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Itinerario 4: 

Presencia en la vida pública: Profetas 3.0. Sanar personas, cuidar vínculos, tender puentes

Agustín Domingo Moratalla. Catedrático de Filosofía Moral y Política. Universidad de Valencia

 

 “… Desde que los filósofos griegos y los profetas judíos preguntaron qué era la justicia, y no qué se derivaba de las costumbres de sus tiempos, nuestra tradición no ha vuelto a ser capaz, y no lo volverá a ser nunca, si debe mantenerse en su verdadero valor y no solamente en su fuerza material, de decir con buena conciencia: “esto es bueno porque es nuestra forma de hacer las cosas”; siempre ha dicho y no dejará de decir: “¿dónde está el Bien para que podamos servirlo?”… Nuestra tradición es la tradición que pone siempre en cuestión su propia validez, que a cada momento de su destino histórico ha tenido que decidir y continuará teniendo que decidir, qué debemos hacer para acercarnos a la verdad, a la justicia, a la sabiduría. Es la tradición que no queda satisfecha con la tradición.” (Eric Weil)

 

I.- Introducción: contexto existencial, histórico y profético-cultural

Agradezco a la Comisión de Apostolado Seglar esta oportunidad para participar en este congreso sobre el Laicado en la Iglesia Española. De manera especial a D. Javier Salinas por la confianza que ha depositado en mí para compartir mis reflexiones con el laicado activo y comprometido de nuestras diócesis. Entiendo la Iglesia como pueblo de Dios en marcha donde clérigos y laicos afrontamos responsabilidades compartidas, transversales, apasionantes y nuevas.

Contexto existencial

Parto de mi propia experiencia como profesor, educador, padre de familia, esposo y laico con experiencia de gestión pública y política. Quiero aprovechar esta oportunidad para recordar que los laicos militantes y “confesadamente” católicos vivimos nuestra condición en contextos marcados por una secularización compleja y una soledad “algo” dramática. Muchos profesionales del mundo de la educación, la cultura y la función pública constatamos cierta soledad que adquiere un carácter dramático en cinco escenarios cotidianos en los que, aparentemente, parece imposible reconciliar nuestra presencia pública:

a.- El drama de ser empresario y católico,

b.- El drama de ser político y católico,

c.- El drama de ser científico y católico,

d.- El drama de ser intelectual y católico,

e.- El drama de ser feliz y católico.

 

Me gustaría que estas reflexiones nos ayudaran a evitar el desánimo, la soledad y la resignación ante diagnósticos o lecturas catastrofistas. Nuestra responsabilidad eclesial nos debe impulsar a trabajar codo con codo, laicos y clérigos. Ante la nostalgia de un laicado conformista que espera consignas, quisiera proponer un laicado renovado e inconformista, dispuesto a ser sal, luz y fermento cultural. Un laicado consciente de su responsabilidad eclesial y de su propio liderazgo ético en una iglesia del siglo XXI. Todos, clérigos y laicos, estamos llamados a una “responsabilidad responsable”, es decir, una responsabilidad vinculada con el deseo radical de libertad sensata, una responsabilidad donde la obediencia se plantea como “conocimiento de causa”.

Desde este contexto reconozco que propuse otros tres títulos. Elijo el primero. Puedo hablar de la transición cultural que estamos viviendo y por ello una propuesta era: “De la evangelización analógica a la evangelización digital: el reto del cuidado y la personalización del mundo”. Quería dejar constancia del tiempo de transición cultural en el que vivimos y recordar la importancia de la ética del cuidado en un mundo con tendencia a la deshumanización progresiva y la despersonalización acelerada. Había una propuesta que titulé: “De la acción a la pasión católica: el compromiso de una interioridad apasionada”. Quería conceder relevancia al tema del compromiso sin poner el foco en la militancia social, profesional o política sino en la urdimbre antropológica que hace posible la acción. Por eso quería mantener la tensión antropológica entre la acción y la pasión. Buscaba mostrar la urgencia de reivindicar dimensiones olvidadas del activismo, el compromiso y la militancia como la intimidad, la vocación, la afectividad y la salud en todas las dimensiones de su campo semántico.

Contexto histórico

En la vida de la Iglesia los laicos somos levadura, fermento y luz. En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se recuerda la importancia de la dimensión espiritual y el valor de actuar con prudencia (&541ss). Sin esta última no se aplicarían correctamente los principios a las situaciones. Esta virtud capacita para trabajar con realismo y sentido de la responsabilidad. Es importante esta parte del Compendio (&549ss)  porque incide en la importancia de la vida asociativa, se describe nuestra tarea como “servicio, signo y expresión de la caridad” y se concreta en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana. El compendio se focaliza en tres ámbitos importantes: la cultura (&554-562), la economía (&563-564) y la política (&565-574), Nuestro trabajo en estos ámbitos tiene como finalidad construir una “civilización del amor”.

Cuando se había consolidado la democracia en España en el año 1986, y después del Congreso Evangelización y hombre de hoy (9-14/09/1985), la Conferencia Episcopal Española presentó un documento que sigue teniendo actualidad. Continuaba con ello las indicaciones del Vaticano II (GS, LG, AA). Su lectura recuerda que el proyecto de Dios sobre el hombre no sólo se juega en su corazón y los ámbitos reducidos de su vida personal, familiar o interpersonal. Reclama actuación en la vida social y pública, implicación en prácticas e instituciones porque a través de ellas se favorece o dificulta la paz, el crecimiento y la felicidad. Esta plausibilidad y legitimidad de la dimensión social y pública sigue siendo tan urgente como entonces.

Contexto cultural y vocación profética

Se está produciendo un cambio radical que supone la transformación tecno-digital (IA, Big Data, IO). Un cambio que requiere con urgencia una renovada “ética del cuidado” para afrontar la fragilidad de ética democrática tentada por la indiferencia cultural, el dogmatismo y relativismo moral. Una ética del cuidado que no se limita a los espacios privados sino que ya es una ética pública renovada y transformada, una ética donde el imperativo del trabajo decente se ha convertido en una meta incuestionable. Necesitamos un cuidado justo que visibilice y encarne la promoción de una urgente responsabilidad solidaria global que promueva trabajos dignos y decentes. Una ética del cuidado que emerja desde un horizonte cultural aparentemente volátil, incierto, complejo y ambiguo (VUCA). La expresión “profetas 3.0” concede importancia a la dimensión profética como urgencia en el laicado actual y lo vinculo a la aceleración del mundo digital donde vamos acumulando versiones anteriores de tecnología. No estoy señalando la necesidad de trabajar para un concilio Vaticano III, como si estuvieran agotadas las propuestas del Vaticano II. Aunque no es descartable esta interpretación, quiero recuperar el compromiso laical en términos proféticos en la era digital. En la evaluación de nuestra “acción católica” podemos preguntarnos: “¿dónde están los profetas?, ¿dónde está tu hermano?” Concreto esta vocación profético-solidaria en tres retos culturalmente urgentes.

“Sanar personas”, porque estamos llamados al consuelo, a la escucha, a la curación, a la limitación del dolor, a la promoción de la salud integral. Frente a individuo, la noción de “persona” me permite reivindicar el valor de la dignidad vida humana en relación y como relación. No como mónada (Leibniz) o caña pensante (Pascal), sino como “realidad personal” (Zubiri) y “presencia comunicada” (C. Díaz).

“Cuidar vínculos”, porque el laicado comprometido y militante lleva una vida ajetreada, acelerada y muchas veces “descuidada. Nos falta atención, capacidad de escucha y vigilancia diligente para defender, fortalecer y generar vida sentida, como gracia. Utilizo el término cuidado en toda la amplitud de su campo semántico como cura, solicitud, sanación, vigilancia, etc. No estamos ante una simple actividad o acción humana sino ante un modo de ser y existir. Lo aplico al término vínculos porque el riesgo de la separación y la atomización son propios de una sociedad que mitifica la movilidad, la aceleración y el despegue (como des-apego). En sociedades atomizadas (Charles Taylor) y líquidas (Zygmunt Bauman) es importante prestar atención, cuidado y vigilancia a los vínculos o relaciones. Además de nutrirlos y fortalecerlos.

“Tender puentes”, relacionado directamente con los anteriores, tender es sinónimo de “primerear” en la construcción. Utilizando “primerear” como Francisco cuando se remite al riesgo, la iniciativa, el emprendimiento de procesos. En un contexto social, político y cultural que tiende al aislamiento, propongo la imagen del puente como continuidad en la tierra, como no separación absoluta, como vía de comunicación abierta, como voluntad de mediación permanente. No podemos instalarnos irreflexivamente ante el paradigma cultural de la comunicación. Necesitamos integrar el conflicto y el disenso. El respeto al otro y la promoción de una cultura de la responsabilidad no debe ser incompatible con una ética del reconocimiento y de la vinculación mutua. Recordemos a Buber (el Yo y Tú, pensados desde el “entre”) y Machado cuando nos recuerda la necesidad de buscar juntos la verdad.

Pido la voz y la palabra de un laicado adulto que tiene hoy una responsabilidad histórica en el fortalecimiento ético, político y cultural de nuestras frágiles democracias. Fernando García de Cortázar ha lanzado un reto importante a los católicos de hoy:

“Más que el ruido ante tanta letanía anticlerical, lo que desalienta es el silencio de los católicos, su terror a ser mirados como altaneros residuos del pasado tratando de proteger sus privilegios. El silencio en el lugar donde deberían estar nuestras palabras. Porque no hablamos, en absoluto, de confesionalidad del Estado, sino de saber si le corresponde a este impulsar la indiferencia cultural, el encogimiento de hombros ante el despojo creciente de una civilización, la insensata marginación de todo aquello que refuerza nuestra pertenencia a un universo de valores sobre los que se forjó España y se constituyó la idea y la realidad de Occidente… Hace dos mil años, lo que sucedió en la cruz dejó de ser el dolor inútil y la humillación espantosa de quienes nada tenían. Con esa cruz en la mano, con ese signo iluminando nuestros pueblos y ciudades, nuestras universidades y escuelas, nuestra mente y nuestro corazón, España y Occidente entero adquirieron una identidad liberadora, una confianza en que la bondad no era una determinación natural, sino una decisión inspirada por el espíritu.”  (García de Cortázar, 2019:14)

 

II.- Interpretar los nuevos tiempos: ¿Opción benedictina u opción ignaciana?

Dreher planteó un desafío importante cuando reclamaba “la opción benedictina”. Su propuesta suponía un “repliegue” cultural de los católicos ante la cultura contemporánea caracterizada por una crisis de verdad, la mitificación del deseo y la instalación en un “Deísmo Moralista Terapéutico”. Dreher comparte el diagnóstico de “modernidad líquida” de Bauman y pide tomar conciencia de la situación para “defender” el legado cristiano, y poderlo transmitir con fidelidad a las futuras generaciones. Aunque el contexto social y cultural de las comunidades católicas norteamericanas exijan el planteamiento de una “opción benedictina”, nuestra situación socio-política europea tiene matices diferentes. Incluso el contexto socio-político español es diferente al europeo. La aconfesionalidad de la Constitución española no siempre se interpreta de manera adecuada. No es un debate cerrado y es bueno que  conozcamos los presupuestos culturales que acompañan nuestras “opciones”.

Junto a la “opción benedictina” he planteado la necesidad de ofrecer también la “opción ignaciana” que afronta reflexivamente los retos de la modernidad. Considero importante no evitar el diálogo, establecer una relación reflexiva, lo que supone no aceptar acríticamente sus presupuestos y no replegarse a tiempos pre-modernos. De la misma forma que el Concilio Vaticano II realizó un diálogo reflexivo con la modernidad, así debemos situarnos ante un tiempo pos-moderno, tardo-moderno o simplemente un tiempo “nuevo”. La pasión por la verdad y el fortalecimiento cultural de nuestras democracias frágiles no es opcional ante esta novedad.

Traducido como La edad secular, el libro de Charles Taylor, “A secular Age” reclama una relación reflexiva con los procesos de modernización. La modernización puede ser entendida como “urbanización”, “secularización” y “racionalización” que ha llegado por un sistema de ciencía-técnica instando, exigiendo y decretando el “des-encantamiento” del mundo. También se plantea como “privatización” y separación de dimensiones existenciales de la vida: “privado/público”, “estado/religión”. Si a ello añadimos la “globalización” o los retos de la Inteligencia Artificial (IA), el diagnóstico se complica. Nuestro compromiso es inexcusable ante los riesgos de lo que Francisco ha llamado la globalización de la indiferencia. Nuestro compromiso no se concreta de espaldas a estos procesos donde se juega la ética democrática. Siguiendo el debate Habermas/Ratzinger es importante recordar la legitimidad de los cristianos en el fortalecimiento de la democracia:

“Los ciudadanos secularizados… no pueden negar por principio a los conceptos religiosos  su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a la discusiones públicas. Es más, una cultura liberal política puede incluso esperar de los ciudadanos seculares que participen en los esfuerzos para traducir aportaciones  importantes del lenguaje religioso a un lenguaje asequible para el público en general.” (Habermas, 2006:47)

Nuestro compromiso cívico no es una opción, sino una obligación. Lo es de facto, pero no puede ser instintivo o emotivo, tiene que ser reflexivo, maduro y esperanzador. Es importante promover una participación significativa que no puede ser sólo en términos de “minorías” o “militancias” sino en términos de ciudadanía activa, una ciudadanía cultural e institucionalmente significativa en todos los ámbitos de la vida. Muchos laicos católicos se sienten solos, como francotiradores y últimos mohicanos de una tradición que emocionalmente se repliega. Braceando en aguas de los espacios públicos o administrativos, muchos laicos sienten de cerca el abandono, la soledad y el desamparo eclesial. Tan importante como la mediación individual (sal) es la presencia institucional (salero). No necesitamos un laicado en repliegue, en retirada, a la defensiva y emocionalmente frágil. Necesitamos un laicado con mentalidad de equipo, cívicamente significativo e institucionalmente preparado.

Cuando surge el desánimo y desaliento por voces seculares que reclaman una privatización o deslegitimación de las argumentaciones de los católicos, estamos desconectando y privando a la sociedad de importantes reservas de sentido. La “tolerancia” que nos profesan aquellos que minusvaloran nuestra presencia o la desprecian no puede plantearse en términos de especies biológicas como si fueran especies en vías de extinción, como si sólo valiéramos por nuestro patrimonio museístico o nuestro pasado. Las presencia de los católicos contribuye decisivamente al fortalecimiento de los vínculos sociales y no sólo evita la resignación o derrotismo sino que las instituciones política secularizadas no se disocien del anclaje ético, cultural y teológico de sus fuentes o raíces “pre-políticas” (Domingo, 2011:152)

Vivimos una sociedad que debe afrontar las exigencias de una economía globalizada y grandes cambios demográficos. No queremos una cultura que relega a la esfera privada las convicciones religiosas. Las políticas que privatizan “excluyen el compromiso con la tradición religiosa de Europa, que es muy clara, a pesar de las diversas confesiones, amenazando así a la democracia misma, cuya fuerza depende de los valores que promueve” (Benedicto XVI, 30/3/2006). Cierta intransigencia secular que acompaña iniciativas beligerantemente laicistas es enemiga de la tolerancia democrática y de una sana visión secular del estado y la sociedad (laicidad positiva). Recordemos la necesidad de una “laicidad cooperativa” o de servicio que nos permite pasar de una laicidad de resentimiento  y rechazo a una de reconocimiento mutuo y colaboración concorde” (González de Cardedal, p. 138)

La distinción entre “presencia pública” y “presencia política” es importante. Hablamos de actividad y presencia pública cuando nos referimos a los diferentes ámbitos de la vida asociativa, planteados en general como sociedad civil. Hablamos de actividad y presencia política cuando nos referimos a la presencia en partidos “políticos”, en organizaciones donde el poder, la controversia y la disputa por espacios de influencia administrativa es determinante. En la presencia política no cabe la ingenuidad o inocencia con respecto al estado de derecho, la administración de justicia o el ejercicio del poder. Tan importante como la “presencia pública” es la “presencia política”, tan legítima es la una como la otra. Las escuelas de ciudadanía, de las que habló Ángel Herrera siguen siendo una urgencia eclesial. No son únicamente escuelas para la participación ingenua en la sociedad civil sino escuelas para estimular la participación crítica en todas las dimensiones de la vida pública. También la inter-confesional e intra-eclesial.

No estamos ante una alternativa o disyunción entre lo público y lo político, sino ante una diferenciación y vinculación productiva. Nos sitúa en un ámbito “social y público” que, además de ser previo y anterior a “lo político”, le sirve de urdimbre para despertarlo, incentivarlo y alimentarlo, sin confundirse necesariamente con él. Integrando los presupuestos de la filosofía política moderna y liberal donde –además del lógico papel del estado- la sociedad civil desempeña un papel importante.

Ambos tipos de participación están sometidas a un “juicio negativo”. Ante la privatización de los compromisos, se nos invita a la “actividad pública”, para la que se requiere generosidad y desinterés. De ella se alimenta y legitima la “actividad política”. Al incentivar esta participación significativa se rompe una lanza a favor de la actividad pública en general y política en particular cuando se hace de ella una profesión (políticos, funcionarios, magistrados o representantes de entes o instituciones “públicas”). El texto que recoge esta reflexión es el siguiente:

“La vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y aun política que nade de la fe…Esta dimensión afecta al ejercicio de las virtudes cristianas o, lo que es lo mismo, al dinamismo de la vida cristiana. Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad social y política la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas…..La caridad política no suple las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristianos……la entrega requiere generosidad y desinterés personal. Cuando falta este espíritu, la posesión del poder puede convertirse  en un medio para buscar el propio provecho o la exaltación a costa del verdadero servicio a la comunidad que debe tener siempre la prioridad en cualquier actuación pública. Impera en nuestra sociedad un juicio negativo contra toda actividad pública y aún contra quienes a ella se dedican. Nosotros queremos subrayar aquí la nobleza y dignidad moral de compromiso social y político, y las grandes posibilidades que ofrece para crecer en la fe y en la caridad, en la esperanza y en la fortaleza, en el desprendimiento y en la generosidad: cuando el compromiso social o político es vivido con verdadero espíritu cristiano se convierte en una dura escuela de perfección y en un exigente ejercicio de las virtudes. La dedicación a la vida política debe ser reconocida como una de las más altas posibilidades morales y profesionales del hombre.” (CVP)

Precisamente a esta dignificación de la actividad política dedicó el Papa Francisco la Jornada Mundial de la Paz del pasado año 2019. Desde esta referencia también podemos reivindicar la ejemplaridad en el contexto de una ética pública y global, no podemos limitarnos a denunciar “vicios” sino a reclamar sus “virtudes”:

“Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.”

Ante estos vicios emerge la necesidad de una política más auténtica y ejemplar, generadora de confianza y capital social:

“Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana…. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males ya privar a los pobres de la esperanza.”

Para una iglesia “en salida” es importante articular la dimensión cívica (ciudadanía) con el resto de dimensiones de la vida del creyente. La caridad social y política requiere capacitación de las comunidades laicales para valorar adecuadamente la acción política. Cuando la política tiende a ser desprestigiada, es importante reclamar la virtud y la ejemplaridad, incentivar, acompañar y alimentar la vocación política del laicado. No sólo cuando hay expectativas de poder y se ostentan cargos públicos sino cuando se está en la oposición, son cesados los cargos públicos y son minusvalorados por la opinión pública o la propia clase política. La dimensión política es urgente y necesaria pero insuficiente para el compromiso del cristiano planteado en toda su integridad. Aunque para muchos de nosotros sea una parte importante de nuestra vida, tenemos que reconocer que no lo es todo o no debe ser todo en el conjunto de nuestra existencia. Por mucha importancia que tenga la política en nuestra vida, tenemos que reconocerla como “parte” y no como “todo” en la organización de nuestro proyecto de vida.

Cuando nos planteamos la unidad de acción de los cristianos en la vida política no sería justo buscar la “uniformidad”, ni la homogeneidad en esa “presencia política”. Ante todo buscamos evitar la soledad, el abandono o desamparo de la comunidad eclesial. La incentivación y fortalecimiento de la vocación política de los laicos no puede ser para que se anulen las legítimas diferencias de los partidos sino para que se encuentren raíces ética y se camine hacia el bien común. Es importante reconocer el valor constitutivo del diálogo para articular la pluralidad social en pluralismo político. Este reconocimiento del pluralismo político no puede suponer una indiferencia ante los problemas morales, una resignación ante los conflictos de valores y menos aún una aceptación de cualquier iniciativa o propuesta política. Hay principios innegociables, como reconocía Benedicto XVI el 30 de marzo de 2006:

“Lo que pretende la Iglesia en sus intervenciones en el ámbito público es la defensa y promoción de la dignidad de la persona, por eso presta conscientemente una relación particular a principios que no son negociables. Entre estos, hoy pueden destacarse los siguientes: (a) – protección de la vida, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, (b) – reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia… (c) – protección del derecho de los padres a educar a sus hijos…. Estos principios no son verdades de fe, aunque reciban de la fe una nueva luz y confirmación. Están inscritos en la misma naturaleza humana y son comunes a toda la humanidad. La acción de la iglesia en su promoción no es de carácter confesional, sino que se dirige a las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa… su negación es una grave herida causada a la justicia misma.”

Recordemos que la relación entre razón natural y convicciones religiosas requiere formación, capacidad de análisis y práctica de las virtudes para hacer operativo un discernimiento que técnicamente hoy podemos realizar en términos de “mínimos” y “máximos”. En contextos de ciudadanía democrática nuestra presencia pública y política puede ser enriquecedora. El dinamismo y la vitalidad de los valores democráticos no pueden ser pensados sin la presencia responsablemente solidaria de las diferentes confesiones religiosas. La libertad religiosa tiene una dimensión pública y política sin la cual sería difícil articular en el siglo XXI una ciudadanía democrática avanzada. Las convicciones que alientan, animan y orientan nuestras presencias (pública y política) no son irracionales o arbitrarias por el hecho de ser “religiosas”, proporcionan sentido a la racionalidad de nuestras vidas. No sólo participan de la racionalidad de nuestros argumentos públicos o razones sino que hacen “razonables” nuestras decisiones, contribuyen a que nuestras virtudes visibilicen la búsqueda de la autenticidad que buscamos en la unidad de nuestra vida moral. La formación en estas cuestiones sigue siendo una tarea urgente para conseguir un horizonte de responsabilidad solidaria presidido por el discernimiento entre “mínimos” de justicia exigibles para el bien común y “máximos” de felicidad opcionales legítimos en sociedades abiertas.

 

III.- Profetas en la era digital: afrontar la globalización de la indiferencia

Los profetas siempre proporcionan ánimo, ilusión y esperanza a los pueblos. Lo hacen desde el realismo. Por eso necesitamos realismo esperanzado, no un simple optimismo ingenuo. A diferencia de otros perfiles públicos instalados en la gestión del presente, los profetas nos dirigen hacia el futuro y contribuyen a mantener la esperanza. Sería bueno recordar ese liderazgo de la esperanza en la organización de las virtudes para saber discernir en el imaginario político las diferentes ideologías y utopías que nos ofrece el nuevo sistema tecno-científico presidido por dos categorías: globalización y digitalización. Un sistema donde a veces confundimos la esperanza cristiana con el optimismo de los avances científico-técnicos y el progresismo de las propuestas socio-políticas. Un sistema seductor que utiliza el trampolín de la investigación científico técnica para fecundar un imaginario cultural de optimismo desmemoriado, ingenua mejora ilimitada y ensoñación poshumanista.

Nuestras iniciativas de participación no pueden fraguarse, transmitirse y analizarse dándole la espalda a los procesos de biomejora y tecnodigitalización. Para ello tenemos que distinguir claramente entre “conexión” y “comunicación”. Tanto nuestros compromisos como nuestros testimonios están mediados por esta dialéctica entre conexión y comunicación. No puede plantearse en términos alternativos o de simplificación. La conexión es una condición necesaria para la comunicación, pero no es una condición suficiente. Urge repensar las teorías y prácticas de la comunicación.

Aunque los ciudadanos estemos más conectados, detectamos un déficit de comunicación en las relaciones sociales. Mientras que la conexión remite a las condiciones técnicas e infraestructura necesaria de los procesos, la comunicación remite al encuentro (y la necesidad de promover una cultura del “encuentro”) entre personas que no sólo son “socios” en la sociedad de la información sino que son “prójimos” en la gestión del sentido de la vida (o su ausencia) en sus prácticas cotidianas (existenciales, sociales, políticas, culturales). La “era de la información” tiene que ser repensada desde una “filosofía de la comunicación” donde la responsabilidad por otro nos lleva a plantear la ética como “filosofía primera”. ¿Dónde está tu hermano?, ¿cómo has dejado a tu hermano?

Además de una formación adecuada para el uso de las redes y los recursos que las TIC nos ofrecen, es importante conocer el funcionamiento y retos de la IA en todos los campos de la nueva evangelización. Además del campo educativo o comunicativo en general, se están planteando retos importantes para la presencia pública: protección de datos, gestión de imágenes, privacidad, intimidad, postverdad, etc. No podemos estar ajenos a estos desafíos. La Iglesia es una fuente importante de datos y por eso en algún momento debemos preguntarnos por la estrategia que aplicamos en nuestra gestión, además el patrimonio eclesial también puede digitalizarse para hacerse más accesible y universal.

De la misma forma que hay desafíos nuevos que proceden del campo de la ecología como la sostenibilidad, el cambio climático, la protección de la naturaleza o la huella ecológica, también hay desafíos nuevos relacionados con los nuevos entornos culturales como la brecha digital, la instrumentalización de los datos y la indiferencia ante la mercantilización/instrumentalización de la posverdad. Sin la promoción de una cultura de la confianza no será posible promover expectativas de esperanza. Por eso me gustaría recordar cinco tareas;

a.- Ante la ingenuidad de nuestra cultura de la participación, la capacitación del laicado en la dialéctica conexión-comunicación, sobre todo ante la fragilidad del sentido, la vulnerabilidad de las ofertas culturales y la debilidad de los vínculos comunitarios.

b.- La clarificación de nuestras actitudes en torno a dos figuras claves de la cultura digital contemporánea: turistas y peregrinos. El “turista” se mueve por una lógica cultural acumulativa y cuantitativa; el “peregrino” se mueve por una lógica cultural experiencial y cualitativa.

c.- La resignificación cultural de términos como “público”, “masas” y “enjambres”. Nuestro compromiso por la verdad no puede estar orientado a la vulgarización, a la masificación, a la atomización o la individualización de las prácticas comunicativas. Para evitar un compromiso de masas (despersonalizador o extimista) no podemos caer en un compromiso de enjambres (atomizador o interiorista).

d.- La pasión intempestiva por la verdad en sociedades que bajo la apariencia de conexión emocional se desentienden de la veracidad en información. La verdad sigue siendo una gran responsabilidad histórica porque en ella nos jugamos la posibilidad de convivir (no sólo sobrevivir o coexistir) en sociedades abiertas. No somos únicamente un manojo de datos sino personas con un fuero interno (conciencia, fuente de actos, manantial de sentido que puede brotar de una vida interior no siempre bien cuidada).

e.- Promover la profesionalización de los servicios sociales para desarrollar una sociedad de los cuidados. Ante la mercantilización o la estatalización, la organizar estable o profesional de los servicios sociales es una tarea básica para promover, con estrategias de trabajo decente, la institucionalización responsable de la solidaridad.

Desde el Vaticano II hasta el Papa Francisco hay aportaciones de la DSI que van en esta dirección. Aquí se sitúan las tareas realizadas para promover valores como la confianza, la transparencia y la búsqueda de la verdad para proteger bienes de las personas como la intimidad, la privacidad y la libertad de conciencia. Incluso lo que Naciones Unidas ha llamado Objetivos para el desarrollo sostenible (ODS). El 27 de septiembre de 2019 el Papa Francisco se dirigía a los participantes en el Seminario sobre el bien común en la era digital con estas palabras:

“Os agradezco que  queráis encontraros entre vosotros en un diálogo inclusivo y fecundo, que ayuda a todos a aprender unos de otros y no permita a ninguno encerrarse en sistemas pre-confeccionados….El principal objetivo os habéis fijado es ambicioso: alcanzar criterios y parámetros éticos básicos, capaces dar orientaciones sobre las respuestas a los problemas éticos que plantea el uso generalizado de las tecnologías. Soy consciente de que para vosotros, que representáis tanto la globalización como la especialización del conocimiento, debe ser arduo definir algunos principios esenciales en un lenguaje que sea aceptable y compartido por todos. Sin embargo, no os habéis desanimado en el intento de alcanzar este objetivo, enmarcando el valor ético de las transformaciones en curso también en el contexto de los principios establecidos por los Objetivos de Desarrollo Sostenible definidos por las Naciones Unidas; de hecho, las áreas clave que habéis explorado ciertamente tienen repercusiones inmediatas y concretas en la vida de millones de personas…. Es común la convicción de que la humanidad se enfrenta a desafíos sin precedentes y completamente nuevos. Los nuevos problemas requieren nuevas soluciones: el respeto de los principios y de la tradición, de hecho, debe vivirse siempre con una forma de fidelidad creativa y no de imitaciones rígidas o de reduccionismo obsoleto. Por lo tanto, creo que es digno de elogio que no hayáis tenido miedo de declinar, a veces también de forma precisa, los principios morales tanto teóricos como prácticos, y que los desafíos éticos examinados se hayan enfrentado precisamente en el contexto del concepto de «bien común». El bien común es un bien al que aspiran todas las personas, y no existe un sistema ético digno de ese nombre que no contemple ese bien como uno de sus puntos de referencia esenciales.”

IV.- Sanar personas: generar vida en abundancia

La Exhortación Amoris Laetitia incide en la importancia de la sanación en la vida cotidiana de los cristianos: sanar el orgullo y cultivar la humildad, sanar las heridas de los abandonados, instaurar una cultura del encuentro y luchar por la justicia, sanar las propias heridas, sanar como pedir con insistencia la gracia de perdonar, sanar para favorecer la superación del conflicto.

Tenemos por delante una importante tarea de “personalización”. Entiendo por tal un proceso que evite la mecanización, la masificación, la atomización y la fragmentación individualizante de la acción social. La funcionalización de la vida moderna ha generado procesos donde las personas se confunden con sus roles, usuarios, consumidores, ciudadanos, pacientes, electores, etc… En estos contextos la identidad personal se reduce a la función y se olvida una perspectiva integral de la vida personal, es decir, dejamos de pensar a la persona como presencia comunicada y la pensamos en términos sistémicos. De esta forma, nosotros mismos nos olvidamos de la vida personal como don, proyecto y tarea. Corremos el peligro de culpabilizarnos por nuestra dependencia, vulnerabilidad y fragilidad existencial. Con ello, emergen patologías existenciales que no sólo exigen intervención psicológica, psiquiátrica o médica sino intervención espiritual. Esta convivencia con el sin-sentido, el dolor, el sufrimiento y las enfermedades es más habitual de lo que nos imaginamos y no puede pasarse por alto.

Sanación en todas y cada una de las fases del ciclo vital para incentivar procesos de generatividad narrativa. La funcionalización de los sistemas sociales tiende a segmentar los problemas y las identidades, como si los menores, los adolescentes y los ancianos exigieran estrategias de sanación diferenciadas. La actualidad de los programas intergeneracionales en la acción social ha puesto de manifiesto la necesidad de promover iniciativas que afecten a todo el ciclo vital, que no se reduzcan al ciclo vital de una única etapa de la vida. Estos programas se orientan en términos de aprendizaje compartido y crecimiento mutuo, por ello las crisis de transición se plantean como oportunidades para la maduración y el crecimiento interpersonal. Un crecimiento que requiere un relato, una historia de vida compartida, un proyecto de vida, valores y virtudes compartidas.

Sanación de los más próximos con especial atención al abandono, las crisis de sentido y la soledad. La preocupación por los demás, la promoción de la justicia y la lógica del compromiso socio-político a veces se han planteado en términos estrictamente administrativos; es decir, buscábamos la protección y el reconocimiento de unos derechos determinados a través de las administraciones públicas y los correspondientes servicios sociales. Incluso a veces la institucionalización de la acción socio-caritativa de nuestras comunidades se ha caracterizado por la aplicación de una lógica sistémica y funcionarial. La dimensión caritativa y social de la Iglesia no está para sustituir, completar o competir con los programas de servicios sociales que se trocean, fragmentan y pulverizan las diferentes administraciones públicas. Esta dimensión caritativa tiene una función dinamizadora y activadora de una sociedad civil activa y comprometida. En este tema, está pendiente una importante reflexión sobre las complejas relaciones entre las entidades administrativamente estatales, mercantiles y eclesiales.

Sanación como proyecto cultural de esperanza, salvación y sentido. Además de las dimensiones existenciales o interpersonales, la sanación de personas tiene una dimensión histórica y cultural que a veces se nos olvida. Hemos depositado en empresas, partidos, sindicatos, administraciones y organizaciones cívicas una esperanza que ellos mismos no nos pueden proporcionar. Hay una dimensión de totalización y sentido que no siempre emerge en la lógica sistémica de la acción social. La introducción de la realidad histórica en su conjunto y el papel salvífico (sanador) del cristianismo apenas si forman parte del capital simbólico de nuestras comunidades. Al incidir en la acción, la intervención y la modulación de la historia se nos olvidan dimensiones relacionadas con la escucha atenta, la contemplación, el agradecimiento y la admiración.

Disponemos de un patrimonio cultural inexplotado, inexplorado y desconocido para la gran mayoría de las comunidades cristianas. Damos por supuesto que forma parte de un almacén y que siempre estará disponible. No nos damos cuenta de que ese patrimonio es un legado cuyo valor tiene que ser actualizado por todas y cada una de las generaciones. Además de las tradiciones y la religiosidad popular, el patrimonio cristiano tiene una dimensión cultural y simbólica que apenas si conocemos. En tiempos de transformación de las industrias culturales, tendríamos que preguntarnos qué tipo de cultura estamos consumiendo, produciendo o promocionando. En qué medida la actualización de nuestro patrimonio cultural puede contribuir a fortalecer raíces y vínculos.

 

V.- Cuidar vínculos: reinventar la familia, el vecindario y la ciudad

Los vínculos se han convertido en un bien escaso que debemos fortalecer. Los vínculos no son únicamente relaciones naturales o involuntarias sino lazos y relaciones familiares, sociales y culturales, es decir, que necesitamos regarlas porque no crecen solas. También afectan a la vida institucional y condicionan la humanización de unas instituciones que corremos el peligro de interpretar en términos puramente mecánicos. Los vínculos o relaciones significativas son el núcleo de la vida institucional y en ellos desempeña un papel fundamental la confianza. A partir de los vínculos establecemos hábitos, reglas y normas que no se mantienen solas o mecánicamente. Son el caldo de cultivo para las virtudes y la búsqueda de la autenticidad. El entramado asociativo y comunitario requiere una rehabilitación de la virtud como categoría que puede personalizar la urdimbre de relaciones de la vida cotidiana. Además de la reivindicación de los valores que animan las instituciones, estas deben ser conocidas, respetadas y, en la medida de lo posible, valoradas.

Cuidar tiene aquí un sentido complejo que no significa solo “mantener”, “proteger” o “fortalecer” sino “nutrir” y “vigilar”. Las instituciones, los vínculos y las relaciones no se mantienen de manera automática, requieren trabajo, esfuerzo y vigilancia. Esto es algo especialmente importante en sociedades no sólo individualizantes, sino atomizadoras y fragmentadoras. Sociedades que, paradójicamente, necesitan de instituciones básicas que no pueden alimentarse de la pura hojarasca cultural hedonista, materialista y utilitarista. Las instituciones de sociedades abiertas y democráticas sólo se mantienen si cuidamos los vínculos como relaciones significativas y generadoras de valor. Además de dedicar tiempo a las relaciones debemos promover un discurso corresponsabilizador de las mismas, y por eso pueden ser importantes las virtudes, no sólo cívicas sino personales y teologales. No basta con actitudes y valores, necesitamos pensar la vida de las instituciones en términos de generatividad narrativa, de crecimiento personal y comunitario.

Cuidar los vínculos es prestar atención a las identidades narrativas y los relatos fundacionales que configuran la expresión de nuestras relaciones. Hoy nos encontramos con identidades fragmentadas y rotas, es decir, con personas que tienen dificultad para encontrar un sentido a su vida y la de los demás. Esta crisis de sentido es especialmente grave en las personas más vulnerables de nuestra sociedad y requiere de nuestras comunidades una atención urgente. La atención y práctica de la misericordia no puede plantearse como una alternativa excluyente a la organización de la justicia social. La soledad es un reto para el laicado en cualquiera de sus expresiones, por ello las estrategias de acompañamiento y ayuda vecinal mutua no son una opción laical sino una obligación eclesial.

Las instituciones necesitan de los carismas, no se cuidan solas y requieren de nuestro vigoroso compromiso responsable. El valor de las instituciones reside en que son cauce para la cooperación social en la consecución de bienes comunes. No podemos resignarnos a que pierdan su valor cuando dejan de servir a los fines para los que nacieron. Muchas instituciones son utilizadas por quienes las secuestran en su propio beneficio y, por tanto, estamos llamados a vigilar y denunciar su instrumentalización. Puede suceder en instituciones eclesiásticas y civiles. Debemos cuidar los vínculos para generar confianza institucional. También llamada “capital social”, la confianza institucional tiene que ser un objetivo central en la vida cristiana. La indiferencia ante la verdad, la complicidad con la mentira, el olvido de la ejemplaridad y la instalación en una cultura de la desconfianza atomizante han contribuido a la desestabilización de las instituciones. Las instituciones son imprescindibles para vivir juntos, colaborar y conseguir fines compartidos. Los vínculos proporcionan estabilidad y seguridad a la existencia en un mundo líquido. Además, sirven de cauce a las interacciones que mantenemos en un mundo complejo y en permanente cambio. Al cuidar los vínculos se amplían las posibilidades de colaboración con aquellos que no están próximos. La confianza institucional permite la colaboración entre personas que no se conocen y facilita una capacidad concertada de actuar comunitariamente. Cuando no se cuidan los vínculos interpersonales todas las instituciones corren el peligro de convertirse en puras organizaciones. Mientras estas últimas se mantienen por el control y la coacción, las instituciones se mantienen por unos vínculos cuidados que se expresan en convicciones responsablemente compartidas.

En el cuidado de los vínculos merece un capítulo especial la familia como institución, no sólo como organización social o agrupación civil. La falta de tiempo y calidad de la convivencia en el hogar contribuye a la desinstitucionalización de la familia. Sin embargo, la solidaridad intergeneracional y el fortalecimiento de los vínculos entre padres e hijos, incluso entre abuelos y nietos, ha sido y sigue siendo hoy el principal dique de contención de la desestructuración social que generan las sucesivas crisis económicas.

También merecen una atención especial las instituciones de la vida democrática. No podemos avergonzarnos de reclamar ejemplaridad en el ejercicio de los cargos públicos y reivindicar los principios de excelencia, mérito y capacidad. La hermenéutica de la continuidad que exige criticar actitudes adanistas. No podemos mantenernos en silencio ante quienes ponen en práctica el mito del buen salvaje cada vez que asumen responsabilidades institucionales. La responsabilidad social es incompatible con el “adanismo” institucional. Frente al sueño de querer vivir sin instituciones aplicando el mito del buen salvaje, debemos interpretar adecuadamente la creatividad humana, vinculándola con la vida disciplinada y la práctica de las virtudes en un horizonte de moral post-convencional. No debemos confundir la creatividad caótica de un niño en su fase motora con la creatividad disciplinada de un adulto con responsabilidades institucionales.

No se lucha mejor contra la pobreza ni se promueve eficazmente la solidaridad legitimando y haciendo culturalmente plausible la mediocridad, la incompetencia, la mala educación y el mal gusto en la vida pública. La aristocracia de espíritu, la excelencia profesional, la sobriedad en las prácticas y la ejemplaridad moral no son categorías ante las que un militante cristiano pueda sentirse indiferente. Los pobres tienen derecho a los mejores profesionales y la excelencia moral no es un ideal burgués o capitalista sino un universal humano de vida digna. Aunque nuestras instituciones son fuertes, lo que tienen de valioso es muy frágil. Cuando las sociedades alcanzan un nivel moral postconvencional (es decir, cuando compartimos una idea de justicia social que no se limita al mantenimiento del orden), las instituciones pueden ser criticadas, reinterpretadas, reformadas y adaptadas ante nuevas situaciones y metas. Lo mismo que las legitima puede servir para criticarlas o mejorarlas. Por eso la profesora Cortina describe esta forma de entender la justicia como una “justicia cordial”.

 

VI.- Tender puentes: construir espacios de comunicación integral

El puente es una imagen útil para tomar conciencia de nuestra vocación, para analizar la calidad de nuestro discernimiento de los retos y, sobre todo, para potenciar la caridad política. Atendamos a esta imagen para repensar y reconstruir la dimensión socio-política de nuestra fe. El puente nos ayuda a pensar la relación entre conexión y comunicación, entre responsabilidad y solidaridad, entre los mínimos de justicia y los máximos de felicidad, entre lo propio y lo ajeno, entre una confesión religiosa y otra, entre confesiones religiosas y administraciones públicas, incluso entre personas y tradiciones.

Hay un primer puente antropológico, que une nuestras facultades y que nos lleva a no simplificar la reflexión antropológica, educativa y pastoral. Nuestras convicciones tienen una dimensión cognitiva y emocional, ni son ideas puras ni son emociones puras. Nuestras creencias no proceden solo del cerebro, solo del corazón o solo de las manos. El primer puente al que debemos prestar atención es al que mantiene unidas las diferentes dimensiones de nuestra existencia. Hay una tendencia fácil a la simplificación, al reduccionismo y a la abstracción, como si nuestro compromiso social y político por la justicia fuera resultado de un silogismo lógico, como si nuestras acciones fueran resultado de nuestros pensamientos y nos olvidáramos de la interacción generativa entre ambos. Inteligencia emocional, inteligencia sentiente, razón vital o razón cordial, son categorías que describen los puentes en ese nivel existencial o antropológico.

Hay un segundo puente que tiende a olvidarse en el ámbito de la caridad social y política: el puente vecinal o de civilidad. Nuestros vecinos son más que simples ciudadanos y menos que cualificados amigos. Al insistir en la dimensión socio-política de la fe, prestamos más atención a la parte de presencia política o administrativa relacionada con el “poder” o la promoción de la justicia y nos desentendemos de la presencia pública o cívica más inmediata relacionada con el “servicio vecinal”, o simplemente la lógica pre-reflexiva o des-institucionalizada de la ayuda vecinal mutua. Nuestros hogares no pueden ser islas de la sociedad civil o células blindadas en el enjambre digital. La sociedad civil no puede ser un archipiélago de familias o enjambres de progenitores. El bien común de la comunidad política no es el resultado de una negociación, pacto o acuerdo entre dos partes, supone la aparición de un tercer espacio de encuentro y mediación, supone la existencia de espacios significativos que llamamos “hogares”. Un hogar es mucho más que una casa. Precisamente este es el concepto de “espacio de encuentro” del que habla Francisco cuando nos invita a una “cultura del encuentro”, no solo a nivel institucional-político sino también a nivel cívico-informal.

Hay un tercer puente político porque a veces consideramos que nuestras diferencias políticas son insalvables y desde ellas desarrollamos el resto de nuestra vida. Es legítima la presencia política y partidista, lo que nos lleva, con demasiada frecuencia, a olvidarnos de los otros. Un laicado maduro y responsable es aquel que además de promover la presencia política tiende puentes para fortalecer la presencia pública. Y este puente es importante para entender la relación entre los laicos cristianos que tienen visiones diferentes sobre la nación, la patria y las identidades nacionales (o postnacionales). No debemos tener miedo a conocer la historia de nuestros pueblos, nuestras naciones y nuestras patrias. La legitimidad de nuestras diferencias tiene que ser reconstruida y repensada desde la tolerancia, el respeto activo y la humildad de quienes reconocen que pueden no  tener razón en sus argumentaciones. La cultura del resentimiento y el odio deberían ser sustituidas por una cultura de la concordia donde la vida eclesial sea una oportunidad para el reconocimiento mutuo, la concordia y la reconciliación. Esta es una tarea laical prioritaria. Este puente de la política tiene una dimensión intergeneracional. En el mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz de 2019 sobre la buena política aparece este puente con dimensión intergeneracional;

“cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona.

Hay un cuarto puente intraeclesial relacionado con la fragmentación en la gestión de los sacramentos y la formación de los laicos. Nuestra identidad eclesial aparece fragmentada, segmentada en función de las edades, de las situaciones, de los contextos y de las tradiciones. Faltan puentes entre jóvenes y adultos, entre los grupos de comunión y los de confirmación, entre el voluntariado y la militancia política, entre la espiritualidad y la economía. A veces nuestras comunidades se organizan en términos administrativos y sistémicos como “centros de servicios” que fallan en la conexión y la comunicación.

Hay dos variantes del puente anterior. La primera referida a los grupos de laicos intra-parroquiales. En los ámbitos parroquiales es habitual que convivan diferentes grupos de laicos, es bueno que haya carismas e itinerarios distintos. Sin embargo, no siempre hay una coordinación, formación o un trabajo conjunto porque se organizan aisladamente. Cuando cada grupo laical con su propio carisma encuentra su zona de confort resulta que la comunidad eclesial se presenta fragmentaria y atomizada.

La segunda referida a la relación que mantienen las parroquias con las escuelas católicas, los colegios diocesanos o centros educativos que también promueven la vida cristiana y el compromiso laical. Aunque administrativa y canónicamente la relación esté regulada, en la práctica cotidiana puede mejorarse mucho la comunicación, la coordinación y la voluntad de trabajar conjuntamente comunidades educativas y comunidades parroquiales.

 

 

 

VII.- Conclusión

No vivimos tiempos para el desánimo, la soledad y la resignación ante diagnósticos o lecturas catastrofistas. Nuestra responsabilidad eclesial nos debe impulsar a trabajar codo con codo, laicos y clérigos. Necesitamos un laicado “mayor de edad” que lidera los nuevos tiempos de la nueva iglesia de una manera coordinada, organizada y profética, dispuesto a ser sal, luz y fermento cultural. Estamos llamados a una “responsabilidad responsable”, es decir, una responsabilidad vinculada con el deseo radical de libertad sensata, una responsabilidad donde la obediencia se plantea como “conocimiento de causa”.

La secularización y los procesos de modernización son un reto para promover una ciudadanía activa y significativa. Los cristianos somos actores y autores sociales responsables y no sólo ciudadanos críticos que están a la defensiva o el repliegue en los procesos de modernización. Debemos ser capaces de tener iniciativas, poner en marcha procesos y promover una cultura de la responsabilidad solidaria en todos los niveles de la vida asociativa. Esto exige trabajar para promover una ética renovada donde los valores se encarnen en todas dimensiones de la vida social como ámbito público y pre-político. Ante la tentación de privatización o minusvaloración de las convicciones católicas en el ámbito de las responsabilidades cívicas, ha llegado el momento de legitimar nuestra voz sin complejos no sólo en el mundo de la vida en general (cultura), sino en las instituciones de la vida pública (sociedad civil) y la vida política (estado). Esto significa afrontar la globalización de la indiferencia y responder a unos desafíos que hemos concretado en cuatro frentes:

a.- Comprometernos con la verdad y la libertad en la sociedad de la comunicación,

b.- Sanar personas para generar vida en abundancia,

c.- Cuidar vínculos para reinventar la familia, el vecindario y la justicia cordial,

d.- Tender puentes para construir espacios de comunicación integral

Termino con un texto de Paul Valadier, un jesuita francés que bajo la inspiración de Paul Ricoeur nos propone la siguiente reflexión:

“…cuando las iglesias educan a sus fieles para vivir según el evangelio, los convencen de la fuerza y belleza del mensaje cristiano, les abren al sentido del prójimo o de la solidaridad humana más amplia, realizan un trabajo eminentemente político, porque forman ciudadanos responsables y críticos, inculcándoles un conjunto de convicciones sin las cuales nuestras democracias se derrumbarían….las iglesias deberían tener un papel de refundación simbólica de nuestras democracias, no en el sentido de que deban influenciar directamente sobre el poder o ejercer una presión sino para reestructurar un imaginario colectivo degradado… tienen un eminente papel positivo del lado de las voluntades o de las libertades en formación para desear los valores de la democracia y no abandonarse a la fatalidad. Haciendo esto, ¿no serían fieles al mensaje evangélico que pone al hombre delante de la grandeza propiamente divina de su labor humana, y a la democracia que necesita ciudadanos  preocupados por el bien de todos y conscientes de nuestro destino común?… los valores democráticos no son extraños a la herencia cristiana, las iglesias no deberían tener ningún complejo al tomar parte plenamente en el juego democrático. E incluso cuanto más conscientes sean de las amenazas que afectan a los valores democráticos, más deberían ingeniárselas para insuflarles un nuevo aliento.” (Valadier, 2005:58)

 

Bibliografía

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