personal de la fe, no hay una fe madura. Ahora bien, la fe madura parece un requisito, que potencia su transmisión. Ser Iglesia en salida no requiere una fe perfecta, — ¿quién la tiene? —, ni erudita, – eso es para los expertos —, pero sí madura, bien encajada en el conjunto de la propia vida. Una fe madura supone una formación ajustada con el propio estilo de vida, la profesión, el nivel cultural, el ámbito de relaciones, el campo privilegiado en que realizo mi vida como misión.
  2. Para ser Iglesia en salida necesitamos conocer nuestra fe y saber proponerla. Esto es de Perogrullo. San Ignacio, pensando en los jesuitas, una orden misionera, insiste en que, sobre el testimonio personal y la vida virtuosa, es necesario conocer la doctrina cristiana y ejercitarse en modo más adecuado de proponerla, de anunciarla[15].
  3. La inculturación de la fe y el discernimiento necesario, que ha de modelar el hecho de que «yo soy una misión», exige formación. El gran teólogo Hans Urs von Balthasar (1905-1988) no fue nunca profesor en la universidad. Sin embargo, es uno de los más grandes teólogos católicos el siglo XX. Si publicó una obra teológica amplia y espléndida, fue porque se sentía apóstol: llamado a anunciar a Jesucristo. Fue teólogo para ser apóstol[16]. A todos nosotros se nos pide formarnos, ser teólogos en ese sentido, para ser misioneros, para ser Iglesia en salida. En un mundo cada vez más complejo, en una sociedad que se define a sí misma como del conocimiento, los cristianos no podemos ser ignorantes de nuestra fe. Igual que en toda profesión uno se ha de mantener al día, ya sea en la informática, en la medicina, en la enseñanza, etc., así también en nuestro conocimiento de la fe.

El papa Francisco define la misión muy primordialmente como inculturación de la fe[17]: «Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio» (EG 69). Cada ámbito propio de la cultura exige una inculturación de la fe, un discernimiento del modo de realizar la misión y una formación para realizar tanto el discernimiento como la inculturación. Por eso, cada uno habría de preguntarse honestamente por sus necesidades de formación, por sus carencias más notables.

Ser Iglesia en salida requiere, pues, una fe madura, con conocimiento de la misma, que discierne cómo se incultura de acuerdo con su campo privilegiado de misión: familiar, profesional, político, sindical, social, económico, medios de comunicación, sanitario, enseñanza, jóvenes, ecología, cooperación internacional, etc.

4.3.Dimensiones de la formación

De lo dicho hasta ahora se deducen dos puntos primordiales. Primero, todos necesitamos formación para ser Iglesia en salida. Segundo, la formación ha de ser personalizada, según las circunstancias personales y el campo de misión[18]. A continuación, indico algunas pistas, para ayudar a un discernimiento que personalice el tipo de formación que yo necesito para ser Iglesia en salida[19].

  1. Silencio. Necesitamos silencio. Todos. Sin silencio no hay profundidad. No hay encuentro con uno mismo. No hay encuentro con Dios. En una sociedad de la prisa, de la aceleración, del estrés, de la angustia, del bombardeo continuo, el silencio es fundamental. ¿Tengo espacios regulares y suficientes de silencio?
  2. Oración. Sin oración, sin relación con Dios, la fe se vuelve mortecina, no se renueva, se refresca, sino que se apaga. La oración incluye el silencio, pero no es solo silencio. En la oración cristiana la frecuentación de la Palabra de Dios, de diferentes formas, lectio divina, liturgia de las horas, contemplación, meditación, habrá de ocupar un espacio significativo. Junto con la Palabra de Dios los sacramentos, celebraciones eclesiales de la fiesta de la fe.
  3. Lectura. Las lecturas amplían y enriquecen mi mundo. Me ponen en contacto con grandes creyentes, que me animan y sirven de estímulo. Me proporcionan conocimientos que me ayudan a creer mejor, más consciente, más profundamente. Me ayudan a entender mejor la Escritura, los diversos artículos del credo o de la doctrina cristiana, la postura de la Iglesia en temas morales. Sin lectura, un programa de formación está cojo. Hemos de leer los principales documentos del papa y del magisterio; acerca de los temas candentes de nuestro tiempo; acerca de nuestra fe. Me impresionó mucho la tesis de un teólogo pastoral alemán con mucha experiencia. Decía, «contra tibieza, lectura espiritual». Sin leer no vamos a evangelizar la cultura.
  4. Revisión de vida y contraste. La formación es una empresa personal, desde luego, pero también comunitaria. La mirada desde fuera me contrasta, interpela, completa y complementa lo que yo veo. Por eso, los procesos de revisión de vida, de contraste en dirección espiritual o del modo que sean ayudan no solo a descubrir engaños, carencias, deficiencias y perezas. También espolean y son acicate, enriquecen y amplían el horizonte.
  5. Discernimiento. La clave está en el discernimiento, que orienta mi vida como misión. No se trata de saber más por prurito, sin que eso sea de por sí negativo. La curiosidad intelectual, en general, y sobre nuestra fe, en particular, es un elemento positivo. Sino de qué formación necesito para ser apóstol, para anunciar a Jesucristo, para vivir mi fe de modo maduro, para transformar según el evangelio la realidad en la que vivo.

Hemos de estar atentos a generar una sana ecología de crecimiento en la fe y en su dimensión misionera, evitando los dos grandes peligros que nos acechan: un activismo desenfrenado, que amenaza con quemarnos y que solamente transmitamos angustia y estrés; un cristianismo de grupo cerrado y cálido, de «comunidades estufa», que no interacciona con el entorno y no transmite la fe.

  1. Permanente. Puede haber periodos más intensos de formación, al hacer un curso o prepararme para una misión concreta. Sin embargo, en nuestra sociedad del conocimiento la formación ha de ser permanente. También como cristianos que somos una misión hemos de vivir la formación como un proceso continuo de crecimiento en la fe: en la coherencia con la misma, en su puesta en práctica para la transformación de la realidad, en el conocimiento sapiencial de la misma.
  2. Eclesial. La formación me hará crecer en sentido de pertenencia, en comunión eclesial. Me pondrá en camino de ser más Iglesia. En este sentido se puede denominar sinodal. La palabra «sínodo» viene de syn: con; y odos: camino. Sínodo entonces significa caminar juntos, escucharnos unos a otros, apoyarnos unos a otros, avanzar juntos. Lo contrario del espíritu sinodal es el francotirador. La misión es individual y comunitaria simultáneamente. La formación nos ha de preparar para realizar tanto la dimensión personal como la comunitaria de la misión de ser Iglesia en salida.
  3. Profética. La formación ayudará a transformar, mediante signos proféticos, la realidad según el evangelio. No se trata de saber más, sino de ser más y mejores cristianos. Lo cual implica la transformación de la realidad. Esta no se dará sin la conjunción de vida y misión.
  1. Personal. Finalmente, la formación ha de ser personal, pues su sentido estriba en potenciar mi vida cristiana, mi vocación como cristiano, como bautizado, maduro, adulto, responsable, que anuncia a Jesucristo, como el Señor de su vida, como el tesoro que le colma de alegría.

[1] He aquí algunos documentos muy significativos: exhortación apostólica Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013); carta encíclica Laudato Si’ (24 de mayo de 2015); exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia (19 de marzo de 2016); constitución apostólica Veritatis gaudium (8 de diciembre de 2017); exhortación apostólica Gaudete et exsultate (19 de marzo de 2018). Más detalles en G. Uríbarri, Santidad misionera. Fuentes, marco y contenido de Gaudete et exsultate, Santander, Sal Terrae 2019.

[2] Teología sistemática I, U.P. Comillas, Madrid 1992, XXXI (original 1988).

[3] Prognóstico de la fe, Herder, Barcelona 1994, 16 (original 1991). Véase también L. González Carvajal, «El sujeto evangelizador en un mundo globalizado», en G. Uríbarri (ed.), Contexto y nueva evangelización, Desclée – U. P. Comillas, Bilbao – Madrid 2007, 101-122.

[4] Cristiandad, Madrid 1975 (original 1963).

[5] Dodds, 159.

[6] Dodds, 173.

[7] Cf. G. Uríbarri, El mensajero. Perfiles del evangelizador, Desclée – U. P. Comillas, Bilbao – Madrid 2006, 67-84.

[8] «Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa por nosotros, en este mundo y en el otro. No es, pues, extraño que los primeros y más llamativos progresos del cristianismo se realizaron en las grandes ciudades: Antioquía, Roma y Alejandría. Los cristianos eran “miembros unos de otros” en un sentido mucho más que puramente formulario. Pienso que ésta fue una causa importante, quizá la más importante de todas, de la difusión del cristianismo» (Dodds, 179).

[9] Cf. G. Uríbarri, «Gratos son al olfato tus perfumes» (Cant 1,3). Considera­ciones apasionadas sobre «Juventud y Vida Religiosa»: Sal Terrae 82 (1994) 473-485.

[10] Para un análisis más amplio, véase la bibliografía manejada en G. Uríbarri, La mística de Jesús. Desafío y propuesta, Sal Terrae, Santander 2017, 35-83; Id., Teología de ojos abiertos. Doctrina, cultura y evangelización, Sal Terrae, Santander 2020, 55-69.

[11] Cf. G. Uríbarri, «Jesucristo, mediador y plenitud de toda la revelación», en A. del Agua Pérez (ed.), Revelación, Tradición y Escritura. A los cincuenta años de la «Dei Verbum», BAC, Madrid 2017, 80-118.

[12] En la misma línea, en Gaudete et exsultate, dedicado a la santidad misionera: «Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti el misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23).

[13] Lo dice en la entrevista concedida a A. Spadaro. Manejo la edición: Papa Francisco, «Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos», Mensajero, Bilbao 2013, 14.

[14] Instrumento de trabajo para la preparación de Congreso de Laicos 2020 «Pueblo de Dios en Salida», § 27. Negrita y cursivas en el original . Sobre la necesidad de formación para ser Iglesia en salida dice el papa Francisco: «Todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos». (EG 121; subrayado mío).

[15] «Siendo el escopo [fin] que derechamente pretende la Compañía ayudar las ánimas suyas y de sus prójimos a conseguir el último fin para que fueron criadas, y para esto, ultra del ejemplo de vida, siendo necesaria doctrina y modo de proponerla, después que se viere en ellos el fundamento debido de la abnegación de sí mismos y aprovechamiento en las virtudes que se requiere, será de procurar el edificio de letras y el modo de usar de ellas, para ayudar a más conocer y servir a Dios nuestro Criador y Señor» (Ignacio de Loyola, Constituciones de la Compañía de Jesús, § 307).

[16] Cf. A. Cordovilla, Hans Urs von Balthasar: Ser teólogo para poder ser apóstol: Revista Internacional de Pensamiento y Cultura, Communio Nueva Época 1 (2006) 77-90.

[17] Cf. J. C. Scannone, La teología del pueblo. Raíces teológicas del papa Francisco, Sal Terrae, Santander 2017, 219-232; G. Uríbarri, Santidad misionera, 69-72.

[18] Cf. el amplio y exigente panorama que describe el Instrumento de trabajo para la preparación del Congreso de Laicos 2020, § 67.

[19] Otras pistas, en Instrumento de trabajo, § 86-88.

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Itinerario 4: Presencia en la vida pública https://www.pueblodediosensalida.com/itinerario-4/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=itinerario-4 Mon, 24 Feb 2020 11:15:24 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=212795 https://youtu.be/gj_QeZqwQkw Itinerario 4:  Presencia en la vida pública: Profetas 3.0. Sanar personas, cuidar vínculos, tender puentes Agustín Domingo Moratalla. Catedrático de Filosofía Moral y Política. Universidad de Valencia    “… Desde que los filósofos griegos y los profetas judíos preguntaron qué era la justicia, y no qué se derivaba de las costumbres de sus tiempos, nuestra...]]>

Itinerario 4: 

Presencia en la vida pública: Profetas 3.0. Sanar personas, cuidar vínculos, tender puentes

Agustín Domingo Moratalla. Catedrático de Filosofía Moral y Política. Universidad de Valencia

 

 “… Desde que los filósofos griegos y los profetas judíos preguntaron qué era la justicia, y no qué se derivaba de las costumbres de sus tiempos, nuestra tradición no ha vuelto a ser capaz, y no lo volverá a ser nunca, si debe mantenerse en su verdadero valor y no solamente en su fuerza material, de decir con buena conciencia: “esto es bueno porque es nuestra forma de hacer las cosas”; siempre ha dicho y no dejará de decir: “¿dónde está el Bien para que podamos servirlo?”… Nuestra tradición es la tradición que pone siempre en cuestión su propia validez, que a cada momento de su destino histórico ha tenido que decidir y continuará teniendo que decidir, qué debemos hacer para acercarnos a la verdad, a la justicia, a la sabiduría. Es la tradición que no queda satisfecha con la tradición.” (Eric Weil)

 

I.- Introducción: contexto existencial, histórico y profético-cultural

Agradezco a la Comisión de Apostolado Seglar esta oportunidad para participar en este congreso sobre el Laicado en la Iglesia Española. De manera especial a D. Javier Salinas por la confianza que ha depositado en mí para compartir mis reflexiones con el laicado activo y comprometido de nuestras diócesis. Entiendo la Iglesia como pueblo de Dios en marcha donde clérigos y laicos afrontamos responsabilidades compartidas, transversales, apasionantes y nuevas.

Contexto existencial

Parto de mi propia experiencia como profesor, educador, padre de familia, esposo y laico con experiencia de gestión pública y política. Quiero aprovechar esta oportunidad para recordar que los laicos militantes y “confesadamente” católicos vivimos nuestra condición en contextos marcados por una secularización compleja y una soledad “algo” dramática. Muchos profesionales del mundo de la educación, la cultura y la función pública constatamos cierta soledad que adquiere un carácter dramático en cinco escenarios cotidianos en los que, aparentemente, parece imposible reconciliar nuestra presencia pública:

a.- El drama de ser empresario y católico,

b.- El drama de ser político y católico,

c.- El drama de ser científico y católico,

d.- El drama de ser intelectual y católico,

e.- El drama de ser feliz y católico.

 

Me gustaría que estas reflexiones nos ayudaran a evitar el desánimo, la soledad y la resignación ante diagnósticos o lecturas catastrofistas. Nuestra responsabilidad eclesial nos debe impulsar a trabajar codo con codo, laicos y clérigos. Ante la nostalgia de un laicado conformista que espera consignas, quisiera proponer un laicado renovado e inconformista, dispuesto a ser sal, luz y fermento cultural. Un laicado consciente de su responsabilidad eclesial y de su propio liderazgo ético en una iglesia del siglo XXI. Todos, clérigos y laicos, estamos llamados a una “responsabilidad responsable”, es decir, una responsabilidad vinculada con el deseo radical de libertad sensata, una responsabilidad donde la obediencia se plantea como “conocimiento de causa”.

Desde este contexto reconozco que propuse otros tres títulos. Elijo el primero. Puedo hablar de la transición cultural que estamos viviendo y por ello una propuesta era: “De la evangelización analógica a la evangelización digital: el reto del cuidado y la personalización del mundo”. Quería dejar constancia del tiempo de transición cultural en el que vivimos y recordar la importancia de la ética del cuidado en un mundo con tendencia a la deshumanización progresiva y la despersonalización acelerada. Había una propuesta que titulé: “De la acción a la pasión católica: el compromiso de una interioridad apasionada”. Quería conceder relevancia al tema del compromiso sin poner el foco en la militancia social, profesional o política sino en la urdimbre antropológica que hace posible la acción. Por eso quería mantener la tensión antropológica entre la acción y la pasión. Buscaba mostrar la urgencia de reivindicar dimensiones olvidadas del activismo, el compromiso y la militancia como la intimidad, la vocación, la afectividad y la salud en todas las dimensiones de su campo semántico.

Contexto histórico

En la vida de la Iglesia los laicos somos levadura, fermento y luz. En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se recuerda la importancia de la dimensión espiritual y el valor de actuar con prudencia (&541ss). Sin esta última no se aplicarían correctamente los principios a las situaciones. Esta virtud capacita para trabajar con realismo y sentido de la responsabilidad. Es importante esta parte del Compendio (&549ss)  porque incide en la importancia de la vida asociativa, se describe nuestra tarea como “servicio, signo y expresión de la caridad” y se concreta en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana. El compendio se focaliza en tres ámbitos importantes: la cultura (&554-562), la economía (&563-564) y la política (&565-574), Nuestro trabajo en estos ámbitos tiene como finalidad construir una “civilización del amor”.

Cuando se había consolidado la democracia en España en el año 1986, y después del Congreso Evangelización y hombre de hoy (9-14/09/1985), la Conferencia Episcopal Española presentó un documento que sigue teniendo actualidad. Continuaba con ello las indicaciones del Vaticano II (GS, LG, AA). Su lectura recuerda que el proyecto de Dios sobre el hombre no sólo se juega en su corazón y los ámbitos reducidos de su vida personal, familiar o interpersonal. Reclama actuación en la vida social y pública, implicación en prácticas e instituciones porque a través de ellas se favorece o dificulta la paz, el crecimiento y la felicidad. Esta plausibilidad y legitimidad de la dimensión social y pública sigue siendo tan urgente como entonces.

Contexto cultural y vocación profética

Se está produciendo un cambio radical que supone la transformación tecno-digital (IA, Big Data, IO). Un cambio que requiere con urgencia una renovada “ética del cuidado” para afrontar la fragilidad de ética democrática tentada por la indiferencia cultural, el dogmatismo y relativismo moral. Una ética del cuidado que no se limita a los espacios privados sino que ya es una ética pública renovada y transformada, una ética donde el imperativo del trabajo decente se ha convertido en una meta incuestionable. Necesitamos un cuidado justo que visibilice y encarne la promoción de una urgente responsabilidad solidaria global que promueva trabajos dignos y decentes. Una ética del cuidado que emerja desde un horizonte cultural aparentemente volátil, incierto, complejo y ambiguo (VUCA). La expresión “profetas 3.0” concede importancia a la dimensión profética como urgencia en el laicado actual y lo vinculo a la aceleración del mundo digital donde vamos acumulando versiones anteriores de tecnología. No estoy señalando la necesidad de trabajar para un concilio Vaticano III, como si estuvieran agotadas las propuestas del Vaticano II. Aunque no es descartable esta interpretación, quiero recuperar el compromiso laical en términos proféticos en la era digital. En la evaluación de nuestra “acción católica” podemos preguntarnos: “¿dónde están los profetas?, ¿dónde está tu hermano?” Concreto esta vocación profético-solidaria en tres retos culturalmente urgentes.

“Sanar personas”, porque estamos llamados al consuelo, a la escucha, a la curación, a la limitación del dolor, a la promoción de la salud integral. Frente a individuo, la noción de “persona” me permite reivindicar el valor de la dignidad vida humana en relación y como relación. No como mónada (Leibniz) o caña pensante (Pascal), sino como “realidad personal” (Zubiri) y “presencia comunicada” (C. Díaz).

“Cuidar vínculos”, porque el laicado comprometido y militante lleva una vida ajetreada, acelerada y muchas veces “descuidada. Nos falta atención, capacidad de escucha y vigilancia diligente para defender, fortalecer y generar vida sentida, como gracia. Utilizo el término cuidado en toda la amplitud de su campo semántico como cura, solicitud, sanación, vigilancia, etc. No estamos ante una simple actividad o acción humana sino ante un modo de ser y existir. Lo aplico al término vínculos porque el riesgo de la separación y la atomización son propios de una sociedad que mitifica la movilidad, la aceleración y el despegue (como des-apego). En sociedades atomizadas (Charles Taylor) y líquidas (Zygmunt Bauman) es importante prestar atención, cuidado y vigilancia a los vínculos o relaciones. Además de nutrirlos y fortalecerlos.

“Tender puentes”, relacionado directamente con los anteriores, tender es sinónimo de “primerear” en la construcción. Utilizando “primerear” como Francisco cuando se remite al riesgo, la iniciativa, el emprendimiento de procesos. En un contexto social, político y cultural que tiende al aislamiento, propongo la imagen del puente como continuidad en la tierra, como no separación absoluta, como vía de comunicación abierta, como voluntad de mediación permanente. No podemos instalarnos irreflexivamente ante el paradigma cultural de la comunicación. Necesitamos integrar el conflicto y el disenso. El respeto al otro y la promoción de una cultura de la responsabilidad no debe ser incompatible con una ética del reconocimiento y de la vinculación mutua. Recordemos a Buber (el Yo y Tú, pensados desde el “entre”) y Machado cuando nos recuerda la necesidad de buscar juntos la verdad.

Pido la voz y la palabra de un laicado adulto que tiene hoy una responsabilidad histórica en el fortalecimiento ético, político y cultural de nuestras frágiles democracias. Fernando García de Cortázar ha lanzado un reto importante a los católicos de hoy:

“Más que el ruido ante tanta letanía anticlerical, lo que desalienta es el silencio de los católicos, su terror a ser mirados como altaneros residuos del pasado tratando de proteger sus privilegios. El silencio en el lugar donde deberían estar nuestras palabras. Porque no hablamos, en absoluto, de confesionalidad del Estado, sino de saber si le corresponde a este impulsar la indiferencia cultural, el encogimiento de hombros ante el despojo creciente de una civilización, la insensata marginación de todo aquello que refuerza nuestra pertenencia a un universo de valores sobre los que se forjó España y se constituyó la idea y la realidad de Occidente… Hace dos mil años, lo que sucedió en la cruz dejó de ser el dolor inútil y la humillación espantosa de quienes nada tenían. Con esa cruz en la mano, con ese signo iluminando nuestros pueblos y ciudades, nuestras universidades y escuelas, nuestra mente y nuestro corazón, España y Occidente entero adquirieron una identidad liberadora, una confianza en que la bondad no era una determinación natural, sino una decisión inspirada por el espíritu.”  (García de Cortázar, 2019:14)

 

II.- Interpretar los nuevos tiempos: ¿Opción benedictina u opción ignaciana?

Dreher planteó un desafío importante cuando reclamaba “la opción benedictina”. Su propuesta suponía un “repliegue” cultural de los católicos ante la cultura contemporánea caracterizada por una crisis de verdad, la mitificación del deseo y la instalación en un “Deísmo Moralista Terapéutico”. Dreher comparte el diagnóstico de “modernidad líquida” de Bauman y pide tomar conciencia de la situación para “defender” el legado cristiano, y poderlo transmitir con fidelidad a las futuras generaciones. Aunque el contexto social y cultural de las comunidades católicas norteamericanas exijan el planteamiento de una “opción benedictina”, nuestra situación socio-política europea tiene matices diferentes. Incluso el contexto socio-político español es diferente al europeo. La aconfesionalidad de la Constitución española no siempre se interpreta de manera adecuada. No es un debate cerrado y es bueno que  conozcamos los presupuestos culturales que acompañan nuestras “opciones”.

Junto a la “opción benedictina” he planteado la necesidad de ofrecer también la “opción ignaciana” que afronta reflexivamente los retos de la modernidad. Considero importante no evitar el diálogo, establecer una relación reflexiva, lo que supone no aceptar acríticamente sus presupuestos y no replegarse a tiempos pre-modernos. De la misma forma que el Concilio Vaticano II realizó un diálogo reflexivo con la modernidad, así debemos situarnos ante un tiempo pos-moderno, tardo-moderno o simplemente un tiempo “nuevo”. La pasión por la verdad y el fortalecimiento cultural de nuestras democracias frágiles no es opcional ante esta novedad.

Traducido como La edad secular, el libro de Charles Taylor, “A secular Age” reclama una relación reflexiva con los procesos de modernización. La modernización puede ser entendida como “urbanización”, “secularización” y “racionalización” que ha llegado por un sistema de ciencía-técnica instando, exigiendo y decretando el “des-encantamiento” del mundo. También se plantea como “privatización” y separación de dimensiones existenciales de la vida: “privado/público”, “estado/religión”. Si a ello añadimos la “globalización” o los retos de la Inteligencia Artificial (IA), el diagnóstico se complica. Nuestro compromiso es inexcusable ante los riesgos de lo que Francisco ha llamado la globalización de la indiferencia. Nuestro compromiso no se concreta de espaldas a estos procesos donde se juega la ética democrática. Siguiendo el debate Habermas/Ratzinger es importante recordar la legitimidad de los cristianos en el fortalecimiento de la democracia:

“Los ciudadanos secularizados… no pueden negar por principio a los conceptos religiosos  su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a la discusiones públicas. Es más, una cultura liberal política puede incluso esperar de los ciudadanos seculares que participen en los esfuerzos para traducir aportaciones  importantes del lenguaje religioso a un lenguaje asequible para el público en general.” (Habermas, 2006:47)

Nuestro compromiso cívico no es una opción, sino una obligación. Lo es de facto, pero no puede ser instintivo o emotivo, tiene que ser reflexivo, maduro y esperanzador. Es importante promover una participación significativa que no puede ser sólo en términos de “minorías” o “militancias” sino en términos de ciudadanía activa, una ciudadanía cultural e institucionalmente significativa en todos los ámbitos de la vida. Muchos laicos católicos se sienten solos, como francotiradores y últimos mohicanos de una tradición que emocionalmente se repliega. Braceando en aguas de los espacios públicos o administrativos, muchos laicos sienten de cerca el abandono, la soledad y el desamparo eclesial. Tan importante como la mediación individual (sal) es la presencia institucional (salero). No necesitamos un laicado en repliegue, en retirada, a la defensiva y emocionalmente frágil. Necesitamos un laicado con mentalidad de equipo, cívicamente significativo e institucionalmente preparado.

Cuando surge el desánimo y desaliento por voces seculares que reclaman una privatización o deslegitimación de las argumentaciones de los católicos, estamos desconectando y privando a la sociedad de importantes reservas de sentido. La “tolerancia” que nos profesan aquellos que minusvaloran nuestra presencia o la desprecian no puede plantearse en términos de especies biológicas como si fueran especies en vías de extinción, como si sólo valiéramos por nuestro patrimonio museístico o nuestro pasado. Las presencia de los católicos contribuye decisivamente al fortalecimiento de los vínculos sociales y no sólo evita la resignación o derrotismo sino que las instituciones política secularizadas no se disocien del anclaje ético, cultural y teológico de sus fuentes o raíces “pre-políticas” (Domingo, 2011:152)

Vivimos una sociedad que debe afrontar las exigencias de una economía globalizada y grandes cambios demográficos. No queremos una cultura que relega a la esfera privada las convicciones religiosas. Las políticas que privatizan “excluyen el compromiso con la tradición religiosa de Europa, que es muy clara, a pesar de las diversas confesiones, amenazando así a la democracia misma, cuya fuerza depende de los valores que promueve” (Benedicto XVI, 30/3/2006). Cierta intransigencia secular que acompaña iniciativas beligerantemente laicistas es enemiga de la tolerancia democrática y de una sana visión secular del estado y la sociedad (laicidad positiva). Recordemos la necesidad de una “laicidad cooperativa” o de servicio que nos permite pasar de una laicidad de resentimiento  y rechazo a una de reconocimiento mutuo y colaboración concorde” (González de Cardedal, p. 138)

La distinción entre “presencia pública” y “presencia política” es importante. Hablamos de actividad y presencia pública cuando nos referimos a los diferentes ámbitos de la vida asociativa, planteados en general como sociedad civil. Hablamos de actividad y presencia política cuando nos referimos a la presencia en partidos “políticos”, en organizaciones donde el poder, la controversia y la disputa por espacios de influencia administrativa es determinante. En la presencia política no cabe la ingenuidad o inocencia con respecto al estado de derecho, la administración de justicia o el ejercicio del poder. Tan importante como la “presencia pública” es la “presencia política”, tan legítima es la una como la otra. Las escuelas de ciudadanía, de las que habló Ángel Herrera siguen siendo una urgencia eclesial. No son únicamente escuelas para la participación ingenua en la sociedad civil sino escuelas para estimular la participación crítica en todas las dimensiones de la vida pública. También la inter-confesional e intra-eclesial.

No estamos ante una alternativa o disyunción entre lo público y lo político, sino ante una diferenciación y vinculación productiva. Nos sitúa en un ámbito “social y público” que, además de ser previo y anterior a “lo político”, le sirve de urdimbre para despertarlo, incentivarlo y alimentarlo, sin confundirse necesariamente con él. Integrando los presupuestos de la filosofía política moderna y liberal donde –además del lógico papel del estado- la sociedad civil desempeña un papel importante.

Ambos tipos de participación están sometidas a un “juicio negativo”. Ante la privatización de los compromisos, se nos invita a la “actividad pública”, para la que se requiere generosidad y desinterés. De ella se alimenta y legitima la “actividad política”. Al incentivar esta participación significativa se rompe una lanza a favor de la actividad pública en general y política en particular cuando se hace de ella una profesión (políticos, funcionarios, magistrados o representantes de entes o instituciones “públicas”). El texto que recoge esta reflexión es el siguiente:

“La vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y aun política que nade de la fe…Esta dimensión afecta al ejercicio de las virtudes cristianas o, lo que es lo mismo, al dinamismo de la vida cristiana. Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad social y política la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas…..La caridad política no suple las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristianos……la entrega requiere generosidad y desinterés personal. Cuando falta este espíritu, la posesión del poder puede convertirse  en un medio para buscar el propio provecho o la exaltación a costa del verdadero servicio a la comunidad que debe tener siempre la prioridad en cualquier actuación pública. Impera en nuestra sociedad un juicio negativo contra toda actividad pública y aún contra quienes a ella se dedican. Nosotros queremos subrayar aquí la nobleza y dignidad moral de compromiso social y político, y las grandes posibilidades que ofrece para crecer en la fe y en la caridad, en la esperanza y en la fortaleza, en el desprendimiento y en la generosidad: cuando el compromiso social o político es vivido con verdadero espíritu cristiano se convierte en una dura escuela de perfección y en un exigente ejercicio de las virtudes. La dedicación a la vida política debe ser reconocida como una de las más altas posibilidades morales y profesionales del hombre.” (CVP)

Precisamente a esta dignificación de la actividad política dedicó el Papa Francisco la Jornada Mundial de la Paz del pasado año 2019. Desde esta referencia también podemos reivindicar la ejemplaridad en el contexto de una ética pública y global, no podemos limitarnos a denunciar “vicios” sino a reclamar sus “virtudes”:

“Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.”

Ante estos vicios emerge la necesidad de una política más auténtica y ejemplar, generadora de confianza y capital social:

“Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana…. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males ya privar a los pobres de la esperanza.”

Para una iglesia “en salida” es importante articular la dimensión cívica (ciudadanía) con el resto de dimensiones de la vida del creyente. La caridad social y política requiere capacitación de las comunidades laicales para valorar adecuadamente la acción política. Cuando la política tiende a ser desprestigiada, es importante reclamar la virtud y la ejemplaridad, incentivar, acompañar y alimentar la vocación política del laicado. No sólo cuando hay expectativas de poder y se ostentan cargos públicos sino cuando se está en la oposición, son cesados los cargos públicos y son minusvalorados por la opinión pública o la propia clase política. La dimensión política es urgente y necesaria pero insuficiente para el compromiso del cristiano planteado en toda su integridad. Aunque para muchos de nosotros sea una parte importante de nuestra vida, tenemos que reconocer que no lo es todo o no debe ser todo en el conjunto de nuestra existencia. Por mucha importancia que tenga la política en nuestra vida, tenemos que reconocerla como “parte” y no como “todo” en la organización de nuestro proyecto de vida.

Cuando nos planteamos la unidad de acción de los cristianos en la vida política no sería justo buscar la “uniformidad”, ni la homogeneidad en esa “presencia política”. Ante todo buscamos evitar la soledad, el abandono o desamparo de la comunidad eclesial. La incentivación y fortalecimiento de la vocación política de los laicos no puede ser para que se anulen las legítimas diferencias de los partidos sino para que se encuentren raíces ética y se camine hacia el bien común. Es importante reconocer el valor constitutivo del diálogo para articular la pluralidad social en pluralismo político. Este reconocimiento del pluralismo político no puede suponer una indiferencia ante los problemas morales, una resignación ante los conflictos de valores y menos aún una aceptación de cualquier iniciativa o propuesta política. Hay principios innegociables, como reconocía Benedicto XVI el 30 de marzo de 2006:

“Lo que pretende la Iglesia en sus intervenciones en el ámbito público es la defensa y promoción de la dignidad de la persona, por eso presta conscientemente una relación particular a principios que no son negociables. Entre estos, hoy pueden destacarse los siguientes: (a) – protección de la vida, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, (b) – reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia… (c) – protección del derecho de los padres a educar a sus hijos…. Estos principios no son verdades de fe, aunque reciban de la fe una nueva luz y confirmación. Están inscritos en la misma naturaleza humana y son comunes a toda la humanidad. La acción de la iglesia en su promoción no es de carácter confesional, sino que se dirige a las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa… su negación es una grave herida causada a la justicia misma.”

Recordemos que la relación entre razón natural y convicciones religiosas requiere formación, capacidad de análisis y práctica de las virtudes para hacer operativo un discernimiento que técnicamente hoy podemos realizar en términos de “mínimos” y “máximos”. En contextos de ciudadanía democrática nuestra presencia pública y política puede ser enriquecedora. El dinamismo y la vitalidad de los valores democráticos no pueden ser pensados sin la presencia responsablemente solidaria de las diferentes confesiones religiosas. La libertad religiosa tiene una dimensión pública y política sin la cual sería difícil articular en el siglo XXI una ciudadanía democrática avanzada. Las convicciones que alientan, animan y orientan nuestras presencias (pública y política) no son irracionales o arbitrarias por el hecho de ser “religiosas”, proporcionan sentido a la racionalidad de nuestras vidas. No sólo participan de la racionalidad de nuestros argumentos públicos o razones sino que hacen “razonables” nuestras decisiones, contribuyen a que nuestras virtudes visibilicen la búsqueda de la autenticidad que buscamos en la unidad de nuestra vida moral. La formación en estas cuestiones sigue siendo una tarea urgente para conseguir un horizonte de responsabilidad solidaria presidido por el discernimiento entre “mínimos” de justicia exigibles para el bien común y “máximos” de felicidad opcionales legítimos en sociedades abiertas.

 

III.- Profetas en la era digital: afrontar la globalización de la indiferencia

Los profetas siempre proporcionan ánimo, ilusión y esperanza a los pueblos. Lo hacen desde el realismo. Por eso necesitamos realismo esperanzado, no un simple optimismo ingenuo. A diferencia de otros perfiles públicos instalados en la gestión del presente, los profetas nos dirigen hacia el futuro y contribuyen a mantener la esperanza. Sería bueno recordar ese liderazgo de la esperanza en la organización de las virtudes para saber discernir en el imaginario político las diferentes ideologías y utopías que nos ofrece el nuevo sistema tecno-científico presidido por dos categorías: globalización y digitalización. Un sistema donde a veces confundimos la esperanza cristiana con el optimismo de los avances científico-técnicos y el progresismo de las propuestas socio-políticas. Un sistema seductor que utiliza el trampolín de la investigación científico técnica para fecundar un imaginario cultural de optimismo desmemoriado, ingenua mejora ilimitada y ensoñación poshumanista.

Nuestras iniciativas de participación no pueden fraguarse, transmitirse y analizarse dándole la espalda a los procesos de biomejora y tecnodigitalización. Para ello tenemos que distinguir claramente entre “conexión” y “comunicación”. Tanto nuestros compromisos como nuestros testimonios están mediados por esta dialéctica entre conexión y comunicación. No puede plantearse en términos alternativos o de simplificación. La conexión es una condición necesaria para la comunicación, pero no es una condición suficiente. Urge repensar las teorías y prácticas de la comunicación.

Aunque los ciudadanos estemos más conectados, detectamos un déficit de comunicación en las relaciones sociales. Mientras que la conexión remite a las condiciones técnicas e infraestructura necesaria de los procesos, la comunicación remite al encuentro (y la necesidad de promover una cultura del “encuentro”) entre personas que no sólo son “socios” en la sociedad de la información sino que son “prójimos” en la gestión del sentido de la vida (o su ausencia) en sus prácticas cotidianas (existenciales, sociales, políticas, culturales). La “era de la información” tiene que ser repensada desde una “filosofía de la comunicación” donde la responsabilidad por otro nos lleva a plantear la ética como “filosofía primera”. ¿Dónde está tu hermano?, ¿cómo has dejado a tu hermano?

Además de una formación adecuada para el uso de las redes y los recursos que las TIC nos ofrecen, es importante conocer el funcionamiento y retos de la IA en todos los campos de la nueva evangelización. Además del campo educativo o comunicativo en general, se están planteando retos importantes para la presencia pública: protección de datos, gestión de imágenes, privacidad, intimidad, postverdad, etc. No podemos estar ajenos a estos desafíos. La Iglesia es una fuente importante de datos y por eso en algún momento debemos preguntarnos por la estrategia que aplicamos en nuestra gestión, además el patrimonio eclesial también puede digitalizarse para hacerse más accesible y universal.

De la misma forma que hay desafíos nuevos que proceden del campo de la ecología como la sostenibilidad, el cambio climático, la protección de la naturaleza o la huella ecológica, también hay desafíos nuevos relacionados con los nuevos entornos culturales como la brecha digital, la instrumentalización de los datos y la indiferencia ante la mercantilización/instrumentalización de la posverdad. Sin la promoción de una cultura de la confianza no será posible promover expectativas de esperanza. Por eso me gustaría recordar cinco tareas;

a.- Ante la ingenuidad de nuestra cultura de la participación, la capacitación del laicado en la dialéctica conexión-comunicación, sobre todo ante la fragilidad del sentido, la vulnerabilidad de las ofertas culturales y la debilidad de los vínculos comunitarios.

b.- La clarificación de nuestras actitudes en torno a dos figuras claves de la cultura digital contemporánea: turistas y peregrinos. El “turista” se mueve por una lógica cultural acumulativa y cuantitativa; el “peregrino” se mueve por una lógica cultural experiencial y cualitativa.

c.- La resignificación cultural de términos como “público”, “masas” y “enjambres”. Nuestro compromiso por la verdad no puede estar orientado a la vulgarización, a la masificación, a la atomización o la individualización de las prácticas comunicativas. Para evitar un compromiso de masas (despersonalizador o extimista) no podemos caer en un compromiso de enjambres (atomizador o interiorista).

d.- La pasión intempestiva por la verdad en sociedades que bajo la apariencia de conexión emocional se desentienden de la veracidad en información. La verdad sigue siendo una gran responsabilidad histórica porque en ella nos jugamos la posibilidad de convivir (no sólo sobrevivir o coexistir) en sociedades abiertas. No somos únicamente un manojo de datos sino personas con un fuero interno (conciencia, fuente de actos, manantial de sentido que puede brotar de una vida interior no siempre bien cuidada).

e.- Promover la profesionalización de los servicios sociales para desarrollar una sociedad de los cuidados. Ante la mercantilización o la estatalización, la organizar estable o profesional de los servicios sociales es una tarea básica para promover, con estrategias de trabajo decente, la institucionalización responsable de la solidaridad.

Desde el Vaticano II hasta el Papa Francisco hay aportaciones de la DSI que van en esta dirección. Aquí se sitúan las tareas realizadas para promover valores como la confianza, la transparencia y la búsqueda de la verdad para proteger bienes de las personas como la intimidad, la privacidad y la libertad de conciencia. Incluso lo que Naciones Unidas ha llamado Objetivos para el desarrollo sostenible (ODS). El 27 de septiembre de 2019 el Papa Francisco se dirigía a los participantes en el Seminario sobre el bien común en la era digital con estas palabras:

“Os agradezco que  queráis encontraros entre vosotros en un diálogo inclusivo y fecundo, que ayuda a todos a aprender unos de otros y no permita a ninguno encerrarse en sistemas pre-confeccionados….El principal objetivo os habéis fijado es ambicioso: alcanzar criterios y parámetros éticos básicos, capaces dar orientaciones sobre las respuestas a los problemas éticos que plantea el uso generalizado de las tecnologías. Soy consciente de que para vosotros, que representáis tanto la globalización como la especialización del conocimiento, debe ser arduo definir algunos principios esenciales en un lenguaje que sea aceptable y compartido por todos. Sin embargo, no os habéis desanimado en el intento de alcanzar este objetivo, enmarcando el valor ético de las transformaciones en curso también en el contexto de los principios establecidos por los Objetivos de Desarrollo Sostenible definidos por las Naciones Unidas; de hecho, las áreas clave que habéis explorado ciertamente tienen repercusiones inmediatas y concretas en la vida de millones de personas…. Es común la convicción de que la humanidad se enfrenta a desafíos sin precedentes y completamente nuevos. Los nuevos problemas requieren nuevas soluciones: el respeto de los principios y de la tradición, de hecho, debe vivirse siempre con una forma de fidelidad creativa y no de imitaciones rígidas o de reduccionismo obsoleto. Por lo tanto, creo que es digno de elogio que no hayáis tenido miedo de declinar, a veces también de forma precisa, los principios morales tanto teóricos como prácticos, y que los desafíos éticos examinados se hayan enfrentado precisamente en el contexto del concepto de «bien común». El bien común es un bien al que aspiran todas las personas, y no existe un sistema ético digno de ese nombre que no contemple ese bien como uno de sus puntos de referencia esenciales.”

IV.- Sanar personas: generar vida en abundancia

La Exhortación Amoris Laetitia incide en la importancia de la sanación en la vida cotidiana de los cristianos: sanar el orgullo y cultivar la humildad, sanar las heridas de los abandonados, instaurar una cultura del encuentro y luchar por la justicia, sanar las propias heridas, sanar como pedir con insistencia la gracia de perdonar, sanar para favorecer la superación del conflicto.

Tenemos por delante una importante tarea de “personalización”. Entiendo por tal un proceso que evite la mecanización, la masificación, la atomización y la fragmentación individualizante de la acción social. La funcionalización de la vida moderna ha generado procesos donde las personas se confunden con sus roles, usuarios, consumidores, ciudadanos, pacientes, electores, etc… En estos contextos la identidad personal se reduce a la función y se olvida una perspectiva integral de la vida personal, es decir, dejamos de pensar a la persona como presencia comunicada y la pensamos en términos sistémicos. De esta forma, nosotros mismos nos olvidamos de la vida personal como don, proyecto y tarea. Corremos el peligro de culpabilizarnos por nuestra dependencia, vulnerabilidad y fragilidad existencial. Con ello, emergen patologías existenciales que no sólo exigen intervención psicológica, psiquiátrica o médica sino intervención espiritual. Esta convivencia con el sin-sentido, el dolor, el sufrimiento y las enfermedades es más habitual de lo que nos imaginamos y no puede pasarse por alto.

Sanación en todas y cada una de las fases del ciclo vital para incentivar procesos de generatividad narrativa. La funcionalización de los sistemas sociales tiende a segmentar los problemas y las identidades, como si los menores, los adolescentes y los ancianos exigieran estrategias de sanación diferenciadas. La actualidad de los programas intergeneracionales en la acción social ha puesto de manifiesto la necesidad de promover iniciativas que afecten a todo el ciclo vital, que no se reduzcan al ciclo vital de una única etapa de la vida. Estos programas se orientan en términos de aprendizaje compartido y crecimiento mutuo, por ello las crisis de transición se plantean como oportunidades para la maduración y el crecimiento interpersonal. Un crecimiento que requiere un relato, una historia de vida compartida, un proyecto de vida, valores y virtudes compartidas.

Sanación de los más próximos con especial atención al abandono, las crisis de sentido y la soledad. La preocupación por los demás, la promoción de la justicia y la lógica del compromiso socio-político a veces se han planteado en términos estrictamente administrativos; es decir, buscábamos la protección y el reconocimiento de unos derechos determinados a través de las administraciones públicas y los correspondientes servicios sociales. Incluso a veces la institucionalización de la acción socio-caritativa de nuestras comunidades se ha caracterizado por la aplicación de una lógica sistémica y funcionarial. La dimensión caritativa y social de la Iglesia no está para sustituir, completar o competir con los programas de servicios sociales que se trocean, fragmentan y pulverizan las diferentes administraciones públicas. Esta dimensión caritativa tiene una función dinamizadora y activadora de una sociedad civil activa y comprometida. En este tema, está pendiente una importante reflexión sobre las complejas relaciones entre las entidades administrativamente estatales, mercantiles y eclesiales.

Sanación como proyecto cultural de esperanza, salvación y sentido. Además de las dimensiones existenciales o interpersonales, la sanación de personas tiene una dimensión histórica y cultural que a veces se nos olvida. Hemos depositado en empresas, partidos, sindicatos, administraciones y organizaciones cívicas una esperanza que ellos mismos no nos pueden proporcionar. Hay una dimensión de totalización y sentido que no siempre emerge en la lógica sistémica de la acción social. La introducción de la realidad histórica en su conjunto y el papel salvífico (sanador) del cristianismo apenas si forman parte del capital simbólico de nuestras comunidades. Al incidir en la acción, la intervención y la modulación de la historia se nos olvidan dimensiones relacionadas con la escucha atenta, la contemplación, el agradecimiento y la admiración.

Disponemos de un patrimonio cultural inexplotado, inexplorado y desconocido para la gran mayoría de las comunidades cristianas. Damos por supuesto que forma parte de un almacén y que siempre estará disponible. No nos damos cuenta de que ese patrimonio es un legado cuyo valor tiene que ser actualizado por todas y cada una de las generaciones. Además de las tradiciones y la religiosidad popular, el patrimonio cristiano tiene una dimensión cultural y simbólica que apenas si conocemos. En tiempos de transformación de las industrias culturales, tendríamos que preguntarnos qué tipo de cultura estamos consumiendo, produciendo o promocionando. En qué medida la actualización de nuestro patrimonio cultural puede contribuir a fortalecer raíces y vínculos.

 

V.- Cuidar vínculos: reinventar la familia, el vecindario y la ciudad

Los vínculos se han convertido en un bien escaso que debemos fortalecer. Los vínculos no son únicamente relaciones naturales o involuntarias sino lazos y relaciones familiares, sociales y culturales, es decir, que necesitamos regarlas porque no crecen solas. También afectan a la vida institucional y condicionan la humanización de unas instituciones que corremos el peligro de interpretar en términos puramente mecánicos. Los vínculos o relaciones significativas son el núcleo de la vida institucional y en ellos desempeña un papel fundamental la confianza. A partir de los vínculos establecemos hábitos, reglas y normas que no se mantienen solas o mecánicamente. Son el caldo de cultivo para las virtudes y la búsqueda de la autenticidad. El entramado asociativo y comunitario requiere una rehabilitación de la virtud como categoría que puede personalizar la urdimbre de relaciones de la vida cotidiana. Además de la reivindicación de los valores que animan las instituciones, estas deben ser conocidas, respetadas y, en la medida de lo posible, valoradas.

Cuidar tiene aquí un sentido complejo que no significa solo “mantener”, “proteger” o “fortalecer” sino “nutrir” y “vigilar”. Las instituciones, los vínculos y las relaciones no se mantienen de manera automática, requieren trabajo, esfuerzo y vigilancia. Esto es algo especialmente importante en sociedades no sólo individualizantes, sino atomizadoras y fragmentadoras. Sociedades que, paradójicamente, necesitan de instituciones básicas que no pueden alimentarse de la pura hojarasca cultural hedonista, materialista y utilitarista. Las instituciones de sociedades abiertas y democráticas sólo se mantienen si cuidamos los vínculos como relaciones significativas y generadoras de valor. Además de dedicar tiempo a las relaciones debemos promover un discurso corresponsabilizador de las mismas, y por eso pueden ser importantes las virtudes, no sólo cívicas sino personales y teologales. No basta con actitudes y valores, necesitamos pensar la vida de las instituciones en términos de generatividad narrativa, de crecimiento personal y comunitario.

Cuidar los vínculos es prestar atención a las identidades narrativas y los relatos fundacionales que configuran la expresión de nuestras relaciones. Hoy nos encontramos con identidades fragmentadas y rotas, es decir, con personas que tienen dificultad para encontrar un sentido a su vida y la de los demás. Esta crisis de sentido es especialmente grave en las personas más vulnerables de nuestra sociedad y requiere de nuestras comunidades una atención urgente. La atención y práctica de la misericordia no puede plantearse como una alternativa excluyente a la organización de la justicia social. La soledad es un reto para el laicado en cualquiera de sus expresiones, por ello las estrategias de acompañamiento y ayuda vecinal mutua no son una opción laical sino una obligación eclesial.

Las instituciones necesitan de los carismas, no se cuidan solas y requieren de nuestro vigoroso compromiso responsable. El valor de las instituciones reside en que son cauce para la cooperación social en la consecución de bienes comunes. No podemos resignarnos a que pierdan su valor cuando dejan de servir a los fines para los que nacieron. Muchas instituciones son utilizadas por quienes las secuestran en su propio beneficio y, por tanto, estamos llamados a vigilar y denunciar su instrumentalización. Puede suceder en instituciones eclesiásticas y civiles. Debemos cuidar los vínculos para generar confianza institucional. También llamada “capital social”, la confianza institucional tiene que ser un objetivo central en la vida cristiana. La indiferencia ante la verdad, la complicidad con la mentira, el olvido de la ejemplaridad y la instalación en una cultura de la desconfianza atomizante han contribuido a la desestabilización de las instituciones. Las instituciones son imprescindibles para vivir juntos, colaborar y conseguir fines compartidos. Los vínculos proporcionan estabilidad y seguridad a la existencia en un mundo líquido. Además, sirven de cauce a las interacciones que mantenemos en un mundo complejo y en permanente cambio. Al cuidar los vínculos se amplían las posibilidades de colaboración con aquellos que no están próximos. La confianza institucional permite la colaboración entre personas que no se conocen y facilita una capacidad concertada de actuar comunitariamente. Cuando no se cuidan los vínculos interpersonales todas las instituciones corren el peligro de convertirse en puras organizaciones. Mientras estas últimas se mantienen por el control y la coacción, las instituciones se mantienen por unos vínculos cuidados que se expresan en convicciones responsablemente compartidas.

En el cuidado de los vínculos merece un capítulo especial la familia como institución, no sólo como organización social o agrupación civil. La falta de tiempo y calidad de la convivencia en el hogar contribuye a la desinstitucionalización de la familia. Sin embargo, la solidaridad intergeneracional y el fortalecimiento de los vínculos entre padres e hijos, incluso entre abuelos y nietos, ha sido y sigue siendo hoy el principal dique de contención de la desestructuración social que generan las sucesivas crisis económicas.

También merecen una atención especial las instituciones de la vida democrática. No podemos avergonzarnos de reclamar ejemplaridad en el ejercicio de los cargos públicos y reivindicar los principios de excelencia, mérito y capacidad. La hermenéutica de la continuidad que exige criticar actitudes adanistas. No podemos mantenernos en silencio ante quienes ponen en práctica el mito del buen salvaje cada vez que asumen responsabilidades institucionales. La responsabilidad social es incompatible con el “adanismo” institucional. Frente al sueño de querer vivir sin instituciones aplicando el mito del buen salvaje, debemos interpretar adecuadamente la creatividad humana, vinculándola con la vida disciplinada y la práctica de las virtudes en un horizonte de moral post-convencional. No debemos confundir la creatividad caótica de un niño en su fase motora con la creatividad disciplinada de un adulto con responsabilidades institucionales.

No se lucha mejor contra la pobreza ni se promueve eficazmente la solidaridad legitimando y haciendo culturalmente plausible la mediocridad, la incompetencia, la mala educación y el mal gusto en la vida pública. La aristocracia de espíritu, la excelencia profesional, la sobriedad en las prácticas y la ejemplaridad moral no son categorías ante las que un militante cristiano pueda sentirse indiferente. Los pobres tienen derecho a los mejores profesionales y la excelencia moral no es un ideal burgués o capitalista sino un universal humano de vida digna. Aunque nuestras instituciones son fuertes, lo que tienen de valioso es muy frágil. Cuando las sociedades alcanzan un nivel moral postconvencional (es decir, cuando compartimos una idea de justicia social que no se limita al mantenimiento del orden), las instituciones pueden ser criticadas, reinterpretadas, reformadas y adaptadas ante nuevas situaciones y metas. Lo mismo que las legitima puede servir para criticarlas o mejorarlas. Por eso la profesora Cortina describe esta forma de entender la justicia como una “justicia cordial”.

 

VI.- Tender puentes: construir espacios de comunicación integral

El puente es una imagen útil para tomar conciencia de nuestra vocación, para analizar la calidad de nuestro discernimiento de los retos y, sobre todo, para potenciar la caridad política. Atendamos a esta imagen para repensar y reconstruir la dimensión socio-política de nuestra fe. El puente nos ayuda a pensar la relación entre conexión y comunicación, entre responsabilidad y solidaridad, entre los mínimos de justicia y los máximos de felicidad, entre lo propio y lo ajeno, entre una confesión religiosa y otra, entre confesiones religiosas y administraciones públicas, incluso entre personas y tradiciones.

Hay un primer puente antropológico, que une nuestras facultades y que nos lleva a no simplificar la reflexión antropológica, educativa y pastoral. Nuestras convicciones tienen una dimensión cognitiva y emocional, ni son ideas puras ni son emociones puras. Nuestras creencias no proceden solo del cerebro, solo del corazón o solo de las manos. El primer puente al que debemos prestar atención es al que mantiene unidas las diferentes dimensiones de nuestra existencia. Hay una tendencia fácil a la simplificación, al reduccionismo y a la abstracción, como si nuestro compromiso social y político por la justicia fuera resultado de un silogismo lógico, como si nuestras acciones fueran resultado de nuestros pensamientos y nos olvidáramos de la interacción generativa entre ambos. Inteligencia emocional, inteligencia sentiente, razón vital o razón cordial, son categorías que describen los puentes en ese nivel existencial o antropológico.

Hay un segundo puente que tiende a olvidarse en el ámbito de la caridad social y política: el puente vecinal o de civilidad. Nuestros vecinos son más que simples ciudadanos y menos que cualificados amigos. Al insistir en la dimensión socio-política de la fe, prestamos más atención a la parte de presencia política o administrativa relacionada con el “poder” o la promoción de la justicia y nos desentendemos de la presencia pública o cívica más inmediata relacionada con el “servicio vecinal”, o simplemente la lógica pre-reflexiva o des-institucionalizada de la ayuda vecinal mutua. Nuestros hogares no pueden ser islas de la sociedad civil o células blindadas en el enjambre digital. La sociedad civil no puede ser un archipiélago de familias o enjambres de progenitores. El bien común de la comunidad política no es el resultado de una negociación, pacto o acuerdo entre dos partes, supone la aparición de un tercer espacio de encuentro y mediación, supone la existencia de espacios significativos que llamamos “hogares”. Un hogar es mucho más que una casa. Precisamente este es el concepto de “espacio de encuentro” del que habla Francisco cuando nos invita a una “cultura del encuentro”, no solo a nivel institucional-político sino también a nivel cívico-informal.

Hay un tercer puente político porque a veces consideramos que nuestras diferencias políticas son insalvables y desde ellas desarrollamos el resto de nuestra vida. Es legítima la presencia política y partidista, lo que nos lleva, con demasiada frecuencia, a olvidarnos de los otros. Un laicado maduro y responsable es aquel que además de promover la presencia política tiende puentes para fortalecer la presencia pública. Y este puente es importante para entender la relación entre los laicos cristianos que tienen visiones diferentes sobre la nación, la patria y las identidades nacionales (o postnacionales). No debemos tener miedo a conocer la historia de nuestros pueblos, nuestras naciones y nuestras patrias. La legitimidad de nuestras diferencias tiene que ser reconstruida y repensada desde la tolerancia, el respeto activo y la humildad de quienes reconocen que pueden no  tener razón en sus argumentaciones. La cultura del resentimiento y el odio deberían ser sustituidas por una cultura de la concordia donde la vida eclesial sea una oportunidad para el reconocimiento mutuo, la concordia y la reconciliación. Esta es una tarea laical prioritaria. Este puente de la política tiene una dimensión intergeneracional. En el mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz de 2019 sobre la buena política aparece este puente con dimensión intergeneracional;

“cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona.

Hay un cuarto puente intraeclesial relacionado con la fragmentación en la gestión de los sacramentos y la formación de los laicos. Nuestra identidad eclesial aparece fragmentada, segmentada en función de las edades, de las situaciones, de los contextos y de las tradiciones. Faltan puentes entre jóvenes y adultos, entre los grupos de comunión y los de confirmación, entre el voluntariado y la militancia política, entre la espiritualidad y la economía. A veces nuestras comunidades se organizan en términos administrativos y sistémicos como “centros de servicios” que fallan en la conexión y la comunicación.

Hay dos variantes del puente anterior. La primera referida a los grupos de laicos intra-parroquiales. En los ámbitos parroquiales es habitual que convivan diferentes grupos de laicos, es bueno que haya carismas e itinerarios distintos. Sin embargo, no siempre hay una coordinación, formación o un trabajo conjunto porque se organizan aisladamente. Cuando cada grupo laical con su propio carisma encuentra su zona de confort resulta que la comunidad eclesial se presenta fragmentaria y atomizada.

La segunda referida a la relación que mantienen las parroquias con las escuelas católicas, los colegios diocesanos o centros educativos que también promueven la vida cristiana y el compromiso laical. Aunque administrativa y canónicamente la relación esté regulada, en la práctica cotidiana puede mejorarse mucho la comunicación, la coordinación y la voluntad de trabajar conjuntamente comunidades educativas y comunidades parroquiales.

 

 

 

VII.- Conclusión

No vivimos tiempos para el desánimo, la soledad y la resignación ante diagnósticos o lecturas catastrofistas. Nuestra responsabilidad eclesial nos debe impulsar a trabajar codo con codo, laicos y clérigos. Necesitamos un laicado “mayor de edad” que lidera los nuevos tiempos de la nueva iglesia de una manera coordinada, organizada y profética, dispuesto a ser sal, luz y fermento cultural. Estamos llamados a una “responsabilidad responsable”, es decir, una responsabilidad vinculada con el deseo radical de libertad sensata, una responsabilidad donde la obediencia se plantea como “conocimiento de causa”.

La secularización y los procesos de modernización son un reto para promover una ciudadanía activa y significativa. Los cristianos somos actores y autores sociales responsables y no sólo ciudadanos críticos que están a la defensiva o el repliegue en los procesos de modernización. Debemos ser capaces de tener iniciativas, poner en marcha procesos y promover una cultura de la responsabilidad solidaria en todos los niveles de la vida asociativa. Esto exige trabajar para promover una ética renovada donde los valores se encarnen en todas dimensiones de la vida social como ámbito público y pre-político. Ante la tentación de privatización o minusvaloración de las convicciones católicas en el ámbito de las responsabilidades cívicas, ha llegado el momento de legitimar nuestra voz sin complejos no sólo en el mundo de la vida en general (cultura), sino en las instituciones de la vida pública (sociedad civil) y la vida política (estado). Esto significa afrontar la globalización de la indiferencia y responder a unos desafíos que hemos concretado en cuatro frentes:

a.- Comprometernos con la verdad y la libertad en la sociedad de la comunicación,

b.- Sanar personas para generar vida en abundancia,

c.- Cuidar vínculos para reinventar la familia, el vecindario y la justicia cordial,

d.- Tender puentes para construir espacios de comunicación integral

Termino con un texto de Paul Valadier, un jesuita francés que bajo la inspiración de Paul Ricoeur nos propone la siguiente reflexión:

“…cuando las iglesias educan a sus fieles para vivir según el evangelio, los convencen de la fuerza y belleza del mensaje cristiano, les abren al sentido del prójimo o de la solidaridad humana más amplia, realizan un trabajo eminentemente político, porque forman ciudadanos responsables y críticos, inculcándoles un conjunto de convicciones sin las cuales nuestras democracias se derrumbarían….las iglesias deberían tener un papel de refundación simbólica de nuestras democracias, no en el sentido de que deban influenciar directamente sobre el poder o ejercer una presión sino para reestructurar un imaginario colectivo degradado… tienen un eminente papel positivo del lado de las voluntades o de las libertades en formación para desear los valores de la democracia y no abandonarse a la fatalidad. Haciendo esto, ¿no serían fieles al mensaje evangélico que pone al hombre delante de la grandeza propiamente divina de su labor humana, y a la democracia que necesita ciudadanos  preocupados por el bien de todos y conscientes de nuestro destino común?… los valores democráticos no son extraños a la herencia cristiana, las iglesias no deberían tener ningún complejo al tomar parte plenamente en el juego democrático. E incluso cuanto más conscientes sean de las amenazas que afectan a los valores democráticos, más deberían ingeniárselas para insuflarles un nuevo aliento.” (Valadier, 2005:58)

 

Bibliografía

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GARCÍA DE CORTAZAR, F.; (2019), Católicos en tiempos de más confusión. Madrid. Encuentro.

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Saludo del cardenal Ricardo Blázquez https://www.pueblodediosensalida.com/saludo-del-cardenal-ricardo-blazquez/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=saludo-del-cardenal-ricardo-blazquez Mon, 24 Feb 2020 11:15:17 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=202564 “PUEBLO DE DIOS EN SALIDA” (Congreso de laicos 14-16 febrero 2020) SALUDO En nombre de la Conferencia Episcopal Española saludo cordialmente a todos los participantes. Con gratitud expreso mi respeto y afecto al Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, card. Kevin Farrel. Agradezco el trabajo eficaz y paciente de la...]]>

“PUEBLO DE DIOS EN SALIDA”

(Congreso de laicos 14-16 febrero 2020)

SALUDO

En nombre de la Conferencia Episcopal Española saludo cordialmente a todos los participantes. Con gratitud expreso mi respeto y afecto al Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, card. Kevin Farrel. Agradezco el trabajo eficaz y paciente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, Secretaría del Congreso de Laicos, Delegados Diocesanos y de todos los organizadores.

Doy la bienvenida a todos los representantes de las Diócesis, Congregaciones Religiosas, Institutos seculares, Movimientos, Cofradías, Comunidades, Asociaciones. Es motivo de particular satisfacción que nos unamos todos en fraternidad eclesial y misionera. El sentirnos todos concernidos por la invitación de la Conferencia Episcopal Española es expresión de concordia eclesial y garantía de sinodalidad misionera. Todos los cristianos somos al mismo tiempo hijos de Dios, discípulos de Jesús, hermanos y misioneros. El presente Congreso manifiesta y anima estos diversos ingredientes de nuestra condición cristiana. La unidad en el Señor fortalece nuestra debilidad para evangelizar en nuestro tiempo.

Este Congreso es una de las acciones proyectadas por el Plan Pastoral 2016-2020 de la Conferencia Episcopal Española titulado Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo. Estos son los términos de la propuesta: “Al final de los cinco años y como colofón de esta etapa pastoral, es conveniente y necesario llevar a cabo un Congreso Nacional de Evangelización, al que se convocará a todo el Pueblo de Dios: obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos”. Comenzó a gestarse el Congreso en la Asamblea Plenaria del mes de abril del año 2018.

Este Congreso nos recuerda otro de gran incidencia eclesial que tuvo lugar en un momento oportuno, organizado también por la Comisión Episcopal de Pastoral y convocado por la Conferencia Episcopal Española. Los días 9 al 14 de septiembre de 1985 fue celebrado en Madrid el Congreso Evangelización y hombre de hoy. Merecen ser recordadas las coordenadas en que tuvo lugar. Casi a veinte años de la clausura del Concilio Vaticano II, para cuya conmemoración, balance y renovado impulso fue celebrada unos meses más tarde la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, decisiva para una lectura profunda de los documentos conciliares con tres claves, la Iglesia misterio, comunión y misión.

En 1982 había tenido lugar el primer viaje del Papa Juan Pablo II a España desde el 31 de octubre al 9 de noviembre de 1982, con ocasión del IV Centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús. Para dar cauce a este magno y providencial acontecimiento de la visita del Papa y a su rico y amplio magisterio fueron recogidas sus intervenciones en un volumen con el título “Mensaje de Juan Pablo II a España” (Madrid BAC 1982). Poco más tarde, el 25 de julio de 1983, fue publicada la Exhortación de los Obispos “La visita del Papa y la fe de nuestro pueblo”. Aquel Congreso formaba parte relevante del Programa de la Conferencia Episcopal Española, como el nuestro ahora. El luminoso documento “Testigos del Dios vivo” (1985) y la Instrucción Pastoral, “Los católicos en la vida pública” (1986) se sitúan en el mismo impulso postconciliar y misionero. Con estos hechos se abría una nueva fase del Postconcilio entre nosotros.

Todo se situaba en la onda que caracterizó al Vaticano II y a la excelente Exhortación Apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi. El contesto histórico de nuestro Congreso de Laicos “Pueblo de Dios en salida” recuerda el marco del Congreso de 1985. Varios factores le otorgan una significación especial. Es parte relevante del Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española; sigue las huellas de la Exhortación Apostólica Postsinodal del Papa Francisco Evangelii gaudium. Se gestó a los 50 años del Concilio Vaticano II y de nuestra Conferencia Episcopal; ha tenido en cuenta la situación actual, bastante diferente de la del año 1985.

Hoy la esperanza es más humilde y destaca la nota de fidelidad paciente. La incesante secularización y el eclipse de Dios en nuestro mundo se han intensificado. La debilidad de la Iglesia es patente. Sufrimos el distanciamiento que muchos de manera silenciosa han marcado en relación con la Iglesia, que quizá sea también respecto a la fe en Dios revelado en nuestro Señor Jesucristo. Por otra parte, la presencia y actuación de los laicos cristianos en la vida cultural y social es más remisa. “Si no queremos que el cristianismo quede exculturado o fuera de la sociedad, la presencia personal ha de articularse con la presencia comunitaria y la institucional” (A. Cordovilla). Nos movemos entre la esperanza, que aunque sea probada no desfallece, y la debilidad que solo puede sostener y hacer vigoroso el poder de Dios. Como a Pablo nos dice el Señor: “Te basta mi gracia. La fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor. 12, 9). Dios “hace de la fragilidad su propio testimonio” (Prefacio de Mártires).

El impulso evangelizador del Concilio es el mismo; incluso se ha convertido con mayor decisión en clave de la vida cristiana y de la misión por la insistente llamada del Papa Francisco, desde el comienzo de su ministerio como Obispo de Roma, Sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia universal.

¿No es momento oportuno para que la Iglesia en España, – después de haber asimilado la renovación promovida por el Concilio; de haber tomado muchas iniciativas y haberlas verificado en la acción pastoral; experimentando la complejidad de la evangelización en nuestro pueblo y en nuestro tiempo -, invocando todos el soplo del Espíritu Santo, digamos con humildad y decisión: “¿Aquí estamos, Señor, envíanos?”.

La fórmula “Iglesia en salida”, que ha hecho fortuna, equivale a Iglesia en estado de misión, a Iglesia por naturaleza evangelizadora, a Iglesia convocada por Dios para ser enviada. La dimensión apostólica es inseparable de la iniciación cristiana y de la maduración de todos los bautizados.

Jesús se presenta en el Evangelio como enviado por Dios, que salió del Padre y vino a este mundo para salvarnos. La corriente misionera pasa de Jesús a sus discípulos (cf. Jn. 17, 18; 20, 21). Se convive con Jesús para ser enviado. No hay seguimiento de Jesús sin misión; ni misión sin seguimiento. La misión de la Iglesia y la comunión en la Iglesia son las dos caras de una Iglesia auténtica. La comunión con el Señor, en la que ocupa un lugar fundamental la oración, rehace de los cansancios y fortalece para proseguir en la misión.

La metodología del Congreso se ha inspirado en la de los últimos Sínodos de Obispos. Han pasado de ser concebidos menos como acontecimiento y más como proceso con diversas etapas, cuya cima es la Asamblea sinodal. Ha habido un tiempo de precongreso, celebramos estos días el Congreso y deseamos participar en la fase postcongresual.

Preguntar y escucharnos, responder y dejarnos interrogar ha sido la forma comunitaria de proceder desde los primeros pasos; reflexionar sobre las respuestas recibidas manifiesta respeto eclesial; avanzar en el itinerario para clarificar las cuestiones a tratar y su orientación se sitúa en la onda sinodal. Las reuniones para orar, conversar, opinar, intervenir, escuchar, responder, discernir los caminos de Dios es hondamente participativo. Llegar a algunas propuestas y presentarlas a la asamblea para que ésta delibere es señal de corresponsabilidad. Queremos caminar juntos para discernir los signos de Dios en la encrucijada de nuestro tiempo. ¿Por dónde apunta la luz? “¿Qué ves en la noche, dinos centinela?” Adoptar decisiones quienes tienen la responsabilidad de custodiar la unidad en la verdad, el amor y la misión de la Iglesia es un servicio insustituible de sinodalidad.

El diálogo es forma insustituible de la sinodalidad. El diálogo es, en un sentido, compañía, conversación y desahogo mutuo; y, en otro sentido, camino hacia una meta, búsqueda de una solución y acuerdo en que se unen los dialogantes.

El que participemos todos en la recepción y acogida de lo clarificado en progresivas aproximaciones y de lo decidido por los ministros de la autoridad en la Iglesia para que sea actuado llegando capilarmente a todos, es el sentido de la sinodalidad. Todos los participantes en el proceso están capacitados para ejercitar la sinodalidad porque han recibido el sentido de la fe que tiene su fuente en la unción del Espíritu Santo. (Lumen gentium 12. Discurso del Papa en la conmemoración del 50 aniversario del Sínodo de los Obispos, el 17 de octubre de 2015).

La fe cristiana es tanto más bella y atrayente cuanto más viva, gozosa y consecuente sea. Lo plano y rutinario, lo mortecino y desvaído no comunica entusiasmo. El cristiano necesita saber qué cree y cuál es la esperanza que le anima para responder a quienes le pregunten (cf. 1 Ped. 3, 15). Es contradictorio vivir y anunciar con tristeza el Evangelio de la alegría. El Evangelio es en sí mismo Buena Noticia y en su transmisión debe mostrarse el evangelizador sereno y gozoso. No es tiempo de indolencia. No nos refugiamos por miedo al mundo ni ocultamos la originalidad cristiana que nos impulsa a ser apóstoles valientes y humildes aunque a veces seamos desoídos o se intente silenciarnos. Es posible vivir una existencia pascual, participando de los sufrimientos por el Evangelio y de los gozos de una existencia nueva (cf. 1 Ped. 1, 6-9; 4, 13-14). Aunque quizá se haya desvanecido en parte la fuerza cultural de la fe, tengamos la seguridad de que la fe vigorosa está capacitada siempre para crear cultura y humanismo inspirados en la fe en Dios revelado en Jesucristo.

Al comenzar el Congreso pedimos a Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que haga de nuestra asamblea y de todo el recorrido en parte ya cubierto un acontecimiento de gracia, de esperanza y de acción evangelizadora, dejándonos situar en el dinamismo misionero y “en salida”, que tiene su origen en el envío del Hijo y del Espíritu Santo, pasa por los Apóstoles de la primera hora –no sólo primeros cronológicamente sino también primordiales- y llega hasta nosotros. Deseamos ardientemente que el presente Congreso, lo que ha precedido y lo que estamos dispuestos a proseguir, sea una vigorosa irradiación de Pentecostés.

Congreso de laicos “Pueblo de Dios en Salida” (14-16 febrero)

Madrid 14 de febrero de 2020

Mons. Ricardo Blázquez Pérez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

Presidente de la Conferencia Episcopal Española

]]> Intervención del cardenal Osoro https://www.pueblodediosensalida.com/intervencion-del-cardenal-osoro/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=intervencion-del-cardenal-osoro Mon, 24 Feb 2020 11:10:24 +0000 https://www.pueblodediosensalida.com/?p=200962 Palabras del cardenal Carlos Osoro. En nombre de toda la Iglesia que camina aquí en Madrid, os saludo a todos los que de diversos lugares de España venís a participar en este Congreso de Laicos 2020, que tiene un lema muy sugerente ya, para todos, desde el momento que lo estamos iniciando: “Pueblo de Dios...]]>

Palabras del cardenal Carlos Osoro.

En nombre de toda la Iglesia que camina aquí en Madrid, os saludo a todos los que de diversos lugares de España venís a participar en este Congreso de Laicos 2020, que tiene un lema muy sugerente ya, para todos, desde el momento que lo estamos iniciando: “Pueblo de Dios en salida”. Que a través de todos los que participamos en el Congreso, sea para toda la Iglesia que camina en España una experiencia fuerte del Espíritu Santo, que nos haga reconocer en medio de las luces y las sombras que en nuestro caminar tenemos, muchos signos de esperanza que nos estimulen a vivir nuestro compromiso laical en medio de las dificultades, siempre con alegría y con ese alegre impulso misionero que el Papa Francisco nos pide a todos. Pues como nos recuerda el Papa Francisco, “la actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia y la causa misionera debe ser la primera”(EG 14).

Que sepamos interpretar lo que supone el don de la vocación de laicos en estos momentos que nos toca vivir, siendo capaces  todos los que hemos venido de las diversas iglesias particulares de España, a participar en este Congreso, a ponernos a caminar juntos, por todos los caminos donde van los hombres, sintiendo que el impuso misionero para serlo de verdad, debe de realizarse desde la sinodalidad. ¡Qué belleza tiene pensar en una Iglesia que como Jesús, desea salir, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro de todos los hombres, de los de cerca y de los lejanos e invitar a los excluídos!

Tengamos el atrevimiento de tener estos cuatro sueños: 1)soñar en este Congreso pensando en nuestra vocación laical misionera y por ello pensando en todos los hombres, pero especialmente en los que más necesitan, que seamos capaces de escuchar a todos y promover con fuerza la dignidad de las personas que con tanta hondura regala Jesucristo; 2) soñar en este Congreso desde la belleza humana que la cultura de nuestro pueblo en España, en sus diversidades, ha dado al ser humano en todas las dimensiones, donde la belleza más grande que es Jesucristo, tuvo atracción y acogida por otros pueblos, a través de los laicos y de las familias cristianas, asociaciones, movimientos, comunidades; 3) soñar en este Congreso cómo podemos hoy siendo creativos, custodiar, guardar, promover y hacer nacer la vida desbordante que brota de quien acoge a Jesucristo y lo hace capaz de no dejar al margen a nadie; 4) soñar en este Congreso con un laicado cristiano consciente de que toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación, donde “la parroquia (que no es una estructura caduca) , como nos dice el Papa Francisco, es la presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y de la celebración”(EG 27) y donde todas las demás instituciones eclesiales , comunidades de base y pequeñas comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores”(EG 29).

Que sea así, desde donde todos los llamados a vivir la vocación laical sepan elegir y juntos encontrar cauces para crecer como discípulos misioneros, viviendo en comunidad y con la necesidad de asumir un compromiso cada día más fuerte en el mundo, lo cual nos va a exigir una formación fuerte y renovada, que se manifieste en vivir la misión como un proceso.

Bienvenidos a esta Iglesia particular de Madrid. Fiémonos, el Señor nunca abandona a su Pueblo, Él nos acompaña y su Santísima Madre en la advocación de Nuestra Señora de la Almudena nos sigue recordando “no tengáis miedo”, “estoy con vosotros”, “haced lo que Él os diga”.

 

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