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“PUEBLO DE DIOS EN SALIDA”

(Congreso de laicos 14-16 febrero 2020)

SALUDO

En nombre de la Conferencia Episcopal Española saludo cordialmente a todos los participantes. Con gratitud expreso mi respeto y afecto al Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, card. Kevin Farrel. Agradezco el trabajo eficaz y paciente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, Secretaría del Congreso de Laicos, Delegados Diocesanos y de todos los organizadores.

Doy la bienvenida a todos los representantes de las Diócesis, Congregaciones Religiosas, Institutos seculares, Movimientos, Cofradías, Comunidades, Asociaciones. Es motivo de particular satisfacción que nos unamos todos en fraternidad eclesial y misionera. El sentirnos todos concernidos por la invitación de la Conferencia Episcopal Española es expresión de concordia eclesial y garantía de sinodalidad misionera. Todos los cristianos somos al mismo tiempo hijos de Dios, discípulos de Jesús, hermanos y misioneros. El presente Congreso manifiesta y anima estos diversos ingredientes de nuestra condición cristiana. La unidad en el Señor fortalece nuestra debilidad para evangelizar en nuestro tiempo.

Este Congreso es una de las acciones proyectadas por el Plan Pastoral 2016-2020 de la Conferencia Episcopal Española titulado Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo. Estos son los términos de la propuesta: “Al final de los cinco años y como colofón de esta etapa pastoral, es conveniente y necesario llevar a cabo un Congreso Nacional de Evangelización, al que se convocará a todo el Pueblo de Dios: obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos”. Comenzó a gestarse el Congreso en la Asamblea Plenaria del mes de abril del año 2018.

Este Congreso nos recuerda otro de gran incidencia eclesial que tuvo lugar en un momento oportuno, organizado también por la Comisión Episcopal de Pastoral y convocado por la Conferencia Episcopal Española. Los días 9 al 14 de septiembre de 1985 fue celebrado en Madrid el Congreso Evangelización y hombre de hoy. Merecen ser recordadas las coordenadas en que tuvo lugar. Casi a veinte años de la clausura del Concilio Vaticano II, para cuya conmemoración, balance y renovado impulso fue celebrada unos meses más tarde la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, decisiva para una lectura profunda de los documentos conciliares con tres claves, la Iglesia misterio, comunión y misión.

En 1982 había tenido lugar el primer viaje del Papa Juan Pablo II a España desde el 31 de octubre al 9 de noviembre de 1982, con ocasión del IV Centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús. Para dar cauce a este magno y providencial acontecimiento de la visita del Papa y a su rico y amplio magisterio fueron recogidas sus intervenciones en un volumen con el título “Mensaje de Juan Pablo II a España” (Madrid BAC 1982). Poco más tarde, el 25 de julio de 1983, fue publicada la Exhortación de los Obispos “La visita del Papa y la fe de nuestro pueblo”. Aquel Congreso formaba parte relevante del Programa de la Conferencia Episcopal Española, como el nuestro ahora. El luminoso documento “Testigos del Dios vivo” (1985) y la Instrucción Pastoral, “Los católicos en la vida pública” (1986) se sitúan en el mismo impulso postconciliar y misionero. Con estos hechos se abría una nueva fase del Postconcilio entre nosotros.

Todo se situaba en la onda que caracterizó al Vaticano II y a la excelente Exhortación Apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi. El contesto histórico de nuestro Congreso de Laicos “Pueblo de Dios en salida” recuerda el marco del Congreso de 1985. Varios factores le otorgan una significación especial. Es parte relevante del Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española; sigue las huellas de la Exhortación Apostólica Postsinodal del Papa Francisco Evangelii gaudium. Se gestó a los 50 años del Concilio Vaticano II y de nuestra Conferencia Episcopal; ha tenido en cuenta la situación actual, bastante diferente de la del año 1985.

Hoy la esperanza es más humilde y destaca la nota de fidelidad paciente. La incesante secularización y el eclipse de Dios en nuestro mundo se han intensificado. La debilidad de la Iglesia es patente. Sufrimos el distanciamiento que muchos de manera silenciosa han marcado en relación con la Iglesia, que quizá sea también respecto a la fe en Dios revelado en nuestro Señor Jesucristo. Por otra parte, la presencia y actuación de los laicos cristianos en la vida cultural y social es más remisa. “Si no queremos que el cristianismo quede exculturado o fuera de la sociedad, la presencia personal ha de articularse con la presencia comunitaria y la institucional” (A. Cordovilla). Nos movemos entre la esperanza, que aunque sea probada no desfallece, y la debilidad que solo puede sostener y hacer vigoroso el poder de Dios. Como a Pablo nos dice el Señor: “Te basta mi gracia. La fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor. 12, 9). Dios “hace de la fragilidad su propio testimonio” (Prefacio de Mártires).

El impulso evangelizador del Concilio es el mismo; incluso se ha convertido con mayor decisión en clave de la vida cristiana y de la misión por la insistente llamada del Papa Francisco, desde el comienzo de su ministerio como Obispo de Roma, Sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia universal.

¿No es momento oportuno para que la Iglesia en España, – después de haber asimilado la renovación promovida por el Concilio; de haber tomado muchas iniciativas y haberlas verificado en la acción pastoral; experimentando la complejidad de la evangelización en nuestro pueblo y en nuestro tiempo -, invocando todos el soplo del Espíritu Santo, digamos con humildad y decisión: “¿Aquí estamos, Señor, envíanos?”.

La fórmula “Iglesia en salida”, que ha hecho fortuna, equivale a Iglesia en estado de misión, a Iglesia por naturaleza evangelizadora, a Iglesia convocada por Dios para ser enviada. La dimensión apostólica es inseparable de la iniciación cristiana y de la maduración de todos los bautizados.

Jesús se presenta en el Evangelio como enviado por Dios, que salió del Padre y vino a este mundo para salvarnos. La corriente misionera pasa de Jesús a sus discípulos (cf. Jn. 17, 18; 20, 21). Se convive con Jesús para ser enviado. No hay seguimiento de Jesús sin misión; ni misión sin seguimiento. La misión de la Iglesia y la comunión en la Iglesia son las dos caras de una Iglesia auténtica. La comunión con el Señor, en la que ocupa un lugar fundamental la oración, rehace de los cansancios y fortalece para proseguir en la misión.

La metodología del Congreso se ha inspirado en la de los últimos Sínodos de Obispos. Han pasado de ser concebidos menos como acontecimiento y más como proceso con diversas etapas, cuya cima es la Asamblea sinodal. Ha habido un tiempo de precongreso, celebramos estos días el Congreso y deseamos participar en la fase postcongresual.

Preguntar y escucharnos, responder y dejarnos interrogar ha sido la forma comunitaria de proceder desde los primeros pasos; reflexionar sobre las respuestas recibidas manifiesta respeto eclesial; avanzar en el itinerario para clarificar las cuestiones a tratar y su orientación se sitúa en la onda sinodal. Las reuniones para orar, conversar, opinar, intervenir, escuchar, responder, discernir los caminos de Dios es hondamente participativo. Llegar a algunas propuestas y presentarlas a la asamblea para que ésta delibere es señal de corresponsabilidad. Queremos caminar juntos para discernir los signos de Dios en la encrucijada de nuestro tiempo. ¿Por dónde apunta la luz? “¿Qué ves en la noche, dinos centinela?” Adoptar decisiones quienes tienen la responsabilidad de custodiar la unidad en la verdad, el amor y la misión de la Iglesia es un servicio insustituible de sinodalidad.

El diálogo es forma insustituible de la sinodalidad. El diálogo es, en un sentido, compañía, conversación y desahogo mutuo; y, en otro sentido, camino hacia una meta, búsqueda de una solución y acuerdo en que se unen los dialogantes.

El que participemos todos en la recepción y acogida de lo clarificado en progresivas aproximaciones y de lo decidido por los ministros de la autoridad en la Iglesia para que sea actuado llegando capilarmente a todos, es el sentido de la sinodalidad. Todos los participantes en el proceso están capacitados para ejercitar la sinodalidad porque han recibido el sentido de la fe que tiene su fuente en la unción del Espíritu Santo. (Lumen gentium 12. Discurso del Papa en la conmemoración del 50 aniversario del Sínodo de los Obispos, el 17 de octubre de 2015).

La fe cristiana es tanto más bella y atrayente cuanto más viva, gozosa y consecuente sea. Lo plano y rutinario, lo mortecino y desvaído no comunica entusiasmo. El cristiano necesita saber qué cree y cuál es la esperanza que le anima para responder a quienes le pregunten (cf. 1 Ped. 3, 15). Es contradictorio vivir y anunciar con tristeza el Evangelio de la alegría. El Evangelio es en sí mismo Buena Noticia y en su transmisión debe mostrarse el evangelizador sereno y gozoso. No es tiempo de indolencia. No nos refugiamos por miedo al mundo ni ocultamos la originalidad cristiana que nos impulsa a ser apóstoles valientes y humildes aunque a veces seamos desoídos o se intente silenciarnos. Es posible vivir una existencia pascual, participando de los sufrimientos por el Evangelio y de los gozos de una existencia nueva (cf. 1 Ped. 1, 6-9; 4, 13-14). Aunque quizá se haya desvanecido en parte la fuerza cultural de la fe, tengamos la seguridad de que la fe vigorosa está capacitada siempre para crear cultura y humanismo inspirados en la fe en Dios revelado en Jesucristo.

Al comenzar el Congreso pedimos a Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que haga de nuestra asamblea y de todo el recorrido en parte ya cubierto un acontecimiento de gracia, de esperanza y de acción evangelizadora, dejándonos situar en el dinamismo misionero y “en salida”, que tiene su origen en el envío del Hijo y del Espíritu Santo, pasa por los Apóstoles de la primera hora –no sólo primeros cronológicamente sino también primordiales- y llega hasta nosotros. Deseamos ardientemente que el presente Congreso, lo que ha precedido y lo que estamos dispuestos a proseguir, sea una vigorosa irradiación de Pentecostés.

Congreso de laicos “Pueblo de Dios en Salida” (14-16 febrero)

Madrid 14 de febrero de 2020

Mons. Ricardo Blázquez Pérez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

Presidente de la Conferencia Episcopal Española

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