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Parafraseando a Machado, podría afirmar que mi infancia son recuerdos del cuarto de un hospital y una familia unida donde maduraba la fe. Sin embargo, no tengo ningún tipo de trauma por esto, ya que con la mejor intención mis padres y hermanos me hicieron sentir desde primer momento que todo aquello era algo más que normal, aunque no lo fuera en absoluto.

Años más tarde, cuando discernía en mi adolescencia quién quería ser, mi hermana mayor desveló el misterio que desde la más simple ingenuidad había ignorado mi cabecita hasta entonces. Había sufrido leucemia. En ese momento todo cambió. A continuación, llegaron las preguntas, las respuestas de mis padres, el reconocimiento de un valor a la vida y a la salud que antes no veía, y la extraña sensación de que tenía una segunda oportunidad para dar mucho de mí.

Ciertamente Dios fue encendiendo luces en todo este camino hasta hoy. Mi único hermano saltó un día con que quería ser cura y eso nos dejó con gesto de un asombro del que todavía nos queda la mueca. No es que antes no tuviéramos una vida de fe, pero aquello personalmente me desbocó la curiosidad. A los diecisiete años tuve mi primer encuentro con Jesús en unos ejercicios espirituales y no pude parar de contar a unos y otros esa experiencia. Paralelamente llegaron la música, las canciones, los viajes cortos y los viajes largos; la certeza de que si no cantara y contara lo que Dios ha hecho en mi vida lo hablarían las piedras.

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